"El caballero que acompaña a una dama en una escalera, debe ir delante de ella al bajar, para tenderle una mano en caso que ella diera un traspié, y también al subir, para no dar la impresión de que va mirándole las piernas"... "Es impe

Los buenos modales

as citas pertenecen al célebre «Manual de urbanidad y buenas maneras», vulgarmente conocido como «El manual de Carreño», título que, como acaban de revelar los últimos acontecimientos, forma parte de los libros de cabecera de nuestros políticos compatriotas, junto a las «Obras selectas» de Nicolás Maquiavelo y «El Padrino» de Mario Puzzo, infaltables en sus mesitas de luz.

Don Manuel Carreño (1812-1874) llegó hasta ministro de Hacienda en su Venezuela natal, pero fue su «Urbanidad»  donde reúne y sistematiza de forma meticulosa e implacable las reglas del buen comportamiento  la obra que le daría fama universal. Allí puede leerse que «En toda comida social, es deber del anfitrión preguntarle al visitante si quiere repetir el plato, y es deber del visitante declinar el ofrecimiento con palabras corteses». Según dicta la regla, entonces, el dueño de casa debería ofrecer: «¿Tiene usted la bondad de aceptar otro chinchulín?» (aunque ya no quede ninguno), a lo que el invitado está obligado a responder: «Es usted muy amable, pero no, gracias» (aunque se esté muriendo de ganas por zamparse otro). El actual ministro de Educación y Cultura (con más razón, para dar el ejemplo), el quincista José Amorín, declaró ayer que «estuvo bien el ofrecimiento de Vázquez, y estuvo bien el presidente Batlle en no aceptar». Carreño se habrá deleitado en su tumba, pensé, pero de pronto me asaltó una duda venenosa: Eduardo Zaidensztat, ¿habrá leído el Manual?. Salvo escasas excepciones –una de ellas, especialmente disonante– la transición gubernamental se viene cumpliendo al tono gentil de Carreño, conforme a las normas de urbanidad y delicadeza de su pedagogía. Fluye suave y elegante, en puntas de pie, como patinaje artístico. Uno por uno y todos, los nominados al gabinete aceptaron gustosos el convite del presidente electo. Volaron flores a granel, incluso, en algunos ministerios, entre el titular saliente y el próximo. «Bordaberry ha hecho un buen trabajo», declaró el futuro ministro de Turismo Héctor Lescano, Conrado Bonilla dijo que su relevo «es una mujer muy emprendedora y con la personalidad adecuada para este cargo», mientras que la misión diplomática de Faingold fue calificada de excelente por Vázquez, quien además dispensó gallardamente a Sanguinetti el espacio que éste le pidió. En fin, que parecemos bailarinas de Gisselle, mismo.

Salvo «el Gaucho» (que en estos apuntes mejor vendría llamar «el Guapo»; en fin: don G). El género de caricatura política insiste en adjudicar a la blancura (propiedad de lo que es blanco) la condición de indocilidad, efervescencia y atrevimiento que figura en la postal oficial de su colectividad. Razones haylas, seguramente, en su génesis y trayectoria. Pero estamos en 2005, Tabaré no es Rivera, y permanecer de espaldas al país –como la sede de la Plaza Matriz– en esta coyuntura renovadora, puede condenarla a la pérdida de su substancia política y su asidero social. Quizás no es la manida blancura corporativa, sino la específica personalidad del timonel de turno que la esté bandeando hacia el arrecife. Ya se escuchó un primer crujido: el editorial de El País del día de ayer culminaba una furiosa diatriba contra los «comisarios del pueblo» (que se ciernen sobre la enseñanza) con este trompetazo: «Sepan los futuros gobernantes que al Partido Nacional le sobran credenciales para anteponerse a regímenes de cualquier especie, y que si es necesario ya marcharemos rumbo al ‘Coronilla’ para defender la libertad…». Más que al anacrónico clarín en las cuchillas, la letra cuadra a las «canciones de ardido» mexicanas, en que los «machos» desangran la bilis del rencor ante los reveses de la vida (que es grela, tango podría ser también).

El tono del momento, sin embargo, lo da Carreño al violín. Con toques de ese showman argentino, ¿cómo se llama?.

Si es que este último episodio parece salido de su programa, típico de sus montajes: un diario truchado bolea que Tabaré le ofreció a Batlle la embajada en EEUU, Gonzalo Fernández lo desmiente, Nin Novoa lo confirma, el Perro «manoderecha» Vázquez lo tilda de disparate. Confusión total. De pronto sale el sujeto del sketch, Batlle, y dice «Yo soy una estufa» (sic), «un bien inmueble del Estado uruguayo» (se podría privatizar, digo, licitación mediante). Entonces, cuando el enredo amenaza explotar, aparece el conductor del programa y destapa que… «Â¡Era una broma para Videomatch!», ya me acordé: Tinelli. Hasta los camarógrafos quedan alelados.

¿Qué querés que te diga?, a mí el libreto de Vázquez me sonó más a aquello de «tirar verdes para recoger maduras». Un pudoroso tanteo a ver si el hombre picaba. Como cuando uno a los quince murmura ¿querés ser mi novia?, listo para soltar «Pero che, era un chiste» al menor atisbo de recule.

  ¿Y si decía que sí?.

  ¡Ay mamita!

 

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