"Tengo los huevos del tamaño adecuado puestos en su lugar"
La contratapa bajo el impactante título «Cuestión de huevos», luce al pie una foto color de gran tamaño dramáticamente fidedigna de mi pobre figura; más chiquita, sin color y al pie de su nombre, está el periodista que gallardamente se hace responsable de los conceptos expresados. Empezamos bien, dos personas mayores poniendo la cara, no es poca cosa en esta devaluada realidad nacional.
Confieso que releí y subrayé el texto de la nota, pero no se si logré captar plenamente los mensajes que conlleva; de cualquier forma apelo a la buena voluntad el señor Periodista siempre uso la mayúscula cuando me refiero a la gente que da la cara para que disculpe alguna mal interpretación de mi parte, porque la responderé con breves comentarios sobre mi acontecer en los últimos días, vividos en una exposición pública a la que por cierto no estoy acostumbrado.
Siempre me he considerado un genuino made in Uruguay y absolutamente fernandino, de origen muy humilde si se valora en términos materiales, pero muy honorable si se valora en la integridad de mis mayores; tuve una vida común sometida a los vaivenes de la profesión militar iniciada en la paz de una tacita de plata, que derivó en la salvaje conflictividad del ideológico mundo bipolar y en los traumáticos reacomodos del actual comandado por la omnipotencia de la Casa Blanca.
Cuando entendí que había llegado el momento de retirarme a cuarteles de invierno, así lo hice sin molestar ni pedirle permiso a nadie, pero mientras esperaba que el tiempo me liberara definitivamente de las reglamentarias limitaciones y obligaciones que impone el estado militar, decidí entretenerme escribiendo muy trabajosamente un libro sobre mi simple vida vivida, que finalmente publiqué con mucho esfuerzo, porque no supe o no pude encontrar el apoyo de ninguna editorial.
Asumí que la «original autobiografía» de un hombre común, que rememoraba su infancia y adolescencia en la ciudad de Maldonado, relataba hasta en exceso los pormenores de la vida militar y no mencionaba nombres, apodos y fechas, sólo podía interesar relativamente a mis contemporáneos más dispuestos al recuerdo, porque sin desconocer el probable malestar de algunos colegas por la inclusión de algunos párrafos, era muy notorio que solamente se trataba de opiniones personales sobre asuntos de vieja data y pleno conocimiento de todo el mundo.
Pero la ojeada rápida de un primer lector también periodista, difundió extractos de un párrafo referente a la cruenta lucha que protagonizamos en el país los ideologizados bandos de la guerra fría, y de inmediato adquirí un protagonismo inusitado. Como en el libro admito sin palabras edulcoradas, lo que todo el mundo sabe desde hace 30 años y que muchas personas han testificado con trágico detalle a la Comisión para la Paz, porque sufrieron la tortura en carne propia, o siguen sufriendo por la muerte de un ser querido pero todavía no han podido encontrar la tumba donde llorarlo, quedé expuesto al gran público que me juzgará en forma inapelable. En las sucesivas e inmediatas entrevistas no eludí ningún tema y emití mi sincera opinión lo mejor que pude, pero todas ellas fuera del contexto del libro, porque no escribí para denunciar nada, pero asumo absoluta responsabilidad por todos mis actos a lo largo de toda mi vida.
Estoy convencido de que muy poca gente lo ha leído y sin embargo me están juzgando por mis declaraciones.
Usted, señor Periodista, dice que me juzga sincero porque escuchó la «homilía» de «un duro» que se ablandó al expresar que nunca había presenciado torturas, dejando traslucir alegremente con lacerante cinismo que miento por la jerarquía que ostento, pero debo expresarle mi convicción de que la gran mayoría de los Oficiales Superiores y Generales se encuentran en la misma situación.
