Prohibido para nostalgicos

El Palacio del Tango

Por Domingo Aramburú casi General Flores era la cosa. Revoloteo de parejas, damas solitarias muy cancheras y las infaltables moscas vichando a ver si podían entrar de garrón. La entrada del Ambassador Club, llamado El Palacio del Tango que las noches del sábado era una fiesta. Por principios de los años 60, los amantes del dos por cuatro arrancaban para el corazón del barrio Goes. En su mayoría cuarentones que marcaban su rebeldía de bailarines que se veían desplazados por el avance de la llamada Nueva Ola. Estaban cabreros con el Club del Clan, el twist y las cumbias. El naciente rock les ponía los pelos de punta. Por eso se engominaban, una lamida de vaca con prolija raya y a refugiarse en los altos del Café Vaccaro. El tango tuvo allí su último bastión para bailarlo bien debute. Música mistonga nacida en los arrabales que conquistó Corrientes, 18 de Julio y no paró hasta el eterno París. Ahora estaba acorralado por los nuevos ritmos y se refugiaba para dar pelea. El Ambassador fue su inexpugnable santuario. En su escenario, este viejo escribidor presentaba las orquestas dando una mano a su propietario (el pionero de la radio tanguera Walter Balla). Con esfuerzo se traían las mejores orquestas para sacar viruta al piso. Ahí, casi enfrente a la vieja estación de tranvías de Goes, era la cita obligada de los bailarines compadritos. Suena una milonga en aquel barrio del bar Caballero, de la cantina de Santucci y de los casimires del Goes Palace. A la vuelta, la muchachada apuraba sus jarras de cerveza en la Viena, donde el amigo Robinson preparaba sobre la humeante parrilla las húngaras con panceta para chuparte los dedos. Es que al Ambassador Club había que ir bien polenteado porque la noche se ponía querendona y las señoritas no aflojaban en los cortes y quebradas. Orquestas de mi ciudad, como le gustaba decir a don Balla, desfilando en sus sábados canyengues. Músicos que con pasión defendían al ritmo de sus amores. típicas como la de Mario Di Brana, Jorge Chirino llamado el D’Arienzo uruguayo y Ruben Chilindrón tenían su público incondicional. Apenas largaban las primeras notas, las parejas cubrían la pista taconeando berretines. Si estabas solo, un par de gestos con la cabeza y esa morocha se acerca desafiante dejando que las manos del galán la calcen por el talle. Bien apretados, al ratito haciendo carita y en sus susurros algunas palabras para la presentación de rigor. Lindazo haberlo vivido para poderlo contar. Por esos tiempos, la onda de los quintetos pisaba fuerte en la vieja Montevideo. En esa modalidad surgieron las agrupaciones de Juan Carlos Croccia, Don Horacio, Mauro Maquieira y Miguelito Villasboas que tenía el ilustre antecedente de haber sido pianista del gran Nicolás Agapio. Arriba del Vaccaro, los grandes ventanales muy abiertos en las noches de verano. Salen las notas galopantes perdiéndose en las callecitas del barrio Reus a un par de cuadras. Antes del baile, el salón se perfumaba con un bidón de la colonia Lovaina que el recordado don Algorta nunca nos negaba. Flotan las fragancias del recuerdo y si todos lo queremos volveremos a escuchar a Rogelio Col «Garabito» y al tano Racciatti con sus exquisitos cantantes Olga del Grossi y Víctor Ruiz. Por febrero eran invitados de lujo el maestro Firpo y la espectacular orquesta de Enrique Rodríguez. El Ambassador Club, flor de metejón con el tango, una ráfaga de melodías compadronas que se niegan a dejarnos cuando la memoria recale en esa esquina del querido Goes. Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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