MONSEÑOR GALIMBERTTI, LUEGO DE LA REUNION ORGANIZADA POR EL CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO

"La historia de opresión de los pueblos se reedita con distintos nombres"

¿De dónde es el postulado que reclama «el paso de condiciones menos humanas a condiciones más humanas, para todos y cada uno»?

–Es de un documento del Papa Pablo VI, del 26 de marzo del ’67: «El Progreso de los Pueblos». A los veinte años, Juan Pablo II hace otro documento que se llama «La preocupación social» y allí el concepto que se utiliza no es progreso sino desarrollo. La historia nos muestra que hay veces en las que adelanto no significa crecimiento humano. Entonces utiliza el concepto de desarrollo.

–El temario de este encuentro podría haber sido de un encuentro de las izquierdas latinoamericanas discutiendo cuestiones políticas de actualidad. ¿Qué explica que durante tantos años los temas sean los mismos y las situaciones se agraven en lugar de solucionarse?

–Correcto. Distingo en esta pregunta dos aspectos: en primer lugar por qué se vuelve, por qué parece que siempre somos los mismos animales humanos que no cambiamos, que hacemos los cursos, reuniones, declaraciones, pero nos cuesta introducir esos cambios eficaces. Esto en primer lugar, yo diría que la Historia, cada generación la tiene que volver a escribir, no basta el progreso. El tiempo no nos hace mejores, pasa el tiempo y a veces uno ve que en lugar de avanzar está retrocediendo, en lugar de ir creciendo en valores de integración solidaria. En segundo lugar, la pregunta me parece que refleja o plantea por qué estos temas políticos entran en la agenda de los obispos. Aclaro que en esta reunión estábamos obispos, representantes de gobiernos y asesores, e integrantes de organizaciones populares de América Latina, que habían preparado muchos folletos e instrumentos para acercar al pueblo los temas de los tratados de libre comercio, en forma muy didáctica.

–¿Hay una revalorización de lo que fue la Teología de la Liberación en su momento?

–Sí. Se trata de que uno traduzca permanentemente los valores de la fe a las realidades dolorosas, concretas, de la historia cotidiana. La historia de opresión de los pueblos que se reedita con distintos nombres, como puede ser «Tratados de Libre Comercio» u otras formas. O consumismo, por otra parte. Exige siempre rescatar y revalorizar este gran valor que es la libertad, la libertad individual pero la libertad también de los pueblos, la libertad de elegir, la libertad para optar.

–Libertad que necesita de un sustento social que permita ejercerla.

–Obviamente. Para que sea real, para que no sea una libertad meramente de elección. De pronto uno puede entender que la libertad en un momento es una libertad económica, de pronto descubre que es libertad política en épocas de opresión, bueno, que en cada circunstancia uno valora determinado aspecto de la libertad.

–Otra cosa que surgía de los temas planteados para esta reunión de San Pablo son las comunidades de base, una experiencia que en Brasil es tan importante. ¿Cómo ve la Iglesia esas experiencias?

–Ciertamente lo que puedo decir es que he encontrado en esta reunión de San Pablo una gran efervescencia de movimientos, de propuestas que surgen en la cercanía de la vida del pueblo. Y bueno, desde las bases que se elevan, que toman forma de consulta, de manifestaciones, y la vida ciudadana aparece viva. Eso es sumamente importante, si no acá podemos caer en esa polarización entre individuo y Estado, el Estado que nos come y el individuo disminuido que trata de defenderse, o trampear al Estado. Pero tenemos que fortalecer las organizaciones ciudadanas, partidos políticos, grupos culturales, expresiones artísticas, identidades, minorías fuertes, para que le den contenido real, porque si no aparece el Estado como un ogro que come dinero, que lo mantenemos todos y el ciudadano de a pie que se ve como amenazado y que trata de burlar permanentemente estos peajes.

–El padre jesuita José Ellacuría manejaba el concepto de la confrontación entre dos culturas: la del capital y la del trabajo. ¿Está en plena vigencia esta discusión?

