El último domingo de qué
Como todo nacido en esta placita esquinada entre Brasil y Argentina, aprendí de chico que «el último domingo de noviembre» era una fecha especial, como seudónimo de una estrella fugaz de ciclo bisiesto que alumbraba el pago cada cuatro años. Durante el breve lapso de su relumbre, la vida entera pasaba a girar en torno a ella. Si la recopilación de sus apariciones fuera una historia política, estaría toda escrita en la cara de mi padre.
La noche electoral los hijos nos hemos reunido siempre en su casa a sufrir los resultados. Entonces, el Sordo, Bottinelli y Aguiar juntos son un poroto al lado de mi padre. No falla. «Va ganando el Frente», dicen en la tele, y los hijos ya queremos gritar golazo que no ni no, campeones, y el viejo quieto, tranquilo, los datos siguen llegando, «faltan los votos del interior» dice a manera de despedida, y se va a dormir… Marchamos de nuevo, ya lo sabemos, aunque el locutor siga alentando esperanzas. ¡Cuántas veces vivimos esta escena!
Crecí venerando dos ídolos remotos de la felicidad: la Izquierda así en la tierra, como en el cielo Dios, sin saber cuál sobrevendría primero. Mi padre ya tiene 75 años.
Por estos días es una credencial con patas. Como la estampita del santo para el devoto, o aquel libro rojo para los chinos, el amuleto de mi padre es la dichosa credencial. Así le fue durante el desuso dictatorial, cuando la yerra castrense marcó una «C» a su foja en Ancap, donde llevaba sirviendo un cuarto de siglo. Por izquierdista y gremialista, nada menos. Durante todo ese tiempo el sobre mensual se redujo a la mitad, el sustento a la mitad, la salud a la mitad.
Finalmente llegó la democracia, por suerte, vestida por Sanguinetti a remedo de la felicidad, con porte de justicia republicana. Se sancionó una ley reparadora que devolvería a los funcionarios castigados aquel ominoso despojo. Un buen día llegó el sobre gordito compensatorio por toda esa década de sufrimientos. Mi padre sacó cuentas y le alcanzaba apenas para comprar una heladera. Dígase que una heladera no es para ponerle nombre como a las casas o a los barcos, porque bien se merecía «Pior es nada» escrito en la puerta, como un rancho que yo me sé.
Luego el ministro Fernández Faingold reglamentó la mencionada ley, con un criterio tan estrecho que el reintegro se redujo a monedas. Quienes ya hubieran cobrado «de más», debían devolver la diferencia, dispuso. «¿Y ahora qué hago se angustiaba mi padre , devuelvo la heladera?». No sé cómo logró conservarla, de manera que el próximo domingo 31 podrá enfriar algún brebaje para brindar a la salud de nuestro licenciado embajador en Washington DC.
Dicen que no será en noviembre esta vez, señora dicen dijeron, el agua y el viento dicen. Dice mi padre que no, y nunca falla. Avisa a todos, escucho, y empiezo por mi hijo, pero ¿cómo le explico, a sus dieciséis?. Entonces le digo que cambiará todo.
¿Todo lo qué?, pregunta. Todo, le digo: el país, la vida, el aire, la historia, el presente y el futuro. Y él me mira esta vez a todo ojos. Ãl, creyente que la generación de sus padres agotó los tragos fuertes de la historia; él, que lamenta el presente insulso comparado con la épica legendaria del tiempo «nuestro». Estás equivocado, le digo: ahora viene lo mejor, por inédito, profundo e intenso, desde la fundación del Uruguay, y justo te toca a vos. Y le digo que él último domingo de octubre, en plenilunio, será la fiesta más grande de la memoria nacional. Y la más larga, porque el agite franqueará al lunes seguramente, y hasta podría abarcar a los santos difuntos, quién te dice, si el martes 2 todos los asesinados en Estados Unidos, Irak y Afganistán inclinan a los votantes norteamericanos por un mundo más seguro y benigno, sin Bush. Cartón lleno.
Entre el pronóstico abrumador de las encuestas y la mentada infalibilidad de mi padre, el espacio de las incógnitas esas hormigas histéricas que carcomen el hígado a candidatos y analistas en víspera electoral queda prácticamente reducido a la política ficción, o a la especulación matemática por deporte, para no aburrirse. «¿Qué pasa si hay empate en el balotaje?», por ejemplo, fantaseaba mi hijo ayer, amparado en la licencia para joder que disfrutan los adolescentes. Como el ejercicio no ofrecía mucho jugo al magisterio político, recargué la yerba: «Si Vázquez no llega al cincuenta, tampoco hay balotaje». Tomá mate. Chau divague, habemus política.
Sólo Ecuador y Costa Rica tenían balotaje en nuestra América hace 25 años. Hoy suman 14 los países que adoptaron el sistema, sumando desde entonces 42 elecciones presidenciales en doble vuelta, de las cuales en 35 veces se impuso el mismo candidato que obtuvo mayoría simple en la primera, con o sin balotaje posterior. Sólo en escasas 7 ocasiones ganó en segunda instancia quien obtuviera menos votos en la primera, experiencias que en su mayoría terminaron en desastre institucional. Fujimori en Perú 1990 quedó segundo con 33% pero ganó en el balotaje: terminó como dictador mediante un autogolpe. León Febres en Ecuador 1984 ganó con 51,5% en segunda vuelta tras perder en primera contra Rodrigo Borja: zafó del juicio político cuando fue secuestrado por un grupo militar. Abdala Bucaram en 1996 salió segundo en primera vuelta pero luego se impuso con el 54%: poco después el Parlamento lo declaró «mentalmente incapacitado». Elías Serrano en Guatemala 1991 resultó presidente con el 68% tras quedar segundo en la vuelta anterior: fue obligado a dejar el poder.
Las 3 raras ocasiones en que la asunción postrera del candidato perdedor en primera vuelta no derivó en naufragio, marcan la soledad de Uruguay como caso único en el continente, en términos políticos. Mientras en Santo Domingo 1996 como en Colombia 1998, Fernández y Pastrana respectivamente, habían «perdido» la primera vuelta por escasísimo margen, la victoria del Encuentro Progresista fue sólida en 1999, con casi un 8% arriba del Partido Colorado. Si esta dramática «reversión del resultado inicial» como llaman los cientistas políticos al fenómeno no culminó en tragedia institucional, demuestra que Dios es grande, pese a la pequeñez de Batlle.
Larrañaga creo, en cambio, tiene medida para la altura del radical Balbín, que renunció en 1973 al balotaje frente al 49% que obtuvo su rival Cámpora en primera vuelta. »Reconozco en usted al hombre que ha elegido la democracia argentina», se adelantó a decir Balbín a su adversario. »Trabajaremos juntos por la reconstrucción nacional», le respondió Cámpora. *
(*) Periodista
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