PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

Aquella Ciudad Vieja

Los viernes a la noche comienza el agite. Es por la Ciudad Vieja, la city, como dice una pelirroja pasada de birra. La memoria, medio alborotada porque el veterano cumplió un año más, se larga en picada por esos rincones. Es que allá por fines del 30, la muchachada también arrancaba para esos lados. La farra empezaba por Andes, con el magnetismo de Las Cuartetas. Tenía salida hacia la Plaza Independencia y fue un café símbolo de esos años. Le daban a la ginebra de porrón y en las mesas, contra la pared, jugaban fuerte a los dados y baraja. Había jugadores profesionales buscando puntos que caían como angelitos. Uno de ellos, al terminar la noche, vendía los anillos, relojes y hasta sobretodos de los que se habían pelado. Casi en la entrada estaban las traganíqueles que por un visor mostraban damiselas desnuditas y sacando pecho ante las miradas de los bullangueros mirones. Cruzando Las Cuartetas, a eso de las 10, en el Teatro Artigas empezaba el show de la troupe Ateniense. Era un grupo de universitarios que dirigidos por el Loro Collazo se vestían de mujeres y protagonizaban reideras escenas. El popular Semillita oficiaba de maestro de ceremonias en esas cabalgatas musicales de los atenienses. En un extremo de la plaza Independencia estaba el Antequera. Caña y timba para empezar una noche de garufa. En una de sus paredes, habían pegado una fecha del filme «La Gran Ilusión» de Jean Renoir y ahí mismito retumbaba el vaso de cuero con los dados del seven eleven. Al costado del Solís, el Teatro Royal. En su escenario alternaban números de varieté, a veces algo de biógrafo con un pianista golpeando ferozmente las teclas y hasta veladas de box. Para el asunto de las piñatas, se levantaban las hileras de butacas y en el centro se armaba un destartalado ring. El público de pie alentaba a su «favorito» que se trenzaba sin grupos. Entre la gente, los corredores de apuestas levantaban el juego. El Royal tuvo su noche de gloria cuando abriéndose el floreado telón apareció Carlos Gardel y sus guitarristas. Cuentan que el gran LePera estuvo haciendo tiempo en los boliches de la zona mientras llegaba la hora de acompañar con su viola el Mago. Si se quería una noche tranquila, con sabor a buen café, frente a Ciudadela estaba el Viejo Tupí. Escritores y poetas sentados en sus coquetas mesitas charlando sobre un ros audaz que había escandalizado al mundo con su novela «Lolita». En ese universo del bajo montevideano brillaban sus cabarets. Como El Scala, en Rincón casi Bartolomé Mitre, con sus damas profesionales que por un par de fichas bailaban varias piezas de compás canyengue. En El Capitol, de Cerrito y Piedras, la noche ciudadana vibraba bien fuerte. Su dueña, la polaca Yoli, regenteaba el ambiente y al costado sonaba la orquesta donde se destacaba un jovencito llegado de Salto, el pianista Lamarque Pons. En su varieté se presentaban malabaristas, una bellísima joven que se contorsionaba con una pitón enroscada en sus sensuales curvas y un mago que hacía trucos con la recién llegada novelería de la luz negra. El champagne también corría de lo lindo en el Tabaris de la calle Ituzaingó, donde una noche tocó el gran Aníbal Troilo. La Ciudad Vieja resurgió y hoy como ayer palpitamos sus noches de farra y bohemias alegrías. Con más recuerdos y música los esperamos los sábados, a las 19 horas, en 1410 AM LIBRE. *

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