Muertos que caminan

Quiero decir cosas que juzgo muy de fondo en el plano estrictamente personal y pido disculpas por lo íntimo: se trata de algo que escribí clandestinamente en mi calabozo de rehén en el sótano del Batallón de Ingenieros de Combate Nº 3 (Paso de los Toros, 1983). Lo publiqué obligado por las circunstancias en «Brecha» (setiembre de 2003). Hoy vuelvo a sentir la necesidad de hacerlo porque otra vez las circunstancias obligan. Tengo pudor para ciertas cosas. Aquellos delirios de un incomunicado loco decían en letra chiquititita que guardo como un tesoro para que este viejo que soy sepa lo que pensaba aquel joven de hace veintiún años:

«La muerte es obra del egoísmo y el egoísmo es hijo de la muerte. El hombre la inventó, la adora, y le paga pingües tributos, los más onerosos, lo mejor de sí, día a día, minuto a minuto. Es su dios. El único en el que realmente cree sin la más mínima duda.

Así se creyó y se cree vivir muriendo una vida suicidada.

Solamente los niños son libres: no le rinden ninguna pleitesía. Sólo ellos son sabios. No creen en ella. Su único Dios es la vida.

Los adultos creen en la muerte y juegan con la vida. Los niños creen en la vida y juegan con la muerte: todos los cowboys de mi barrio resucitábamos.

La peor idea del invento, su aspecto más diabólico, es la locura de lo irreparable. La peor muerte es esa.

EL MAL es ella. El otro «mal» es el error.

El único infierno es la comprensión cabal de la culpa. ¡Y vaya si lo es cuando es cabal!

El único Leteo a la altura del ser humano es el perdón, no de Dios, sino de las víctimas. ¡Otro no conforma!

¿Y cuándo se perdona? ¿Cuál es la señal de que llegó la hora del perdón? ¿Qué cosa es la que marca tal momento?

Tales preguntas forman el punto crucial de la venganza.

Puede ser que no tengamos culpa. Pero puede ser que seamos tullidos del alma.

No se trata de volver sin el recuerdo: se trata del retorno sin el olvido.

No se trata del Leteo –aunque es indispensable para construir los primeros besos– se trata de la superación. De la posibilidad de mejorarse.

El único triunfo concebible es el de los ideales. Y el único perdón, la única penitencia es reconocer que nos equivocamos cuando nos equivocamos. Volver a ser es posible y sólo es posible cuando se tiene alma. Cuando se ha SIDO.

Mientras tanto ella está muerta y vivimos suicidados.

Somos culpables de fabricar el infierno y alimentarlo con los leños de la muerte y de quemarnos voluntariamente en él.

No resucita el que no ha sido. O el que no quiere. No podrá re-conocerse el que no quiera. Sabrá que viene de lejos y que va no sabe adónde, pero no se conoce. No vive: es vivido. Se mata diariamente y por todos los siglos de los siglos que quiera el que quiere: ¡No le echen la culpa del infierno a Dios!

El sol –según dicen– conservará su estabilidad de mil a dos mil millones de años… Vamos en el mil novecientos ochenta y tres. ¡Menos mal! Hay tiempo.» Hasta aquí lo que pensaba enterrado en vida hace veintiún años. Hoy me parece ineludible decir, con frase prestada, que la pobreza en el Uruguay de nuestros días tiene cara de niño… Y de mujer.

No los voy a agobiar con las espantosas cifras. Ustedes las sufren como yo. Para combatir ese crimen atroz no sobra ni un minuto.

Pero debo perder éstos para tratar tal vez inútilmente de que esa minoría principalmente civil que todos conocemos y estamos oyendo y viendo comprenda. Logre entender.

Siguen con el balde puesto y no sacan su cabeza del congelador donde la tienen metida con balde y todo.

Tal vez porque nunca han sido nada desde que siempre fueron lo que convino a sus bolsillos y por amor a sus tripas jugaron y juegan con la vida de los demás. Bolsillo y tripa con balde. Trato por lo tanto de que puedan re-nacer, re-conocerse, re-cuperarse.

Que traten de vivir, que resuciten, que dejen de ser muertos que caminan o cadáveres políticos.

La única guerra que debemos librar es la guerra contra la pobreza y contra la guerra.

Los pueblos necesitan la paz. La aman.

Hago un llamado encarecido a todos y muy en especial a mis compañeros y compañeras para que no entren en provocaciones, para que impidan y denuncien la violencia, para que defiendan la paz y la convivencia pacífica.

El próximo treinta y uno de octubre debemos proteger el voto de todos, dejar las calles libres hasta que venza el plazo y se cierren las urnas para que tanto los nuestros como los ajenos puedan concurrir cómodamente a ejercer su derecho.

Y sigamos esperando mientras tanto que los del balde entiendan. Tienen tiempo: dicen los astrónomos que el sol permanecerá estable como dos mil millones de años. Recién vamos en 2004. *

(*) Senador de la República, escritor

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