Escrito por: LUIS GRENE
No sólo con troupes y comparsas se vivÃa el Carnaval de antaño. Los montevideanos sabÃan que habÃa “algo más” que llegaba con los aires de febrero. Por eso, mandaban de apuro sus trajes y disfraces al chino tintorero del barrio. Es que junto a las carnestolendas llegaban los tradicionales bailes. La Cruz del Sur vichaba como la Vieja Capital se movÃa de lo lindo por todas sus barriadas. Los distintos rincones centelleaban al compás de las grandes orquestas. Por las luces del Centro y su querendona calle Andes, estaban el Urquiza y el Artigas con el Chanteclair a la cabeza. Más lejos, atravesando el dominó de las cuadras, fueron históricas las veladas bailables de El Mirador, el Retiro del Parque Urbano y los elegantÃsimos hoteles del Prado y Carrasco. Bailes de antifaz, corbata de seda y vaporosos vestidos flotando entre los mambos, charleston y endiabladas milongas. Reuniones bailables de gala en las que se entreveraban los ricachones con las barras de muchachos que aun haciendo escote para la entrada no querÃan perderse esas algarabÃas que brindaba el dios Momo. pero de todos los bailes de febrero, ninguno brillaba tanto como los que se hacÃan en el Teatro SolÃs. La Ciudad Vieja se estremecÃa y todos los caminos del bullicioso Carnaval llevaban a la calle Buenos Aires. Es que en ese santuario teatral donde habÃa vibrado la voz del gran Caruso y deslumbró la Comedia Francesa, ahora todo era espectacular alegrÃa. Desde la pequeña oficina de la Comisión Municipal que estaba a la vuelta, se organizaba el ciclo de carnavalescos bailes.
En horas de la tardecita hasta la noche en esa sala se desarrollaba el certamen oficial de agrupaciones y los viernes y sábados ¡a bailar se ha dicho! El éxito se explicaba por la gran jerarquÃa de las orquestas contratadas. Se retiraban las butacas y todos los rincones del teatro aún sus escalinatas y el gran predio de ingreso eran un hervidero. Se ponÃa un vallado en el frente que se llenaba de curiosos y de los que no habÃan podido ingresar pues en un ratito se agotaban las muy caras entradas. Adentro todo era ebullición. Desde los palcos se batÃan palmas marcando el ritmo. En el escenario, los pintunes y bronceados “Lecuona” con sus maracas y guitarrones cantando sus caribeñas canciones. LucÃan tÃpicas blusas de anchas mangas, blancos pantalones y los bigotes finitos. Cuando entonaban “El Carnaval del Uruguay” era una apoteosis de bailarines que tarareaban esa popular conga. Si llegaban estrellas de los kilats de Xavier Cugat o “el rey del mambo” Pérez Prado, los revendedores de entradas que pululaban por la Plaza Independencia te arrancaban la cabeza con sus precios. La sala desbordaba de luces que hacÃan brillar los trajes de etiqueta, las peinadas a la gomina y los vestidos con lentejuelas. Cuando la velada era de disfraz obligatorio, el SolÃs reivinicaba su teatral imaginerÃa. Pot todos lados, mosqueteros, marquesas, diablos con tridentes y hasta algún peludo y estoico gorila que sudaba la gota gorda en honor a Momo.
Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *
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