El debate
Debo ser tolerante y reconocer por lo tanto que la inteligencia del Doctor Jorge Larrañaga puede ser un hecho discutible como tantos.
Pero lo que no admite discusión es que el Doctor cree que todos los demás somos tontos.
En esta campaña electoral ha corrido por toda una enorme cancha, de arco a arco, desde la Olímpica a la América y hasta la extenuación debido al «pesto» que le vienen dando. No ha podido «tocar» una pelota… En realidad no sólo ni la ve sino que, para espanto de Don Luis Alberto Lacalle, no sabe dónde está parado.
Entonces, ya con la canasta llena, perdiendo seis a cero, le pide al juez que pare el partido y se vaya a una definición por penales.
Señor juez le dice resollando todo lo anterior era en broma: estábamos jugando a la campaña electoral. Era una pruebita.
Y pide definir por penales sabiendo que también puede perder pero que algo es algo: recupera una leve chance. No le queda otra.
Debe ser este un consejo que le diera, al trote por Masoller, el embajador de los Estados Unidos.
Como la moda del chicle, la de los debates televisivos también nació en yanquilandia.
Se trata de un país donde apenas vota el 50% de la población, donde no se sabe hasta hoy quién ganó las últimas elecciones (hubo fraude en Florida) y en el que se acostumbra matar a menudo a los presidentes, quienes acostumbran a su vez realizar ciertas cosas en la Casa Blanca y en Watergate. No hablemos de la política exterior.
Después, en un programa de televisión que como todos los de ellos incluidos los «informativos», son más producidos que los de Tinelli, le quieren hacer creer al pobre pueblo estadounidense (y a nosotros también) no solo que ambos contendientes tienen la misma estatura sino que es muy serio elegir de ese modo al Presidente del planeta.
Para que fuera de rechupete y se nos pusieran los pelos de punta solo está faltando la presencia de las muchachas en pelota y con plumeros, el canto del himno a capela y el auspicio sonriente de Don King.
Como se ve, la propuesta de Larrañaga proviene de las más rancias tradiciones saravistas y campestres.
No estoy contra los debates: por el contrario, he protagonizado algunos memorables como «el de la granada». Nadie se acuerda de qué discutimos aquella vez con Don Pablo Millor y Néber Araújo: como corresponde en televisión, de lo único que se acuerdan todos es de la granada.
Y no estoy en contra porque como tengo la lengua sobada esa es una «cancha» que por lo general me conviene. Resulta obvio que, si por ejemplo mañana discuto sobre economía con Ramón Díaz la gente incauta terminará creyendo que yo sé de economía mucho más que Don Ramón, por la sencilla razón de que él no se expresa verbalmente muy bien. Pero si el debate es por escrito me hace «pomada» por lo que jamás en mi sano juicio aceptaría esa paliza (me escondería atrás de Couriel).
Por otra parte, nos hemos cansado a lo largo de estos últimos cinco años de pedir y hasta de exigir diálogo y debate. Fue en vano.
La Concertación para el Crecimiento tuvo que hacer una enorme manifestación hasta el Obelisco pidiendo eso: diálogo.
No le dieron «pelota».
Hace poco Tabaré pedía cadena de radio y televisión para responderle a la cadena de Jorge Batlle. Dijeron que no.
Hicieron ellos (nosotros no) una formidable y reciente campaña electoral para elegir sus respectivos candidatos únicos a la Presidencia: no vimos el más mínimo debate entre Lacalle y Larrañaga ni entre Stirling y Flores Silva (los ganaban respectivamente, y por paliza, Lacalle y Flores Silva). No consideraron necesarios ni para su propia gente esos debates.
Larrañaga no pide debatir con Stirling ni con Mieres. Peor: no les ofrece un debate (ahora, asesorado gratuitamente por mí, capaz que lo hace). Entonces, a un mes de la elección, El Guapo gritaba por las tribunas que «nos va a imponer el debate» y con esa prepotencia sale de pegatina por los caminos de la patria y gasta un dineral en avisos televisivos y radiales tratando en su delirio de anonadarnos con engrudo y pantallazos.
Es evidente por lo tanto que no quiere debate. Lo denuncia su modo de pedirlo.
Pero es más: ya totalmente extraviado en su búsqueda inútil de la pelota escurridiza que se le escapa ante cada «viandazo» errado y herrado, anunció que esa sería su principal y única propuesta hasta el 31 de octubre de 2004.
Debo confesarlo: me gustan las locuras, los delirios, la imaginación, lo sorprendente, pero esta idea del Guapo Larrañaga me superó.
Algo le está haciendo mal: o las indigestas cabalgatas, o los fracasos pesqueros, o el despatarre de su pingo en Maroñas el otro día, o la comida, yo que sé…
Pero además estoy enojado por estar discutiendo esta formidable pavada. Caliente porque hace diez días tuve que ir al Salón Azul de la Intendencia a presentar con Tabaré nada más ni nada menos que nuestra propuesta en política exterior: estaba toda la prensa de acá y mucha del exterior, diplomáticos, empresarios, sindicatos obreros, público en general y supuse (error), que un documento tan serio y tan grave, discutible debido a su naturaleza, daría lugar a importantes debates: nada. Hasta hoy solo un profundo silencio al respecto salvo algunas observaciones del canciller Opertti a quien agradezco y felicito.
Y le dio mucho trabajo al Congreso del Frente Amplio y a centenares de especialistas hacer esa propuesta para Uruguay y para el mundo.
Estoy enojado porque durante casi todo el verano, y todo el otoño, el general Licandro nos hizo trabajar intensamente a numerosos compañeros y compañeras en la elaboración nada más ni nada menos que de nuestra propuesta al país sobre Defensa Nacional. La dimos a la consideración del público y de los adversarios el martes 5 de octubre. Fue publicada íntegramente (y solitariamente) por LA REPUBLICA. Nadie ha comentado nada. Profundísimo silencio acerca de un documento que debemos reconocer amerita discrepancias por tratarse de problemas y asuntos muy discutibles y a la vez cruciales para cualquier futuro Gobierno.
Ahí están esas ideas de par en par abiertas a la consideración de todos. Forman parte del quinto conjunto de ideas programáticas expuestas a lo largo de estos meses por Tabaré en nombre de nuestra responsabilidad y compromiso.
Entonces nos llega el Doctor Don Jorge Larrañaga, al trote largo, y le propina al país y a su tragedia una «propuesta» de quince letras: «Debate por la tele».
Y agrega: «Es la única que haré hasta el 31 de octubre».
Pero ahora, errático tal como dice Lacalle, recula en alpargatas y sale a repartir cargos de su futuro fantasmagórico gobierno: le ofreció uno a Cancela y otro a Atchugarry. Ni se acordó de mí.
Lacónico el gaucho. Taciturno y pensativo como dicen que eran los indios charrúas. Grita mucho y habla poco. Da para pensar en el conocido cuento: le preguntan al jinete si el caballo habla pero el que se encoge de hombros es el matungo. *
(*) Senador
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