Una pequeña diferencia
Según he leído, los genomas del ser humano son en un 99 por ciento idénticos a los del chimpancé.
Determinar con exactitud cuáles son los genes que difieren y de qué forma es algo complejo pero aportaría importantes claves al conocimiento de nosotros mismos y de nuestros orígenes.
Los biólogos especialistas en evolución esperan que el proyecto sobre el genoma del chimpancé dé información molecular sobre la evolución humana. Y los científicos con inclinación médica se centran en las diferencias biológicas entre chimpancés y humanos.
En ese uno por ciento se encuentran las cosas que nos separan de ellos.
Los chimpancés no contraen el sida, no tienen malaria y parecen tener menos cáncer que los humanos.
Además no fabrican armas de exterminio masivo para su propia raza o para cualquier otra. No inventaron el dinero, los bancos, el FMI, ni las conferencias cumbre y tampoco la alarma para automóviles. Defienden su puesto en las diferentes ramas del árbol, con más fiereza cuanto más altas sean las ramas, pero al rato se aburren y cambian de lugar sin importarles la altura. No hablan y por lo tanto no mienten ni alaban a otro simio para sacar ventaja. Por la misma razón las monas no están dos horas hablando por teléfono y al colgar dicen: «Â¡Ay, me olvidé de decirle lo más importante!». Se masturban, es cierto, pero no pretenden que les paguen por ello y mucho menos que aquel que lo hace más seguido sea llamado politólogo. Cuando están en el zoológico no confunden al guardián con Dios y a las rejas con las leyes sagradas.
No cambian una banana, un coco y ni siquiera un maní por los frutos posibles del cielo, saben que no hay árbol que llegue tan alto. Si les pica se rascan y se rascan donde les pica.
Como no tienen elecciones no prometen nada y a los gorilas no los llaman para hacer algo que ellos deben hacer. Serán parientes, pero cada cual a lo suyo.
Tendrán el culo colorado, pero no acostumbran a gobernar de espaldas a la mayoría.
¡Maldito uno por ciento! *
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