Bajo fuego
Miles de palabras. La antesala electoral aturde por el tiroteo de palabras, las nuevas y las previas todas juntas, mezcladas las vivas y las muertas, rebotando una y otra vez como pelotas de goma contra las paredes, es decir, las radios, diarios y tevés los «medios de comunicación» bajo cuyo fuego cruzado se encontraría una cierta proporción de votantes. ¿Mayoritaria o no?, ¡quién sabe! A los periodistas, editores, políticos y militantes les debe parecer que sí, que el cuerpo elector en grueso, y uno por uno, y casa por casa, vive pendiente de esta dinámica verbal, y más aún: que en buena medida depende de ella el resultado de las urnas.
Los diarios están plenos de comillas. Fulanito, dos puntos, «tal cosa», dijo el candidato, expresó el suplente, declaró el aspirante, afirmó el orador, en las mismas páginas que mañana publicarán las réplicas del adversario, luego de haber saltado del papel al dial y repicar a la pantalla, o viceversa, por boca propia o del locutor que «levanta» lo que salió en otros medios. «Senador, soy mengano de radio equis, ¿qué opina de lo que dijo ayer el diputado Talotro?». «Que lo veo muy difícil», irradia el senador en los parlantes cuando ya está impreso el título de tapa: Talotro, dos puntos, comillas, difícil pero no imposible, cierre comillas. Y la frase vuela hacia el próximo rebote.
De vez en cuando alguna pelota oral cae frita, abatida por un tiro certero. «Que les cobren la cuenta a Ramírez y a Machiñena», disparó el vice colorado, fulminando la bola que achacaba a Sanguinetti el desprestigio de Lacalle. Punto final. Lápida.
Leonardo Haberkorn, en El País, le cosió la boca a otro pelotero: «Nadie ha protestado porque un hijo de Bordaberry sea ministro de una democracia en la que su padre no cree, ni lo criticó por acompañarlo a los juzgados. Pero que el ministro aproveche la generosidad del periodismo uruguayo para decir que detrás de los juicios a su padre hay una maniobra electoral para perjudicar su inexistente carrera política, es demasiado». Fin. Requiescat in pacem.
Otras, en cambio, heridas de toda muerte se resisten a palmar, y siguen rebotando sin parar como almas en pena. La del independiente Mieres, por ejemplo, que ayer exhuma en El Observador el rancio cadáver de la incompatibilidad entre ejercer presidencia y medicina, bolazo aniquilado al toque días atrás por Nin Novoa: «Si otros han destinado tiempo a sus caballitos, ¿por qué Vázquez no podría atender enfermos?». Ya está, Mieres. Violín en bolsa. En la época en que yo me sentía más chico que Mieres, supe ligarme en la tertulia familiar aquel «¿Estabas en la luna?», criticando mi intervención tardía en un tema ya concluido.
A medida que se acerque el domingo crucial, la guerra de las comillas amenaza inundar el éter y las rotativas. Para los fetichistas de las palabras, el debate presidenciable equivaldría al orgasmo. El non plus ultra. Los supremos contendientes jugándose el destino en lo que uno diga y lo que diga el otro. Vence el que convence, piensan, adjudicándole tal resultado a su dialéctica en la controversia. ¿Será que no aprendieron la lección que oportunamente les impartió la vida? «Yo te dije que ese amigo no te convenía», ¿»no te expliqué la importancia de tener un título?, «¿cuántas veces te lo tengo que repetir?». La paternidad enseña qué poco vale el decir, y que sólo la propia experiencia define. Tallada al duro cincel de la experiencia vivida, no será el palabreo de última hora lo que altere la solidez que muestran las encuestas.-
Si el peloterismo verbal no vale nada, la maledicencia, en cambio, tiene su lado positivo. La maledicencia es la prima ladina de la crítica. Si fuera animal, sería la corneja, pequeña ave rapaz y chillona, a la que cualquier basura o residuo alimenticio, por putrefacto que esté, le sirve de alimento. Por lo tanto, las cornejas limpian. En la vida familiar, equivalen a la parentela y corte de la novia cuando se afanan a picotazos contra la hechura del novio -«tiene pinta de mujeriego», «no parece muy cariñoso», «será que no busca, porque trabajo hay», «¿qué hacía tu novio anoche en el casino?», «¿averiguaste por qué lo dejó la ex?». Inocente o no, el novio deberá sudar para sostener la confianza de su prometida, incluyendo autoanálisis, explicaciones y compromisos. De esa andanada de pinchazos, más intensos cuanto más probable la boda, el pretendiente podrá salir o no, de eso se trata depurado de varias lacras, reales y falaces (¿cómo pedirle ecuanimidad a la maledicencia?), merced a la acción de las cornejas. Joden, pero ayudan a limpiar.
Así está el pretendiente Vázquez hoy, en las cercanías del altar, aventando picotazos, forzado a desnudarse en público frente a su propio espejo, restregando costras y curando abcesos. Que si gravará al agro, que si disolverá el Parlamento, que si menosprecia la libertad de prensa, que si va a manotear los ahorros jubilatorios. Entonces Vázquez sale a aclarar, manda quitar el párrafo del programa, desmiente, explica, desautoriza, se compromete.
Tras su paso por el curativo callejón de los picotazos saldrá un presidente Vázquez saneado y alivianado. Gracias a las cornejas, pese al comprensible fastidio de sus incondicionales. *
(*) Periodista
Compartí tu opinión con toda la comunidad