Días de yuyos
Es tan grande el chucho que a muchos se les paran las cejas de punta. Una doña de la cuadra, ya cansada de que quieran asustarla con el cuco, nos mira y sonríe. «Habría que darles un tilo», dice, mientras camina al almacén a ver qué compra con su alicaído monedero.
Yuyos serían la solución hasta para la mutualista que nos acalambra con sus tiques. En los días del Montevideo del ayer, cuando alguien de la familia andaba clueco, ahí aparecía la abuela con una tacita de aromática infusión.
Tradiciones de los poderes curativos de las plantas que habían llegado con los inmigrantes de sus lejanas aldeas europeas. Hicieron carne y uña con el mágico nativismo de los criollos y las autóctonas hierbas americanas. En los barrios populares de la Vieja Capital había enorme cantidad de yuyerías. Muchas atendidas por los llamados botánicos, como en la Villa de la Unión, el señor Sánchez, en su tradicional local de la calle Larravide.
Los vecinos confiaban en sus conocimientos encerrados en aquellos paquetitos de papel que el señor de la túnica entregaba con su característico gesto afectuoso.
Es que la gente era muy devota de las virtudes de la «Madre Naturaleza», así con mayúscula y letras grandotas como estaba escrito en un popular establecimiento del antiguo Cordón.
También estaban los yuyeros ambulantes que a puro patacón trillaban las calles. Llegaban al barrio y desde lejos escuchábamos sus sonoras voces. Pregones que a voz en cuello anunciaban su llegada para esperarlos en el zaguán o el portón.
Llevaban colgando de su brazo un gran canasto de mimbre donde sobresalían los ataditos de ramas, hojas y ramilletes de flores secas.
En una bolsa sobre el hombro traían gran cantidad de granos y semillas para librarnos de toda enfermedad. Se paraban en la puerta y de inmediato surgían los diálogos sobre el abuelo que no dormía, la nena chiquita y sus dolores de barriga y el jefe de la familia tan malhumorado por culpa de su sequedad de vientre.
Al toque aparecía la alquimia de su canasto, un tilito, hojitas de curativo cedrón y la todopoderosa carqueja.
A los pocos días, todos sanitos, pero igual esperaban a que pasara aquel yuyero para charlar un rato y de paso consultarlo, por si las moscas, ¿verdad?
Hubo una época en que por General Flores y Yatay, en la esquina de la Facultad de Medicina, tenía una mesa de venta callejera uno de esos populares yuyeros.
Le compraban los vecinos, los obreros de la fábrica de «Alpargatas» y en los períodos de exámenes se aburría de vender una hierba llamada de San Juan, muy buena para combatir la ansiedad de los estudiantes.
Cuentan que una vez llegó a su puesto un linajudo catedrático que intrigado llevó una muestra de ese milagroso yuyito tan popular entre sus alumnos.
Muchos de los llamados «médicos de familia» de los hogares de antaño que trataban desde a los abuelos hasta a los nietos también confiaban en los poderes curativos de las plantas. La relación entre médico y botánico era muy estrecha, ya que los productos farmacéuticos tenían poca difusión. Los yuyos también llegaban a otros terrenos vinculados a los pequeños placeres de la vida. Las bebidas «espirituosas» más populares como la caña y la itálica grappa se complementaban con un toque de yuyitos y sus frutos. Botellas con pitangas, orejones, marcela o manzanilla, destilando sus sabores en los etílicos líquidos. Boliches barriales donde después de cerrar los cantineros se quedaban mezclando hierbas con la cañita para realzar «el macho sabor», como decía la letra de un popular tango. Plantas, yuyeros, hierbas y botánicos, que hoy estuvieron junto a nosotros en este ramillete de recuerdos. Con más estampas del ayer y música, los esperamos todos los sábados, a las 19.00 horas, en la 1410 AM LIBRE. *
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