El auto maldito: más allá de la coincidencia
El 28 de junio de 1914 el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austro-húngaro, ascendió en compañía de su esposa, la duquesa de Hohenberg, a un hermosísimo automóvil rojo de paseo recién salido de fábrica. Con el flamante vehículo iniciaba su visita oficial a Sarajevo, y también uno de los episodios más dramáticos de la historia moderna.
Apenas llegó a aquella ciudad, una bomba chocó contra el auto, rebotó, cayó sobre la calzada y estalló espectacularmente hiriendo a cuatro miembros de la escolta real.
El archiduque, sin perder su sangre fría, se ocupó personalmente de los heridos, y luego, haciendo gala de coraje, dio la orden de continuar la marcha. Un poco más lejos, el chofer que conocía perfectamente Sarajevo, se equivocó y tomó por un pasaje sin salida. Un fanático servio, el joven estudiante Gavrilo Princip, se abalanzó sobre el automóvil de Francisco Fernando y asesinó a balazos a éste y al resto de sus ocupantes.
Como es sabido, el grave incidente fue la chispa que provocó el estallido de la Primera Guerra Mundial. Semanas después de la declaración de hostilidades, el general Potierek, comandante del V Cuerpo del ejército austríaco, se apoderó del palacio de gobierno de Sarajevo y al mismo tiempo del auto rojo, mudo protagonista del reciente magnicidio.
A partir de aquel instante su suerte quedó echada. Las tropas de Potierek sufrieron una aplastante derrota en Valievo, hecho este que le costó la pérdida de su alto cargo. El abatido comandante debió retornar a Viena, donde tres semanas más tarde, invadido por una gran depresión nerviosa murió al borde de la demencia.
El funesto automóvil pasó entonces a manos de un elegante capitán del Estado Mayor, que sólo llegó a utilizarlo una semana, al cabo de la cual se mató en un accidente. En efecto, una mañana lluviosa mientras conducía, aquel vehículo patinó, arrolló mortalmente a dos campesinos y terminó estrellándose contra un muro.
Concluido el armisticio, el nuevo gobernador de Yugoslavia se adueñó del coche infernal, haciéndolo reparar de nuevo. En el término de cuatro meses sufrió cuatro accidentes y en el último de ellos fue menester amputarle el brazo derecho.
El infortunado jefe de Estado ordenó vender el automóvil como chatarra. A pesar de la maléfica notoriedad que ya se había creado en torno a la máquina, se presentó un comprador que pagó por ella un precio irrisorio. Se trataba del doctor Srkis, hombre práctico y racional, quien no encontrando ningún chofer dispuesto a guiar su vehículo, decidió conducirlo él mismo. Seis meses más tarde la policía encontró cierta mañana en la banquina de una carretera, el automóvil sport completamente volcado y el cadáver del doctor Srkis a unos metros de distancia.
La viuda vendió el auto a un rico joyero que lo conservó un año entero, y a pesar de usarlo a diario, no sufrió ningún percance. Sin embargo un día, sin causa aparente… se suicidió.
Esta vez el automóvil cayó en manos de otro médico, que se vio obligado a revenderlo, pues sus pacientes comenzaron a abandonarlo y alguien le sugirió que ello se debía a la posesión del diabólico vehículo.
El nuevo dueño, un intrépido suizo corredor de carreras y hombre poco inclinado a la superstición, perdió también su vida piloteando aquel extraño automóvil.
Nuevamente el coche cambió de dueño. Esta vez fue un rico granjero de las afueras de Sarajevo. Una tarde, mientras conducía, el auto se descompuso en el camino. El granjero solicitó ayuda a un granjero que pasaba por el lugar tirando de una carreta de bueyes. El hombre aceptó llevarlo a remolque, pero sucedió algo inaudito. El auto arrancó bruscamente y llevándose por delante la carreta avanzó unos metros sin control y enfilando hacia su propietario lo arrolló matándolo instantáneamente.
La máquina vendida en subasta pública fue adquirida por Tiber Hirschfield, mecánico profesional quien reparó el vehículo y lo pintó de azul. Un día, mientras iba con seis personas, chocó violentamente con otro auto en dirección contraria. Falleció Hirschfield y cuatro de los ocupantes.
El final de esta historia alucinante pero verídica lo dio el gobierno austríaco, cuando decidió recuperar y restaurar el vehículo para exhibirlo en un museo de Viena. En el transcurso de un intenso bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial, el museo fue totalmente destruido y del automóvil maldito no se pudo encontrar jamás el menor rastro.
Esta historia inspiró la película Christine, de Stephen King. *
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