Churchill
En la Segunda Guerra Mundial todos los vínculos entre hombre y hombre estaban destinados a desaparecer. Los alemanes cometieron crímenes bajo la dominación hitlerista a la cual permitieron que se los sometiera que no se pueden parangonar, en la medida en que lo hicieron y por la maldad que demostraron, con ninguno de los que han ennegrecido la historia humana. La masacre en masa, sistemáticamente realizada, de seis o siete millones de hombres, mujeres y niños en los campos de concentración alemanes sobrepasa en horror las primitivas y rápidas matanzas de Genghis Khan y por lo que se refiere a la medida en que lo hicieron las reduce a proporciones pigmeas. Tanto Alemania como Rusia proyectaron y llevaron a cabo la exterminación deliberada de poblaciones enteras en la guerra en el Oriente. El horrible método de bombardear ciudades abiertas desde el aire, iniciado por los alemanes, fue repetido y veinte veces superado por las fuerzas siempre en aumento de los aliados, y encontró su culminación en el uso de las bombas atómicas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki.»
(«La Segunda Guerra Mundial», Winston Churchill, pags. 26 y 27, año 1948)
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«En lugar de rendir por aire a ciudades fortificadas, se sometía, o se trataba de someter, a naciones enteras al proceso de reducción por hambre. La población toda, en un carácter u otro, tomó parte en la guerra: todos fueron por igual objeto de ataques. El aire abrió senderos por los cuales podían llevarse la muerte y el terror mucho mas allá de las líneas de los ejércitos propiamente dichos, hasta alcanzar a mujeres, niños, ancianos y enfermos, que en contiendas anteriores no habían sido tocados.» (1 de enero de 1929, obra citada, pág. 47).
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«Está decidido que las naciones que crean que su vida está en juego no vacilarán en hacer uso de todos los medios que aseguren su existencia. Es probable o mejor, cierto que entre los medios que tendrán a su disposición en la próxima contienda habrá instrumentos y procesos de destrucción inmensos e ilimitados y quizá, una vez lanzados, incontrolables.
La humanidad no se ha encontrado nunca en situación semejante. Sin haber mejorado ostensiblemente en virtudes y sin disfrutar de guías más sensatos, por primera vez tiene en sus manos los instrumentos por medio de los cuales puede llevar a cabo en forma infalible su propia exterminación.
Ese es el punto de los destinos humanos a que todas sus glorias y afanes han conducido finalmente a los hombres. Bien harían en detenerse y meditar sobre sus nuevas responsabilidades. La muerte está en posición de firme, obediente, expectante, lista para servir, lista para segar pueblos en masa; lista, si se la llama, para pulverizar irremisiblemente lo que queda de nuestra civilización. Sólo espera la voz de mando. Y espera que la dé un ser endeble, azorado, que durante largo tiempo había sido su víctima y que es ahora por una sola vez su amo.» (idem)
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«Sólo en el siglo XX esta odiosa idea de inducir a las naciones a la rendición sembrando el terror en medio de la indefensa población civil mediante la masacre de mujeres y niños ha obtenido la aceptación y el apoyo de los hombres.» (Cámara de los Comunes, 7 de junio de 1935, obra citada, pág. 143).
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«Sin embargo, debemos esperar que, aún en una guerra de las tres armas, se realicen tentativas de incendiar a Londres u otras grandes ciudades igualmente accesibles, con el objeto de poner a prueba el poder de resistencia del gobierno y del pueblo ante tan terribles ordalías.» (23 de julio de 1935, obra citada, pág. 146)
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«Si el bombardeo aéreo de nuestras ciudades puede ser restringido o evitado, la oportunidad que en cualquier caso puede ser ilusoria de quebrar nuestra moral por medio del «terror» desaparecerá y a la larga serán los ejércitos y las armadas los que decidirán la guerra». (idem)
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Obviamente, Churchill conocía muy bien ya en esos días (anteriores a la Segunda Guerra Mundial), las posibilidades de la bomba atómica,, de cuya fabricación en masa será protagonista pocos años después junto con el presidente de los Estados Unidos (Roosevelt).
Por su parte los nazis, que también las conocían, cometían (menos mal) el «error» estratégico de priorizar la investigación sobre cohetes o aviones sin tripulación (que hoy están «de gran moda»).
De modo que el «terror» estuvo siempre muy precisamente definido hasta por quienes lo practicaron del modo mas aniquilante conocido hasta la fecha.
En materia de terrorismo y terroristas resulta dificilísimo encontrar entre los gobiernos de las más grandes potencias pasadas o presentes quien tire la primera piedra.
Como tan difícil resulta encontrar hoy la honestidad intelectual de un hombre como Churchill, quien tratando de impedirlo no vaciló en usarlo ni tampoco en reconocer que es un crimen.
Por el contrario, ahora sufrimos una colosal campaña propagandística de confusión. Profundamente deshonesta.
Churchill, como todos los militares, utilizaba la palabra «terror» con estricta precisión conceptual para describir con helada objetividad un muy cruel método bélico.
No confundía dicha acepción con la de carácter político proveniente de la Revolución Francesa. Y le iba la vida a él y a su pueblo en no confundirse: de otro modo no podía interpretar la intención del enemigo para prevenirla.
Para Bush en los hechos, hoy es «terrorista» todo aquel que discrepe con él.
Y es «terror» toda forma de lucha contra sus hechos o sus dichos.
En toda guerra o confrontación armada puede haber causas justas o injustas y nos inclinaremos a favor del bando de la causa justa: así lo debe hacer, en teoría, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Así lo manda el derecho internacional en aras de la paz.
Pero también es verdad que en toda guerra justa o injusta puede haber y hay procedimientos bélicos «justos» o «injustos». Puede darse y se ha dado muchísimas veces el caso de una causa justa defendida militarmente con procedimientos injustos (Hiroshima y Nagasaki por ejemplo).
Así como la justicia de una causa no santifica los procedimientos injustos, tampoco los procedimientos «justos» santifican la injusticia de una causa: de nada vale alegar que a un pobre diablo se le cortó la cabeza con anestesia, asepsia y cirujano plástico debidamente autorizado. La silla eléctrica no salva a la pena de muerte.
Un país fuerte no puede alegar para tratar de tener razón, que invadió a otro cumpliendo estrictamente las leyes de la guerra: no usó gases ni agresivos químicos, tampoco armas nucleares, respetó a los prisioneros, enterró a los muertos, curó a los heridos…
Los «escribanos» leían en latín ante perplejos niños, ancianos, hombres y mujeres indígenas de América el «Acta» por el que se los conminaba a rendirse aceptando la dominación del rey en nombre de Dios, bajo pena de ser masacrados, cosa que pasaba a perpetrarse de inmediato en forma por lo tanto absolutamente sangrienta, santa, legal y en papel sellado con el timbre correspondiente al arancel.
Este orden de estupidez criminal se parece al de un «economista» de mi barrio que ante medio país sumido en la pobreza gritaba desgañitándose: – ¡Pero no hay inflación! agregando – ¡Y para que sepan, todo fue hecho en hora oficial uruguaya y de acuerdo a las normas de Basilea! *
(*) Senador de la Repúblia
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