Una cultura impregnada de paradigmas nocivos atenta contra nuestra humanidad

Derechos inhumanos

Al día siguiente el periódico recibió un aluvión de cartas de lectores indignados con la denuncia. ¿Por qué tratar con guante blando a un maleante que roba y mata? Esta parece ser la lógica que gobierna la mente de oficiales y soldados norteamericanos captados torturando prisioneros iraquíes en Bagdad. ¿Por qué pensar en derechos humanos ante ese supuesto terrorista que a la primera oportunidad haría explotar una bomba para matarnos?

La tortura es un ‘derecho’ inhumano. Después de haber pasado cuatro años en prisión nunca deseé ver torturados a los torturadores que conocí. No por virtud o compasión, sino para no verme rebajado a la misma inhumanidad de ellos. No puedo permitir que, después de torturarme, venga el torturador a habitarme. No puedo evitar que él me maltrate, pero me opongo a admitir que mi humanidad sea moldeada a imagen y semejanza de quien la niega. La mayor victoria del asesino es cuando él nos convierte en asesinos potenciales, indiferentes a los preceptos de justicia y adeptos a la venganza práctica del ‘ojo por ojo y diente por diente’.

¿Qué hace humana a una persona? No es la cultura. Hitler apreciaba la música de Wagner y conocía a los genios de la pintura. La bomba atómica fue construida por científicos de refinado gusto estético y vasta erudición. Tampoco es la religión la que nos vuelve más humanos. Papas medievales enviaron cruzados a masacrar ‘herejes’ musulmanes y bendijeron la práctica de la tortura en los tribunales de la Inquisición.

Lo que nos hace más humanos es la educación (no confundir con la escolaridad). Hay personas cultas que no son educadas, como las hay que son educadas sin saber leer. La educación, como demostraron los padres del sicoanálisis, es lo que domestica al animal que nos habita. Es la que nos rescata de las manos de la fiera que bulle dentro de nosotros cada vez que nos han herido alguno de nuestros derechos. Sin educación, ante el despertar de la fiera, lo humano se diluye y la mano hecha para acariciar se transforma en arma de agresión, las palabras destilan improperios, los sentimientos naufragan en un torbellino que oscurece la razón y hace emerger la venganza, el placer morboso de humillar al semejante y verlo sufrir.

La tortura no es el único ‘derecho’ inhumano presente entre nosotros. Hay otros igualmente graves: el hambre, el trabajo esclavizante, la violencia doméstica, la corrupción, etc. Sin embargo, ninguna de esas calamidades existiría si no estuviese precedida por una lógica perversa que preside la cultura que respiramos: la lógica de que el mercado goza de más derechos que los seres humanos; que el rigor fiscal debe prevalecer sobre los derechos sociales; que el hombre manda en la mujer; que la autoridad tiene la verdad; que el blanco es superior al negro; que la tenencia de bienes hace a las personas más dignas; que el Occidente es más civilizado que el Oriente, etc.

Una cultura impregnada de paradigmas nocivos atenta contra nuestra humanidad. La concepción general de los derechos individuales y de su defensa contra las arbitrariedades del Estado adquirió su mayor expresión programática en la Declaración de Independencia de los Estados Unidos y en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, redactada después de la Revolución Francesa. Se ha convertido así en una bandera importante. Ya en el siglo 20 la ONU, ante el repudio mundial a los crímenes cometidos por el nazifascismo, aprobó, el 10 de diciembre de 1948, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Aunque todavía sufren por los prejuicios, el mayor de los cuales es creer que ciertas personas merecen ser excluidas de sus beneficios: los que atentan contra mis derechos.

Estamos todavía muy lejos del ejemplo de Jesús, que proclamó la naturaleza sagrada de cada ser humano, sea él ciego, sordo, paralítico, pobre, etc. Todos somos moradas vivas de Dios. Jesús se dejó crucificar entre dos bandidos. Igualándose a ellos, los rescató en su dignidad.

¿Quién de nosotros aplaudiría la tortura, la pena capital infligidas a Jesús? Ciertamente, muchos de nosotros, pues nada indicaba en la apariencia humana de Jesús que allí estaba Dios. Sólo no aplaudirían aquellos que tienen ojos para ver que en cualquier persona se transparenta Dios. Y esos son raros. *

(*) Frei Betto es autor de «Entre todos los hombres», biografía de Jesús. Tomado de ARGENPRESS.

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