Canción de Navidad
A la puerta del cafetín «La Recalada», por Agraciada y Asencio, llega el sonido de un carrito hecho con una gran lata de querosén. Tirado por una gruesa piola lo arrastra un pibe de remendados pantalones. En su interior lleva un muñeco de retazos de tela relleno con lana de colchón. Recorre el barrio mientras la aflautada voz infantil repite una y otra vez «un vintén pal’juda». Las monedas las guarda en una latita que aprieta contra su pecho. La medianoche del 24, ese personaje hecho de género y trapo explota en el medio de la calle, repleto de petardos y bengalas.
Esa escena se repite en todos los barrios populares del Montevideo de antaño. Estampas del ayer que se acercan resplandecientes. Vemos a los vecinos que saliendo de sus casas se arriman al ardiente judas y lo riegan con sus vasos de ginebra haciéndolo chisporrotear. Los tanos inmigrantes, al igual que cuando era la noche de San Juan, tenían la costumbre de arrojar a ese fuego unos papelitos con los nombres de los temidos yetatores y así alejar a la mufa del barrio. Esa Navidad había empezado unos días antes con los populares vendedores ambulantes de corderos. La familia compraba uno de esos bichitos y luego había que armarse de coraje, pasarlo a degüello y hacerlo sabrosón a las brasas. El asunto es que a veces los pibes se encariñaban y pasadas las fiestas aparecía pastando en el terreno del fondo muy olímpico aquel suertudo corderito. Tías y abuelas de floreados delantales haciendo toda la alquimia casera. Todo lo que esa noche marchaba a bodega, era casero. Los budines, roscas y turrones se doraban y cocían en el horno de barro del patio. Se mixturan los aromas dulces y acaramelados con el perfume del jazminero que muy compadrito no cesaba de florecer más y más pimpollos. El favorito del numeroso clan familiar era el enorme pan dulce relleno de dátiles que se compraban por la Villa Muñoz en el almacén de Rebeca. Las doñas hacían otros, mas chiquitos pero igual de sabrosos para regalar a los vecinos. Salían con esa exquisitez envuelta en papel de colores y al rato retornaban con una sidra casera que a su vez les habían regalado. Dulzona bebida que se ponía a enfriar entre las barras de hielo y luego a saborear y brindar.
Al costado de la larga mesa, adornada con piñas y flores del jardín, estaba el coqueto arbolito. Con chirimbolos hechos por la abuela con papel de aluminio y lentejuelas, en sus puntas iluminado por velitas de cera que prendíamos con mucho cuidado. El aroma de ese pinito y el de las velas es el de la infancia. De nuestra Navidad titilante que como aquellas pequeñas llamitas aún siguen brillando en el laberinto de la memoria.
Explotan en la calle las bombas «revientaportones» y arden los judas. las enramadas y parrales se iluminan con los farolitos de papel. En medio del estruendo, en una capilla el cura hace la Misa de Gallo pronunciando muy fuerte las palabras en latín.
En la cuadra, las ventanas y las puertas abiertas de par en par. Decía Charles Dickens en su «Canción de Navidad» que ese es un día en que los hombres y mujeres parecen estar de acuerdo para abrir sus corazones. Si aquellos vecinos del ayer lo hacían, ¿por qué no podemos nosotros?
Con más recuerdos y música los esperamos este domingo a las 19 horas en la 1410 AM LIBRE.
Coordinación: Angel Luís Grene
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