–No en términos tan extremos en cuanto que hoy el capitalismo salvaje ha tomado distintas formas; de pronto hoy sin dinero, sin préstamos, hoy vemos que nuestros pueblos están ahogados, pero tenemos que darle un cauce social al préstamo, que ayude al despegue, que ayude a la creatividad, no que aplaste. Por otra parte el dinero a veces tienta y muchos han buscado que se multiplique milagrosamente en las islas caribeñas, y bueno, ahora están sufriendo las consecuencias. De modo que el dinero de por sí yo no lo demonizo en cuanto a que puede ser también trabajo acumulado, si es que alguien lo ha ahorrado, si es proveniente del trabajo en definitiva.

–¿Ellacuría se refería a la concentración de la riqueza cuando planteaba sustituir la cultura del capital por la cultura del trabajo y valorar al hombre por encima de las cosas?

–Sí, coincido sí, en ese aspecto. Con ese enfoque evidentemente que sí, de chocante inequidad o desigualdad, evidentemente que uno tiene que decir bueno, ese dinero es la expresión de la insolidaridad.

–¿No es también la expresión de las relaciones de poder a nivel global que están en el límite de la capacidad de la humanidad de manejarlas?

–Sí, son las asimetrías en el poder, del poder en manos reducidas y de enormes mayorías de a pie desposeídas que contemplan migajas. Esto es un drama profundo que está instalado en el mundo y se trata de acortar y justamente los acuerdos son formas de equilibrar las desigualdades, porque estos tratados de libre comercio están dentro del sistema económico mundial o de la Organización Mundial del Comercio.

–Están acusados de incrementar esas desigualdades, en lugar de atemperarlas.

–Bueno, ¿pero cómo podemos manejarnos frente a esto? ¿Simplemente con un grito de desesperación? ¿O tratando de hacer alianzas fuertes? Por ejemplo lo que ha hecho Brasil, que nos ha invitado y que lamentablemente hemos quedado fuera momentáneamente; este Grupo de los 20 puede ser una forma de negociar, es decir, en el mundo tenemos que ser buenos negociadores.

–Entre los temas de análisis del encuentro estuvieron: deuda externa, inversión extranjera y corporaciones multinacionales…

–Hay que revisarlas, ciertamente, porque encadenan, impiden, frenan un desarrollo de nuestros pueblos, pero al mismo tiempo hay que revisar la corrupción interna de los países, cómo administramos, cómo invertimos, cómo disminuimos nuestras burocracias crecientes, porque de lo contrario esas deudas crecen, y seguimos pagando un aparato estatal que crece en gordura y no en musculatura.

–¿No hemos tenido en estos últimos decenios gobiernos funcionales al incremento de esa deuda?

–Sí, en algunos casos son también respuestas, precisamente pienso en Collor de Melo, por ejemplo, que aparece como abanderado de la anticorrupción y él termina en esas redes.

–El poder se pone nervioso cuando lo controlan, cuando intentan controlarlo, cuando intentan cuestionarlo.

–Bueno, pero es bueno también. Yo creo que todos tenemos un pequeño espacio de poder y a veces no nos gusta tener que rendir cuentas, obviamente que a veces nos molesta, porque uno tiene que ser prolijo en las cosas que hace, ser un buen administrador, pero a veces también podemos, aun con un criterio caritativo, desequilibrar la economía de una familia, o de una pequeña empresa, de modo que uno dice, ‘los controles son innecesarios’, y son buenos, porque uno de esa manera institucionaliza la transparencia de alguna forma.

–¿La ética y la política, pueden andar juntas?

–Son matrimonios difíciles, pero hay que acercarlas. Yo creo que evidentemente la ética tiene que estar para que la pol
ítica no sea un poder cerrado, no sea la conquista del poder para aprovechamiento de pocos. Para que la política tenga incidencia social evidentemente tiene que tener parámetros éticos. El discurso de los políticos hoy parece más centrado en cómo pagar las deudas, en cómo afrontar estas obligaciones que el Estado uruguayo tiene. Pero es bueno que se explicite también cómo se va a hacer frente al desarrollo de los más postergados. Nos dicen: hay que crecer y después desbordará el vaso y sacará a flote a los desocupados y marginados. En fin, son distintos esquemas o modelos económicos, pero yo creo que la ética necesita humanizar la política, darle un cauce humano. La ética debería ser eso, cómo darle rostro humano a la gestión política, que es indispensable para el bienestar y felicidad de nuestros pueblos. *

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