Somos todos tupamaros
Octubre 2014: «El aspirante presidencial Ope Pasquet del Partido Democrático aventaja en las encuestas a Laura Saravia, candidata del gobernante EP-FA-NM-UN en los comicios que tendrán lugar a fin de mes. La disputa electoral se enardeció esta semana al difundirse la cita de un senador oficialista donde afirma que ‘no sacrificaremos la memoria de nuestros mártires en el impuro altar de la democracia burguesa’, extraída de su discurso en ocasión del 45 aniversario de la llamada ‘Toma de Pando’ por el movimiento ‘tupamaro’ (N. de R.: organización que emprendió una revolución armada contra el sistema político a fines de la década del 60 del siglo pasado)».
¿Exceso de imaginación?. Para nada, sólo la ajustada al género ficción para cumplir su rol de espejo reversible de la realidad. Los párrafos del inicio, con los retoques del caso, bien podrían figurar entre las noticias publicadas dentro de diez años en la prensa uruguaya, cuando Mujica tenga 80 cumplidos y Sanguinetti 78, si Dios quiere. El voto es una opción de futuro a partir de un ejercicio de imaginación, donde cada quien proyecta sus preferencias, convicciones y conveniencias al escoger «lo mejor» entre los distintos porvenires que ofrecen las diversas candidaturas al gobierno de la cosa pública. Como en la ciencia ficción, miramos el futuro a partir de lo que sabemos hoy. ¿Qué sabemos hoy?. Cada cual sabe lo suyo. Mi hijo no sabe quien fue Pascasio Báez, pero yo sí. Sé también que el próximo resultado electoral no amenaza ocasionar a mi hijo, ni a ningún otro, la desgracia corrida por aquel trabajador rural. Con las excepciones del caso, podría decirse que lo sabemos todos. Incluído Sanguinetti.
Sé también que el próximo resultado electoral no ocasionará un futuro donde mi hija evaluaría los motivos para «ejecutar» a alguien, o ser ella misma víctima de tal consideración. Y Sanguinetti también lo sabe.
Sé que en la próxima votación no está en peligro la existencia de la democracia electoral en el futuro. Y Sanguinetti también lo sabe. Tanto como ambos sabemos que en las próximas elecciones no está en juego el retorno de la dictadura militar.
Nos imaginamos un cierto futuro y nosotros en él, cuando elegimos el voto. En octubre de 2014, de aquí a diez años, se realizará un acto como el figurado al inicio y con similar discurso, sin que ello represente ni la acción ni la voluntad de sus actores por sabotear las libertades democráticas.
La historia reciente de nuestra América ofrece varios ejemplos de pasados movimientos insurgentes que luego adoptaron la lucha electoral por considerar terminada la época de la lucha armada, como es el caso del M-19 en Colombia, el FMLN de El Salvador, la URNG de Guatemala. Y el MLN Tupamaros del Uruguay. Otras organizaciones de izquierda desafectas a la lucha electoral adoptaron proyectos electorales, como en México, Argentina, Brasil y Chile, lo que derivó en un fortalecimiento del sistema político legal y parlamentario así como la consolidación de la paz en dichos países.
Hubo un tiempo en que Sanguinetti ensayó calzarse la paternidad de la paz charrúa, cuando pudo referirla a militares ceñidos a la Constitución, y a la célebre organización guerrillera devenida en partido legal. A su manera, pudo enorgullecerse de tales frutos ante sus oyentes extranjeros. Hoy lo ha echado todo por la borda. Aquella «transición ejemplar» que enjoyaba su cátedra viajera la ha pasado al cobre de una democracia debilucha y amenazada, merced supuestamente al mismo ejercicio que la trajo al mundo: el voto libre.
La república tiene derecho a probarse la alternativa izquierda con el alma limpia y bajo un cielo limpio, sin la amenaza tronante de un tutor desencajado exhumando espantajos macabros.
Sabido es que la esencia de una postura no está en los hechos, que pueden malinterpretarse, sino en la actitud. La ofensiva alquitranada del Foro «Batllista» contra estos tupamaros electivos que hoy cuadruplican (¡!) sus votos, más que una denuncia o advertencia parece expresar un deseo perverso. O peor dicho: la contrariedad mortificante por no encontrar una evidencia de perillas a su provecho, un arsenal escondido por ejemplo, o un acto de violencia, o siquiera una declaración violentista. Mujica diciendo «hay que cagarlos a piñas», por lo menos. Nada. Buscan, rebuscan y nada. Entonces, en lugar de celebrarlo con la señora del gorro frigio, le ponen una zancadilla. «Bien que te conozco, ¡zorra!», podría escucharse.
Como los vinos, que hay algunos que añejan bien y otros que añejan mal, así sucede a los políticos. Ya sean sueltos o de marca. Sanguinetti tuvo sobrada oportunidad de colgar su retrato entre los estadistas de texto. Inteligencia, madera, tiempo y ocasión tuvo. Pudo escribirse en su epitafio político que aportó a la paz, la libertad y la concordia de los uruguayos.
Qué pena, terminar a la postre erigiendo un muro erizado entre una mitad del Uruguay contra la otra, entre la tradición y la esperanza, entre la audacia y el miedo, entre el derecho a renacer y la resignación a sobrevivir. Democracia rajada en dos, transformada en demicracia, con el pretexto de que «la mayoría de ellos son tupamaros».
«Somos todos berlineses» representó el empujón emblemático de la humanidad plural que acabaría derribando un muro contra la libertad.
No hay diferencias entre hombres y mujeres de cualquier color político ante el muro antidemocrático que se trata. «Somos todos tupamaros».
Y que Pascasio Báez descanse en paz. ¡Al menos eso!. *
(*) Periodista
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