La Navidad también va a cambiar

¡Feliz novedad!

Yo tengo diez navidades menos que mi edad, transcurridas en Cuba, donde el cumpleaños que acumula la mayor cantidad de celebrantes en la historia terráquea  el de Jesús Nazareno  no figuraba en la efemérides pública. Ahora ya sí, creo, desde que el Vicediós católico visitó la isla en 1998. La festividad se había suprimido en 1969 porque, se adujo, el feriado perjudicaría la fabulosa cosecha azucarera pretendida ese año, pero la veda se mantuvo en pie durante treinta nochebuenas con sus treinta navidades. Suerte que en Uruguay las zafras pecuarias no caen en diciembre. Y que no haya huracanes. Ni estemos rodeados de agua por todas partes. Ni haga tantísimo calor. Lástima el mango, que es tan rico y no se da por aquí.

En ciertos países el protagonista central del histórico evento evocado ya no es Jesús, sino un gordo señor barbudo que nació en Turquía de padres acomodados y dominantes. Su madre ganó el tironeo y Nicolás se hizo cura, en vez de continuar el próspero comercio paterno. Quince siglos demoró su viaje, en andas de la mitología religiosa y popular, hasta el Polo Norte donde hoy figura residiendo, previo paso por Estados Unidos de Norteamérica alrededor de 1600, en distritos de la futura ciudad de Nueva York. Entonces aquel padre turco se tomó la revancha, al convertirse Nicolás en el agente de ventas más eficaz de la historia. Primero le cambiaron el nombre por el más ganchero de Saint Claus. Luego reformaron su fisonomía en tiras de cómics por la imagen bonachona que hoy le conocemos; le pusieron botas altas, cinto grueso y gorro con pompón. El toque final se lo daría la mismísima Coca-Cola en 1931, encargando al pintor H. Sundblom que produjera una figura más humana y creíble, además de ajustar el color de su atuendo al rojo exacto que identifica a esa corporación en sus campañas publicitarias. La metamorfosis quedó así completa, al punto tal que nuestro afable Papá Noel  que arribara originalmente desde Francia tocado de blanco entero con vivos dorados  hoy callejea travestido de Santa Claus colorado, remedando sus risotadas de caño de escape en lucidos camiones botelleros.

En su casa infantil de Midland, Texas, el pequeño «W» (George) colgaba una media de la chimenea entre las seis de los hermanitos Bush, cada 24 de diciembre. Luego de la cena ritual con pavo, galletas y torta de frutas, los niños iban a la cama donde fingían dormir, desvelados por la sentencia que Saint Claus, justiciero nocturno, impartiría a cada uno de ellos al amanecer: llenaba las medias con dulces caramelos para los niños buenos y con negro carbón para los malos. George doblevé asimiló la alegoría completa del mítico personaje, empezando por adoptar directamente el oficio y negocio paternos, hasta modelar su imagen a medida del mercado (electoral). El cambio de siglo le franqueó el acceso a la chimenea dominante del planeta, donde toda noche es buena para enjuiciar quién merece golosinas y quién merece carbón, componente primario de la pólvora.

Como todo el Uruguay, también esta de 2004 es una Navidad de transición, entre las anteriores que bien podrían parodiarse con el semblante de Saint Guinetti, y las navidades por venir, para las que no faltan caras jugosas en el nuevo elenco (espacio para la imaginación del lector), pero cuyas novedades podrían llegar mucho más hondo que la que la apariencia y el rito.

La Navidad también va a cambiar. Más allá del turrón, el chanchito y las bengalas, que ojalá no falten nunca en el festejo familiar. Más allá de la alegría y la nostalgia que disputan al jazmín el aire de esta noche, como lo harán siempre. Bastará con devolver el primer plano a quien celebra el cumpleaños, inspirados en su revolucionario legado de humanismo radical.

Hace media hora me encontré con él recién nacido, otro y el mismo niño Jesús de siempre, subiendo al 174 en el Pereira Rossell, redondito y tostado como un pan casero, abrazado por su joven madre, sola, que sacó boleto combinación Casavalle. La imagen exime cualquier intento de las palabras. Si todo periodista es un moralista sin poder evitarlo, como se afirma, ¿qué no decir de los políticos?. El discurso moral básico recae hoy en el progresismo político, nutridas sus raíces en las ideas socialistas, trenzado en ellas junto al espíritu cristiano que amamanta esta parte del mundo. De mínima, en las navidades por venir no habrá niños desnutridos en Uruguay, así de fuerte y novedoso, tan cristiano y socialista como eso.

¡Feliz Navidad! *

(*) Periodista

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