SOBRE LA TENENCIA IRRESPONSABLE DE PERROS

La muerte suelta en las calles

Barlocco era un vecino del balneario «Las Flores», típico «siete oficios» a los cuales recurren los empresarios de la industria de la construcción cuando tienen que edificar algún chalé por estos pagos. Un hombre tranquilo, de esos que no molestan a nadie tomando su copita en un rincón del mostrador sin intervenir en las conversaciones si no se le pedía opinión. Ese año había hecho yunta con Adhemar Larracharte, por cuestiones de trabajo; con el «Flaco» Adhemar, peón quinchador de su hermano «El Vasco» Larracharte, se les veía ir y venir en la humilde bicimoto de aquél según los requerimientos del trabajo.

Pero un día cualquiera, en una calle cualquiera de las inmediaciones de Playa Verde al norte del carretero, en una bajada, se les atraviesa uno de esos tantos «perros sueltos» que hay por estos pagos, y con seguridad también en los suyos, caro lector, son legión.

Se dieron vuelta en el aire, moto, Barlocco y Adhemar, en lo que fuera una «vuelta carnero» al decir de un ocasional testigo, pirueta en el aire parecida a los «saltos mortales» que ahora vemos con admiración en los atletas de Atenas 2004. Sólo que en lugar de caer elegantemente parados sobre sus piernas, Barlocco lo hizo dando su nuca contra el suelo, y Adhemar chocando con el pavimento en total descoordinación de sus miembros, piernas brazos y cuerpo.

Barlocco quedó inmóvil total y absolutamente muerto allí en el acto. Adhemar se quebró un brazo.

Y fuera cosa muy triste de ver, desde allí en adelante la tristeza en los ojos de Adhemar: peón de la construcción con un solo brazo útil. ¿Quién lo había de contratar?

Recordando este accidente (nada accidental por cierto) e incluyéndolo en el tema que nos ocupa de los perros sueltos en las calles, fuimos haciendo preguntas a los vecinos del lugar. Resultado: aquí en este pequeño balneario, todos, o sea el ciento por ciento de los accidentes callejeros, desde sus comienzos como núcleo poblado, tuvieron como actores a dos elementos: motos y perros. Con toda la gama imaginable de resultados y los tipos de motos. Desde el trágico resultado que hemos relatado, hasta los más leves raspones. Con un intermedio de tipos de porrazos solamente unidos por el siempre inevitable susto. Llamó también la atención, si los contertulios tenían el promedio de edad suficiente, el elevadísimo número de accidentes que jamás se podrá contabilizar; casi todos comenzaban diciendo: «A mí, una vez, me pasó que…»

Casi como corolario obligado de lo anterior, nos preguntamos: ¿Qué institución del Estado tiene competencia en este asunto? Naturalmente, uno lo primero que piensa, en hablando de un tema de «tránsito», es que tendría algo que ver la «Policía de Tránsito». Pero hete aquí que, preguntados los funcionarios a través de una radio local, respondieron que ellos tienen instrucciones de cómo proceder cuando intervienen «bovinos o equinos» (textual). Cuando se trata de perros, canes, no.

¿Y la famosa «perrera»? Pertenecen a la órbita de los municipios; generalmente cumplen su función cabalmente… y son, también cabalmente y sin duda alguna odiadas por todos los uruguayos. Que preferimos, por aquello del «yonofuí»- «notemetás», mirar para un costado, no provocar las iras del vecino dueño de «perros-sueltos-en-la-calle», y, entonces, de hecho seguir apostando a que todo siga como está.

A mí no me lo permite el recuerdo de los ojos tristes de Adhemar Larracharte, con un brazo enyesado, arrastrando sus pies y su vida ya sin utilidad por las calles de Playa Verde.

Claro que los pobres perros no tienen la culpa: tengo un vecino a escasos metros cuyos cuatro perros piensan que la calle es su hogar pues no han conocido otro desde que nacieron. ¿Mucho trabajo tenerlos encerrados en el jardín de cada uno? Cuestión de responsabilidad, tenencia responsable. *

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