Locomotora se necesita
Ellos con todo el poder y todo el secreto. Nosotros, mientras tanto, disfrutamos de la entera libertad de hacernos daño. De ventilar ante ellos, para su solaz, nuestras tensiones internas.
La alegría popular subsiste: viene de muy lejos y arranca desde muy hondo. Pero no hay que abusar. Y desde el Estado se perciben «indicios pánicos», como diría Cristina Peri.
¿Cómo salir de la situación de fragilidad de la seguridad pública?
¿Qué hacer con el caos hospitalario? ¿Cómo jerarquizar devolverle un norte de consenso a la educación pública?
La fiesta del Chivo
Para enterarse de «la verdad», los ciudadanos tiene el auxilio invalorable de la prensa, generosa con su tiempo hacia los que se van, esos a los que pueblo uruguayo laureó con la condición de minoría.
Para los de esa minoría sigue siendo el reino de las pantallas, la simpatía de los pantalleros y el control de las tijeras.
Cierto, se podrá objetar, ya se acerca el fin de este reinado de la arbitrariedad en materia de comunicación. De acuerdo. Pero no se trata de algo sencillo. Ya los oiremos chillar como marranos cuando alguna norma les imponga límites a sus prácticas codiciosas y logreras, sus programaciones incultas, desprovistas identidad nacional y su desparpajo antidemocrático en materia de preferencias políticas.
Ahora bien, si se llamara a licitación para determinar quienes estarán a cargo de los medios, ¿un gobierno popular y progresista optaría por criterios exclusivamente mercantiles? Preguntado de otro modo, ¿quedarían dueños de los canales quienes dispongan de más dinero para retribuir las concesiones?
Sería peor la enmienda que el soneto. ¿La recaudación para el fisco es lo fundamental o en una democracia hay otros valores en juego?
Dejando de lado, por ahora, el hecho que también a esta zona de «empresarios favorecidos» tendrá que llegar el rayo iluminador de las auditorías administrativas, revisando el cumplimiento de las leyes laborales, las obligaciones impositivas, las deudas con el Estado, el hecho es que ahora, los medios de la derecha son los dueños de la cancha y se están haciendo la fiesta con nuestras disensiones, a veces inevitablemente expuestas en público y otras, las más, en forma equivocada.
Encauzar el debate
La pulseada por posiciones de poder constituye un factor de desgaste que, paradójicamente, actúa sobre un gobierno que todavía no asumió.
En cambio no creo que, dentro de la izquierda, se trate de tapar la existencia de diferencias de opinión o de énfasis. Creo que hay que reconocer como legítimo el hecho que en el seno de las fuerzas políticas triunfadoras exista más de una concepción. Nadie es inmune a la «fuerza de los hechos» y no se debe descartar la presión que ejercen los organismos internacionales.
Legitimar la existencia de más de una opinión y de la conveniencia de realizar un intercambio ordenado de puntos de vista, puede ayudar a disipar malentendidos y a ordenar esa contraposición de opiniones.
Discutir entre nosotros no es malo de por sí, prefiero una discusión clara, a una tramitación mediática que lo único que logra es confundir a nuestros propios compañeros.
Para llevar exitosamente la labor de gobierno, el FA deberá esforzarse por «formar» compañeros aptos para determinadas funciones públicas. Es claro que en esa materia no existe el vacío.
O las cabezas están alimentadas y regadas con ideas progresistas, conformadas a contracorriente de la moda neoliberal, o de lo contrario se llenan, lo vemos a cada paso, con las virutas del ideario libremercadista hoy hegemónico. Y esto ocurre no solo con los militantes de base.
La contraposición de opiniones es en ese sentido, formativa. Enseña, prepara para los desafíos mayores que tenemos. Jerarquiza el papel de la razón y atenúa el peso, no siempre benigno, de las opiniones personales de los dirigentes de la primera fila. Que, aunque no siempre lo parece, también se pueden equivocar. Y se pueden equivocar con un habla tan vistosa y contundente que hace difícil de percibir, a primera vista, donde se esconde el error.
Triunfa quien lucha
Encauzar el debate supone recomponer en la izquierda un clima de intensa vida política con participación activa de miles de compañeros.
Nadie tiene derecho a sentarse a esperar qué es lo que van a hacer nuestros compañeros desde la administración.
La aplicación del Plan de Emergencia, para empezar. La defensa del gobierno popular y progresista por otro, supone un esfuerzo de «centralización» de los temas y de descentralización de la información y de las posibilidades de intervenir en las decisiones.
El nuevo elenco asumirá con una gran fuerza política. Pero el Estado en una gran ciénaga en la que nos podemos empantanar.
El Estado no es un instrumento neutro. Pensarlo así es un viejo error economicista. El Estado tiene una ideología, un personal, una armazón legal y orgánica que lo hace poco apto para el cambio. Está para conservar: secretos, rutinas, privilegios, signos de distinción burocrática. Hundirse en ese lodo es perder el impulso y la confianza que la ciudadanía ha depositado en nosotros.
Para atravesar los fosos
Contra el viejo Estado estamos en lucha. Pero esta contienda es tan exorbitante que no se puede encarar como esfuerzo individual de tal o cual jerarca: debe ser una lucha de toda la sociedad, participando, criticando, controlando.
Y la sociedad no se moviliza sola. Es imprescindible la acción de denuncia, organización y propuesta que está en condiciones de hacer la fuerza política, nuestro Frente Amplio.
De ahí la necesidad de fortalecerlo como instrumento de acción. Ha sido (en la defensa de la empresas públicas) y puede volver a ser, una gran locomotora, ahora para apoyar al gobierno de Tabaré. Por fuera del Estado y de la administración. Afirmándose como expresión societaria y no burocrática. Inserto en los barrios y los gremios, en las localidades y en los centros de estudio.
Con militantes y dirigentes elegidos entre ciudadanos comunes -dentistas, cocineras, albañiles, metalúrgicos, maestras, quiosqueros, enfermeras- que no están ni pretendan estar en la «carrera de los honores» del personal político, ciudadanos que vivan de su trabajo y no dependan de la jerarquía de gobierno para comer.
Preservar y fortalecer esas herramientas es esencial para un buen gobierno y para mejorar las condiciones de la democracia en el Uruguay.
Es tender a llenar la turbia fosa que los políticos profesionales del neoliberalismo abrieron entre las instituciones y el pueblo, esos albañales llenos de escollos e incertidumbres, esas aguas podridas la alcahuetería, la corrupción y el clientelismo.
Hay demasiado desconfianza popular en ese Estado y en esas prácticas. Con esas instituciones no se relanza la vida económica por más inversión que venga. Ni se repara la dramática deuda social que se tiene con el pueblo del abismo, los desocupados, los excluidos, los marginados.
Precisamos una locomotora para atravesar tantos escollos. En democracia esa locomotora progresista se llama «vida de partido», fortaleza, discusión, participación y unidad y una articulación fecunda de fuerzas con todas las organizaciones que la sociedad uruguaya se ha dado, al servicio de un nuevo Estado y un nuevo gobierno. *
(*) Profesor de historia y editorialista
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