Entre las olas y el incienso hubo ruido de monedas
La festividad de Yemanjá congrega a miles de personas. El año pasado, a pesar de la tormenta que se cernía sobre las costas uruguayas, más de 500 mil -incluyendo turistas con cámara que llegaban en ómnibus de excursión- acudieron a depositar ofrendas o simplemente a observar.
Por ello, como todo fenómeno multitudinario, tiene su lado comercial. Tanto sobre la rambla, como en el borde del Parque Rodó o en la arena caminando entre los fieles se vislumbró desde las primeras horas de la mañana a los mercaderes, que envueltos en el aroma del Río de la Plata y los inciensos que durante horas perfumaban el aire costero ofrecían todo tipo de presente para la virgen del mar y souvenirs conmemorativos para que los curiosos recuerden su participación en la celebración.
Algunos de los comerciantes hacía más de diez años que se instalaba frente al mar un 2 de febrero, otros debutaban con la esperanza de que al caer el sol los distintos productos se vendieran «como pan caliente». Los más experientes aguardaban con tranquilidad, ya que el año pasado el mal tiempo no menguó las ventas, y ayer la gente (a diferencia de otros años) se había acercado desde muy temprano, tal vez para aprovechar el sol, por lo que las transacciones comenzaron lentas pero antes de lo previsto.
En los puestos de venta los devotos de Yemanjá adquirieron artículos de religión que van desde una vela de dos pesos o una bandeja de ofenda (con pop, frutas y bijutería) de 25 pesos hasta hermosos vestidos de encaje de más de mil pesos. El producto que más se vendió ya entrada la noche fueron los barcos de espuma plast, cuyo precio rondó los 120 pesos. También se compraron regalos más femeninos y menos sagrados, como ser alhajas, cosméticos y perfumes.
La improvisada feria también tuvo lugar para el clásico churro con dulce de leche y los refrescos, incluso para una joven que por segundo año consecutivo y -según aseveró- «con mucho éxito», ofrecía toda clase de teléfonos, cables y materiales eléctricos.
Durante la tarde la festividad tuvo invitados involuntarios como ser bañistas, que por la cercanía de la playa a su hogar igual bajaron a disfrutar del sol como todos los días, y los guardavidas de la Intendencia Municipal de Montevideo, quienes aseguraron que la jornada transcurrió con «absoluta tranquilidad», ya que «parece que cuando hay tanta gente, las personas son más precavidas al entrar al agua». *
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