Y en la esquina… una luz de almacén
Los almacenes de barrio se instalaron en las esquinas más populosas de nuestra ciudad desde el Centro hacia la periferia. Se decía «la esquina» y se asociaba con «la libreta de fiados», un documento sin firma, ni certificación notarial, pero sólido representante del crédito permanente a la confianza.
Estos almacenes fueron, hasta muy entrada la mitad del siglo XX, atendidos en su mayoría por auténticos españoles o «gallegos legítimos». Llegaban de España, huyendo del hambre y de las guerras, en sus maletas de cartón sus pobres pertenencias, y junto con ellas su cultura y la memoria de sus cantos populares.
Generalmente eran traídos por algún familiar que los había precedido en su afán de «hacer la América», dormían bajo el mostrador del bar o almacén y en ocasiones en el sótano del comercio.
Trabajaban toda la semana de sol a sol y sus ganancias las ahorraban, ya que su mayor anhelo era poner un bar o un almacén.
Todos ellos se afincaron con voluntad y coraje, pero siempre aferrados a la tierra lejana. Cuando esos nuevos ciudadanos lograron su objetivo de fundar su propio negocio, en ellos sembraron su comunicatividad, su gracejo hispano y su don de gente honrada y de trabajo.
Allí comenzaron a nacer los almacenes de barrio, cada uno de ellos con sus características propias atendidos por estos españoles, en muchos casos, junto con sus compañeras, también hispanas, y luego trajeron al mundo hijos uruguayos para poblar la tierra que los había cobijado. Nunca perdieron el acento natal, como si Galicia abarcase el mundo estos inmigrantes, rudos, activos, animosos, crearon sus centros regionales donde encontrarse con sus compatriotas para evocar lo largo de sus rías y sentirse orgullosos de la historia de sus aldeas y la frescura de sus montañas.
Pareciera que un mismo arquitecto hubiera diseñado con idéntico esquema todos los almacenes de antaño. Un local esquinero, la puerta de entrada con dos hojas y dos vidrieras laterales que servían para mostrar con modesta decoración, algún producto que el comercio vendía.
En su interior un sólido mostrador de madera. Sobre éste la balanza mecánica con sus clásicas pesas de bronce, junto a unos frascos de vidrio lleno de caramelos de diversos gustos y colores, compartiendo el espacio con unos medianos tanques esmaltados que contenían aceite comestible para vender al menudeo. Rodeándolo todo, las estanterías de madera oscura donde se apiñaban diversos productos, en un rincón la barrica de yerba junto a bolsas de maíz, cajones de frutas o verduras y alejado, de todos ellos, el tanque de kerosene.
Abrían a las siete u ocho de la mañana, según la estación del año y cerraban entrada la noche. Al bajarse la cortina de hierro con su sonido de ametralladora se daba por terminada la jornada. Era la hora triste para el barrio, también era la hora en la cual los muchachos de la cuadra se recostaban en una de las vidrieras y comenzaban sus interminables reuniones para hablar de todo y de nada, acompañadas con risas, tarareando canciones carnavaleras o dejando oír el silbido de algún tango.
El almacén fue durante décadas un verdadero centro social en el barrio y aun perduran como tenaces testimonios de un tiempo que no alcanza a ser pasado, ni acepta herir el presente. Estos «almacenes del barrio» parecen añorar, siempre, sus modestos orígenes y huyen del marketing y de las luces del supermercado para acampar en los huecos que va dejando la nostalgia. *
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