En otro orden le aclaro «al civil distraído de los pormenores castrenses», que comparto plenamente la calificación inicial de «orejón del medio» y creo que se equivoca al considerarme «un jefe importante del Ejército en las últimas décadas, allí donde se corta y se cocina el bacalao». Si se informa adecuadamente de la significación de los destinos militares, sabrá que los míos no fueron tanto como lo imagina por su nombre, y el único codiciado en los Estados Unidos, lo ocupé por casualidad durante menor tiempo que el usual. Comparto plenamente su opinión de que la piña está intacta y sus conceptos sobre la doctrina marcial relativa al revisionismo basada en simples preceptos de rusticidad cuartelera. Con respecto a los bandos que usted menciona: «convención gremial» y «enemigo», debo decirle que se los reservo para usted y su interlocutor del estacionamiento, yo desde el mes de marzo dejé de estar sometido a jerarquía y pertenezco plenamente al bando de los hombres libres que usted omite mencionar, quizá porque no necesitan desertar de ningún lado ni mostrarle a nadie su «dimensión ovular», y por ese motivo, no acepto rótulos, presiones, controles, ni calificativos, de ninguna persona, tribunal o comisión directiva que se abrogue el derecho de estigmatizarme.
Debo confesarle que me resulta increíble que un periodista tan veterano como usted lo parece, establezca un diálogo accidental de esa naturaleza con un militar desconocido, que seguramente ese abusó de su miopía porque le mostró un carné y no lo pudo leer. De cualquier manera le disculpo la travesura, porque está cumpliendo con su deber al mantener la reserva de la fuente, aunque quiero suponer que hizo el mandando involuntariamente, porque si así no fuera, sería muy lamentable su complicidad con el desconocido conductor.
Me dirijo al iracundo colega que no se identifica pero le dice a un desconocido cualquiera, que me conoce mucho, que fui un buen militar y que por escribir un libro diciendo lo que seguramente no pude desmentir porque lo sabe mucho mejor que yo, me convertí en un «cagón», un «traidor» y cuestiona la oportunidad de mis dichos y su veracidad, asumiendo que no tuve «huevos» para hablar antes porque «tenía que bancarse las consecuencias». Su exasperada diatriba continúa diciendo que me quiero limpiar solo y acomodarme con el Frente que va a ganar las elecciones, pero es «al pedo» porque tampoco le sirven los militares así. Luego de una referencia insultante al general Seregni, se enfurece repitiendo los epítetos a mi persona y dice: «Ya va a recibir su merecido, no tenga dudas…».
Aunque el tenor de los furiosos dichos me permiten presumir la identidad del personaje en cuestión, asumo que hay otros igualmente furiosos y a ellos me referiré genéricamente con el respetuoso «mi coronel» que siempre utilicé, para tratar a los profesionales honrados que actuaron a cara descubierta sin eludir sus responsabilidades. Aclarado este punto, reconozco todo el derecho a pensar como quiera y a decir lo que crea conveniente, pero no responderé a ningún insulto en ninguna circunstancia, porque me tienen hastiado con todas las descalificaciones, que sólo evidencian un alto grado de soberbia en extremo incompatible con la realidad de estos tiempos.
Si me conoce tan bien como dice, sabe perfectamente que no soy ningún «cagón», que no necesito protegerme en ningún grupo político para decir lo que pienso, que no quiero ni necesito limpiarme de nada, y que tengo los «huevos» del tamaño adecuado puestos en su lugar, para hacerme cargo de mis opiniones personales sin ofender a nadie. Con respecto a su amenaza de que voy a recibir mi merecido, estoy tan seguro como usted de que así será, porque a la corta o a la larga todos recibiremos inexorablemente nuestro merecido; pero supongo que usted se refiere a la agresión personal para castigar a una persona que no piensa como usted, que se siente depositario de las glorias de nues
tro querido Ejército y dueño de su futuro.
Le aclaro que yo no me siento ni una cosa ni la otra, pero también soy un hombre de cuero duro para los latigazos, que a veces utilizaba su permiso para portar armas por razones de seguridad en la vía pública, pero su amenaza encubierta me ha hecho guardarla definitivamente, porque no quiero defenderme apuntándola contra ningún soldado por ningún motivo, y por tal causa, esperaré solo y desarmado el ataque de cualquier persona que se considere con razones para hacerlo, pagando el costo en cárcel que tal hecho puede aparejarle, donde seguramente tendrá el tiempo necesario para leer todo el libro y capaz que se arrepiente de su acto vandálico, porque podrá constatar que todo lo que expreso es cierto y que todas mis opiniones personales son sinceras. Estoy seguro que sus hijos, mis hijos y los hijos de todos los compatriotas, le agradecerán que no se sienta tan dueño de su futuro, porque seguramente ellos encontrarán la forma de entenderse para vivir mejor en un país cada día más tolerante. *
(*) General retirado, autor de libro «Recuerdos de un soldado oriental del Uruguay».
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