Un mes después

Hoy, justo. Y el dólar sigue planchado, los bonos ni pío, los bancos ni mu, el riesgo país duerme, la milicracia chito. Batlle decora un apartamento, Sanguinetti no corta, Lacalle ni pincha, y el Gaucho en la niebla. Qué revolución rara ésta uruguaya, ni un rataplán, ni un portazo. Ni canciones, fijesé. Allá por el 68, cuando pareció que estaba en la esquina, andaban Zitarrosa y Los Olimareños y el Numa y Viglietti y Sampayo y el Pancho y Salerno atizando el fervor de la pueblada. Hoy, ni plín. ¿Dónde está las guitarras, dónde están? Pasó un mes y la casa está en calma, el músculo duerme, ¿la ambición descansa? Por obra y gracia de queseyó, todo el jaleo histórico parece reducirse hoy al juego de la silla de menos, en el hotel Presidente. Y no es así.

No en este caso, por lo menos en el añejo sentido de pugnas por picotear privilegios y prebendas ligadas a los cargos públicos (que haberlas haylas, también; ni las Monjas Descalzas están a salvo), pero que hay disputa es posta. Disputa progresista, es decir, forcejeo por predominar entre distintas orientaciones, improntas, estilos, y también por figuración histórica. Quedó como que empezó el Pepe pero tampoco es así, el guiso borbotaba hacía rato. En el siglo pasado existió una extendida corriente filosófica que explicaba todos los conflictos políticos como «contradicciones de clase», aunque hoy parezca chiste. Si todo en la vida, la vida misma, sucede como drama de antagonismos  aún en caso de dos hermanos gemelos, obreros ambos, fondeados en un aljibe , el teatro político es el arquetipo patente. En su entrada reza: «Sin ambición estás muerto».

La manzana en cuestión es hoy, entre otras menos lustrosas, la jefatura de la Intendencia de Montevideo, capital de la República, morada de la mitad del país. Tres elecciones sucesivas la mantienen en poder de la izquierda desde hace quince años, cinco de Tabaré, diez de Arana. Son muchos años, para todo lo bueno y también para lo malo que amenaza a toda permanencia prolongada. El acostumbramiento, por ejemplo, el afloje del ímpetu, la distensión muscular, la gravitación de lo establecido, la merma de la innovación, y varios otras patologías propias del largo aposentamiento, entre ellas la que hoy asoma como peor de todas: la soberbia, denotada en la seguridad ciega en que se volverá a ganar de cualquier forma, pase lo pase, sea quien sea el candidato y el modo de nominarlo, da lo mismo. Es debido a su excelente gobierno, creen los salientes, que la nueva victoria es campo orégano. «Ahí están los votos que lo comprueban», piensan. ¡Ay la política, tan alucinógena!

Seis de cada diez montevideanos votaron hace un mes por Tabaré presidente, la mitad más uno. En mayo próximo, ¿cuántos votarán por como se llame el candidato progresista para Intendente?. No se sabe, depende, ¿o no depende y ya se sabe que los mismos, o más que aquellos?. Conviene a los intereses de los montevideanos, creo, que dependa, y conviene a la salud de la izquierda, creo, que deba extremarse para retener ese sexto voto que la confirme como la mayoría del electorado. Extremarse eligiendo al candidato con mayor potencial de simpatía al interior y al exterior de la propia entidad, extremarse en convencer a los montevideanos que se corregirán insuficiencias de la administración actual y se hará un gobierno mejor para más montevideanos, más pujante, más vivaz, más incisivo, más efectivo. Está probado que oficialismo y oficialismo es pan con pan, deterioro seguro a la larga, así como que la revolución en la revolución, es decir, la inconformidad, la renovación, el viraje crítico, vigorizan la navegación. De lo contrario, la única oposición es truculenta como Adeom, dada la ausencia de otra benéfica que provoque la superación. Removiendo escombros y zarandeando el árbol, como debe ser; o será un fiasco, como la renovación colorada. La diversidad interna del progresismo, a diferencia de la regimentación colorada, propicia la renovación vivificante, aquella de la que no pueda decirse «aquí no ha pasado nada, todo sigue igual, más de lo mismo». La crítica del Pepe viene como maná del cielo, dicho sin un ápice de ánimo contra Arana. La izquierda hoy no tiene un candidato natural cantado para la Intendencia, como hubiera sido deseable. Como quizás pudo haberse preparado, en el buen sentido político, ya sea como labor de Arana al cultivar y proyectar un vástago que lo superase, o como forja del Encuentro Progresista central. Ya está. Ahora hay que andar a las corridas, literal y metafóricamente hablando. Ya la elección nacional pasó, hubo que contener la respiración, ahora es otro tiempo. Tiempo de política, es decir, lucha por contraponer adentro conceptos, ideas, tonos, posturas, críticas. Sin melindre, a lo Pepe. Por ahí salieron algunos a decir «eso no se hace», otros que «como tiene votos, tiene derecho»… Lo que no tenemos derecho nosotros es a confundir al Pepe, a contribuir a quemarlo en el braserío ardiente de su vertiginosa responsabilidad.

Y después del quibebe a remar afuera para volver a ganar, sin darlo por hecho. Con un gran candidato y una gran renovación municipal entre manos. ¿Cuál sería el signo de esa renovación?: el máximo común denominador entre el programa comunal que prevalezca en la controversia interna y la necesidad de obtener la más amplia mayoría electoral.

Parece mañana pero faltan cinco meses  dos después de la Asunción de Tabaré  hasta el segundo domingo de mayo, precisamente el 8, día de Nuestra Señora de los Desamparados. Las velas ya están prendidas a los dos, por las dudas. *

(*) Periodista

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