LA HISTORIA DE LA SEMANA

La polilla que salvó a la reina

En una noche otoñal de 1890, un tren expreso corría a gran velocidad envuelto en un espeso manto de oscuridad y niebla. La finísima llovizna que caía intermitentemente daba a la noche una apariencia lúgubre y fantasmal. La prisa que llevaba el maquinista no era arbitraria ni imprudente y respondía a las estrictas órdenes impartidas por sus superiores en Londres. En efecto, en uno de los tres vagones iba nada menos que la reina Victoria de Inglaterra, quien por razones de Estado debía regresar sin dilaciones al Palacio de Buckinghan aquella misma noche.

Huelga decir que el maquinista conducía el tren con notable pericia, pero las condiciones meteorológicas eran tan adversas, que el viaje resultaba una empresa por demás aventurada y en extremo peligrosa. La locomotora devoraba las distancias, internándose más y más en aquella boca de lobo bajo la experta dirección del conductor.

Repentinamente el maquinista vio, o creyó ver a través del visor frontal, una negra figura que de pie en medio de la vía, agitaba los brazos desesperadamente. El potente haz de luz que proyectaba generosamente el foco de la locomotora permitía, a pesar de la neblina imperante, divisar el contorno del extraordinario personaje con suficiente claridad. ¿Qué ocurría? ¿Qué hacía aquél individuo en las vías en semejante noche? ¿Se trataba quizás de una emboscada para asesinar a la reina?

El maquinista no dudó un solo instante y aplicó los frenos. Se escuchó entonces un esapantoso chirrido metálico y las ruedas patinaron desprendiendo abundante cantidad de chispas hasta detenerse totalmente. La escolta de su majestad preparó nerviosamente sus armas. Los guardaespaldas descendieron empuñando las suyas. Tres soldados bajaron de inmediato las cortinas de acero del vagón de la reina. El maquinista con toda sangre fría describió lacónicamente al jefe de la guardia la intempestiva aparición.

Ambos, acompañados de una improvisada escolta fuertemente armada, inspeccionaron cautelosamente y palmo a palmo la vía, en un recorrido de doscientos metros. El misterioso hombre que hacía señales, había literalmente desaparecido. En los alrededores el único sonido era el de la persistente lluvia. Sin embargo, los faroles de mano pusieron al descubierto, ante los atónitos soldados de su majestad, los restos del puente ferroviario casi tapado por el caudaloso río que debía cruzar el convoy.

Cuando la patrulla regresó al tren y comunicó lo ocurrido, la alegría y desconcierto fueron generales ya que de no haber frenado hubieran caído al río. ¿Pero quién era, se preguntaban todos, el escurridizo visitante que previno tan oportunamente al maquinista salvando así la vida de la reina Victoria y de sus acompañantes? Alrededor del tren sólo reinaba la oscuridad, la soledad y la persistente lluvia. Todo parecía ser un auténtico misterio…

Un soldado que atinó casualmente a observar el foco encendido de la locomotora, se sorprendió al ver contra el artefacto una gran mancha negruzca que en la confusión había pasado inadvertida. Cual no sería la sorpresa de todos al comprobar que la sombra que parecía ser un hombre agitando sus brazos en medio de la vía, era solamente una gigantesca polilla pegada al foco del tren con las alas extendidas dando sus últimos estertores de vida.

Todo quedó aclarado. Este hecho casual o causal, fue el que salvó la vida de la reina y sus súbditos. Se dijo que la reina Victoria iba acompañada en aquella ocasión por Disraeli, el primer ministro de la corona y que éste hizo atrapar la polilla donándola al Museo Británico, lo cual no es cierto. El visitante que llegue hasta Cromwell Road, donde funciona el Departamento de Entomología de dicho museo en Londres, se llevará una gran decepción.

Pero sí es cierto el incidente de la polilla, que permanece como uno de los más singulares dentro de los anales de lo increíble. *

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