Los bailes del Solís
No sólo con troupes y comparsas se vivía el Carnaval de antaño. Los montevideanos sabían que había «algo más» que llegaba con los aires de febrero. Por eso, mandaban de apuro sus trajes y disfraces al chino tintorero del barrio. Es que junto a las carnestolendas llegaban los tradicionales bailes. La Cruz del Sur vichaba como la Vieja Capital se movía de lo lindo por todas sus barriadas. Los distintos rincones centelleaban al compás de las grandes orquestas. Por las luces del Centro y su querendona calle Andes, estaban el Urquiza y el Artigas con el Chanteclair a la cabeza. Más lejos, atravesando el dominó de las cuadras, fueron históricas las veladas bailables de El Mirador, el Retiro del Parque Urbano y los elegantísimos hoteles del Prado y Carrasco. Bailes de antifaz, corbata de seda y vaporosos vestidos flotando entre los mambos, charleston y endiabladas milongas. Reuniones bailables de gala en las que se entreveraban los ricachones con las barras de muchachos que aun haciendo escote para la entrada no querían perderse esas algarabías que brindaba el dios Momo. pero de todos los bailes de febrero, ninguno brillaba tanto como los que se hacían en el Teatro Solís. La Ciudad Vieja se estremecía y todos los caminos del bullicioso Carnaval llevaban a la calle Buenos Aires. Es que en ese santuario teatral donde había vibrado la voz del gran Caruso y deslumbró la Comedia Francesa, ahora todo era espectacular alegría. Desde la pequeña oficina de la Comisión Municipal que estaba a la vuelta, se organizaba el ciclo de carnavalescos bailes.
En horas de la tardecita hasta la noche en esa sala se desarrollaba el certamen oficial de agrupaciones y los viernes y sábados ¡a bailar se ha dicho! El éxito se explicaba por la gran jerarquía de las orquestas contratadas. Se retiraban las butacas y todos los rincones del teatro aún sus escalinatas y el gran predio de ingreso eran un hervidero. Se ponía un vallado en el frente que se llenaba de curiosos y de los que no habían podido ingresar pues en un ratito se agotaban las muy caras entradas. Adentro todo era ebullición. Desde los palcos se batían palmas marcando el ritmo. En el escenario, los pintunes y bronceados «Lecuona» con sus maracas y guitarrones cantando sus caribeñas canciones. Lucían típicas blusas de anchas mangas, blancos pantalones y los bigotes finitos. Cuando entonaban «El Carnaval del Uruguay» era una apoteosis de bailarines que tarareaban esa popular conga. Si llegaban estrellas de los kilats de Xavier Cugat o «el rey del mambo» Pérez Prado, los revendedores de entradas que pululaban por la Plaza Independencia te arrancaban la cabeza con sus precios. La sala desbordaba de luces que hacían brillar los trajes de etiqueta, las peinadas a la gomina y los vestidos con lentejuelas. Cuando la velada era de disfraz obligatorio, el Solís reivinicaba su teatral imaginería. Pot todos lados, mosqueteros, marquesas, diablos con tridentes y hasta algún peludo y estoico gorila que sudaba la gota gorda en honor a Momo.
Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *
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