Mis problemas con Larrañaga

Tratando de aclarar las cosas, acuso al Dr. Jorge Larrañaga de cinco gravísimos casos criminosos a saber:

 

1.- Haberle ordenado a los blancos que votaran a Jorge Batlle.

¿Es posible imaginar algo peor que ese «calepinazo» al cuadrado?

 

2.- Haber redactado y firmado en noviembre de 1999 un documento programático para inducir mediante artificio engañoso a tal suicidio en masa.

Es por tanto autor intelectual de una formidable estafa política. Indujo a error. Giró un cheque diferido y sin fondos que fue aceptado de buena fe por esa gente que hasta hoy, como por ejemplo los tenedores de eurobonos, esperan sentados todavía en el cordón de la vereda que vengan los hermanos Röhn a devolver la plata. Larrañaga tampoco apareció.

3.- Y lo peor: haber votado personalmente a Jorge Batlle. Es decir haberse creído su propio cuento. Me consta que es verdad porque él me lo confesó sin que yo lo sometiera a ningún apremio físico. Parece un cuento del Mellado Iturria: «Hubo en Paysandú cierto cuentista del tío que vendía billetes de lotería premiados y se compraba uno en cada sorteo».

No tuvo siquiera la mala suerte de haberse quebrado una pierna esa madrugada fatídica: porque en ese caso hoy sería nada más que «el Rengo» Larrañaga pero no lo que todos ustedes  incluso él que me está leyendo  estarán pensando ponerle (y ponerse) como nombrete en lugar de «el Guapo».

En todo caso sería como el guapo famoso de Garibaldi y Tuyutí, quien según Mauricio Rosencof, logró una noche de luna llena, esconderse entre los arbustos de la «amueblada» cercana para confirmar si su mujer lo engañaba con el lechero. Viéndola pasar del brazo con el que no debía pasar y encima entrar por la consabida puerta numerada, tuvo la vengativa y rencorosa paciencia de esperarla y, al salir luego de un demasiado largo rato, la encaró ante la alarma de los amigos que habiéndolo acompañado estaban también entre los matorrales.

Y cuando todos temían pero esperaban la temible puñalada tanguera, o por lo menos el módico barbijo en la cara de la mina, aquel guapo legendario, picado de viruela y mirándola fijo y profundamente a los ojos, levantó bien tieso el dedo índice para decirle con voz terminante y firme:

 Â¡Que sea la última vez!

Al Guapo Larrañaga le pasa como al Guapo Bobo (que así pasó a llamarse el de Tuyutí y Garibaldi): ayer le creyó a Jorge Batlle y hoy cuando le pide los votos para ser Presidente y organizar un Gobierno Progresista y entonces Batlle otra vez le dice que sí, que cómo no, que faltaba más, capaz que también le cree.

4.- Haberlo apoyado a Jorge Batlle durante todo el transcurso del desastroso mal gobierno. Incluso de a caballo, como el embajador de los Estados Unidos, y hasta hoy.

5.- No haber realizado acerca de todo eso y hasta la fecha  y casi estamos al fin de la campaña electoral  ni un atisbo de autocrítica. Por el contrario, nos dice a todos, le dice al país, que ¡No es nada! Que «no fue nada lo del ojo» mientras Uruguay anda a los tumbos con los dos en la mano.

Hasta aquí las cinco acusaciones que por ahora tengo. Pero el Doctor (no le gusta que le digan «Doctor») Jorge Larrañaga tiene además, y nos lo propone, un gravísimo problema sin solución posible. Una flagrante contradicción.

Dice a los gritos, pero muy suelto de cuerpo, que ahora también es progresista y que va a organizar (si lo votamos) un gobierno progresista de rechupete. Incluso a veces el Doctor lo grita desde arriba de un caballo y disfrazado de gaucho. Es más: abrazado con Silverstein, los dos blancos como hueso de bagual… y progresistas, lo gritaron a dúo desde Masoller, con tonalidades parecidas a «Yo quiero dormir con mama», aquel otro dúo carnavalesco inolvidable.

Entonces para lograr ser Presidente de su Gobierno Progresista le pide los votos al pachequismo en todas sus estirpes: desde Alberto Iglesias hasta García Pintos, pasando por Don Pablo Millor. Se los pide al conocido progresista Ignacio de Posadas y al radical izquierdista Don García Costa. Al conocido militante zurdo Don Luis Alberto Lacalle y a Trobo; a Isaac Alfie, a Bensión, a Jorge Batlle, a Julio María Sanguinetti, a Belvisi…

Lo supremo es que todos ellos le dicen que sí. Y se lo dicen delante nuestro. Y tal vez, porque todo es posible, Larrañaga muy emocionado se lo cree.

Tal vez los blancos de Canelones que hoy lo acompañan y que en reiteración real votaron en el año 2000 a Hackenbruch integrando además ese gobierno municipal, lo convencieron mostrándole la formidable gestión que perpetran.

O sea: Larrañaga cree que hace milagros como el Dios Verde.

En ese muy dudoso caso (que otra vez se crea su propio cuento) sería penalmente inimputable (bastaría una pericia forense) pero no puede hacerle correr otra vez al país tan terrible riesgo.

Pero esta vez lo más probable es que no: que Larrañaga sabe muy bien lo que hace: engatusar a la gente pero apoyar y apoyarse en el Partido Rosado.

En estas horas nos grita por televisión que él es el cambio. Que él cambió.

Pero debo reconocer otra vez la coherencia de alguno de mis adversarios: lo miro a Luis Alberto Heber abrazado a Larrañaga; lo miro a Don Luis Alberto Lacalle, los oigo, los leo y no descubro la más leve brizna de cambio en ellos: perdieron una interna pero siguen firmes en su huella.

Entonces una de dos: o Larrañaga gobierna con ellos incumpliendo lo que promete y por tanto traicionando a la gente; o Larrañaga usa los votos colorados y herreristas y después los traiciona gobernando con nosotros si nosotros lo aceptamos.

Como puedo acusar a los herreristas y a los colorados de muchas cosas menos de bobos, y como eso es harto evidente, sufrido y comprobado, a Larrañaga de los dos caminos sólo le queda el primero.

El Doctor Don Jorge Larrañaga es un hasta hoy impenitente fundador del Partido Rosado Continuista y, como se ve, un robusto tronco de esa jangada que entre garzas y gaviotas viene lenta rompiendo camalotes por el Uruguay hacia abajo trayendo a bordo una tan pintoresca cuanto peligrosa fauna. *

 

(*) Senador de la República. Escritor.

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