Cuestión de huevos

Cuando el Ñato leyó en LA REPUBLICA que habían repuesto la foto de Seregni en un cuartel, dice que tomó conciencia súbita: «Se está muriendo», pensó. El mismo fenómeno de asociación inmediata me causó escuchar, hace tres días, la homilía del general Pereira. «Se rompió, salta en pedazos», me dije, pensando en la piña militar. El término piña, por la fruta de ananá, se utiliza en Centroamérica para representar a un grupo humano cerrado y compacto, basado tanto en el usufructo y defensa de un interés común como en impedir la intrusión de quienes no forman parte del clan. Pero me equivoqué, la piña está intacta.

Civil y distraído de los pormenores castrenses, yo no ubicaba a Pereira en mi memoria. Si me ponen a nombrar altos oficiales del ’85 para acá, me sobran dedos y no estaría Pereira. Será un orejón del medio, supuse, de esos que no se ven arriba, ni hacen al fondo del tarro. Error: el general Pereira fue un jefe importante del ejército en las últimas décadas, allí donde se corta y cocina el bacalao. Revistó en el Estado Mayor desde los albores de la dictadura que lo ascendió a coronel, llegó al generalato en el ’93, fue jefe de la delegación uruguaya ante la Junta Interamericana de Defensa, director del Centro Nacional de Estudios Estratégicos y del Instituto Militar de Estudios Superiores de las Fuerzas Armadas. Un duro, dicen. No lo parecía bajo el bisturí de Sonia Breccia.

Sonia, filo de seda. Pasa el algodoncito y zácate, pincha. Traza una voluta, antes de caer en picada. Corta mientras adoba. De su pasmosa galera puede salir un párrafo del Quijote, las hojas en la vereda, una estrofa de Vinicius, la adolescencia o el azafrán… entonces entra directo al hígado. «¿Usted presenció torturas?», intercala Sonia entre preguntas familiares. El general de ejército dice que no, que nunca, y dice muchas cosas más, pero la radio permite atender también el cómo lo dice, su tono de voz, las pausas interpuestas, los énfasis, las puntadas y el hilván. Su forma de hablar, diríase, pero es más que eso, porque fulano tendrá una forma propia y mengano la suya (florida o parca, por ejemplo) que usan tanto para esclarecer como para engañar. Para notar la diferencia hay que atender pequeños detalles. Pereira me sonó sincero, impresión que sobrevivió al parecido físico con aquel bufonesco general de Olmedo, en la foto del matutino.

 

Secuencia 2. Exterior, tarde. Un estacionamiento del centro. Del auto contiguo baja un hombre, la radio prendida, escuchando al mismo general en otra entrevista.

YO: – ¿Ã‰se es Pereira, no? ¿En qué radio está?

EL: – Pereira, sí. El cagón.

YO: – ¿…?

EL: – Un traidor, igual que Seregni.

YO: – ¿Usted lo conoce a Pereira?

EL: – Bastante bien. Mucho.

YO: – ¿Y cómo es?

EL: – Como militar, bueno. Fue un buen militar, no hay nada que decir. Pero es un traidor. ¿Por qué sale a hablar ahora, por qué no habló antes? Por cagón. ¿Quién va a creer que él no sabía, que no tuvo nada que ver? ¿Recién ahora se dio cuenta? ¡Hágame el favor!

YO: – Dice que estaba impedido por ley, hasta pasar cuatro años desde el retiro.

EL: – ¿Y eso qué? Poder, podía. Claro, tenía que bancarse las consecuencias, hacen falta huevos. No los tuvo, y sale ahora, protegido. Como va a ganar el Frente se quiere limpiar él solo, y acomodarse. Al pedo, porque a los del Frente tampoco les sirven militares así.

YO: – Pero Seregni…

EL: -…Seregni fue un traidor, el gran traidor. Como militar fue excelente, un gran militar. Y después traicionó. Pereira es traidor y cagón (se enfurece), y a los cagones no los quiere nadie. Ya va a recibir su merecido, no tenga dudas… Soy militar, disculpe la calentura (extrae y exhibe un carné que no alcanzo a leer).

 

Entre la reveladora exposición de Pereira y este anónimo detractor, por fin logro captar cómo funciona la lógica institucional del gremio castrense, respecto del llamado revisionismo. Aprendí que no pasa por la mirada que cierta izquierda política –no toda– y el humanismo civil –incluyendo el «estado del alma» de Batlle III– han venido conformando. No pasa por la noción de justicia, ni la de democracia, ni por la diferenciación en base al grado de bestialidad, ni por el plebiscito que sancionó la impunidad, menos aun por lo que manden las convenciones internacionales. La convención gremial estableció: «peleamos una guerra y la ganamos» (innegables ambas cosas, militarmente hablando). «El enemigo allá, una férrea línea divisoria, nosotros unidos acá» (lógica bélica elemental). «Saltar la línea es traición, que impone un precio alto» (y ahí entramos en el punto) «reservado al que tenga huevos acordes». Toda la doctrina marcial relativa al revisionismo se basa en estos simples preceptos, de rusticidad cuartelera.

La traición es una categoría asumida, inherente al acervo militar. En todas las guerras hay mudanza de bandos, como sobran ejemplos en la propia historia nacional. Lo que ha hecho la corporación verde uruguaya es reglarla: la valla es infranqueable de afuera para adentro, pero no de adentro para afuera. El que quiera saltar, puede hacerlo. El que quiera confesar un delito o arrepentirse de un crimen, que lo haga, pero que diga «yo fui, lo hice yo», sin comprometer un ápice a ningún (ex)camarada ni a la institución en general. Que asuma sus consecuencias personales, sean éstas la degradación, el escrache familiar y social, el juicio civil o la cárcel, exige el pacto sagrado militar.

Al ser infranqueable de afuera para adentro, la valla protege absolutamente a quienes permanezcan en su interior. A los autores de los «excesos» más condenables ante el criterio moral o legal, incluso en los códigos castrenses, se les conoce bien intramuros, están identificados. Ahora bien, respecto de los tan importantes huevos, ¿cómo confirmar su porte mientras permanezcan al amparo de la valla?, o viceversa ¿cómo demostrar que no se mantienen tras ella precisamente debido a su carencia? La dimensión ovular sólo se acredita mediante y tras la deserción (a lo bonzo solitario, eso sí), lo que no deja de ser un contrasentido, incluso para la rústica balanza castrense.

Lo que sostiene Pereira es que el centinela que administra la valla es el comandante en jefe, lo cual encaja perfectamente en el criterio militar, es decir el Presidente de la República, jefe máximo allí donde la jerarquía es religión, sentada a la derecha del valor personal, es decir, los huevos. Sostiene Pereira que Sanguinetti, en cambio, traficaba miedos.*

 

(*) Periodista

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