Palabras más, palabras menos
El hombre es un animal que habla, eso está muy bien. No en vano se dice que en el principio fue el verbo. Dicen, entonces, que el tipo que se propuso la tarea de crear el mundo, primero tuvo que nombrar lo que debía ser creado.
Si mal no recuerdo, en el Popol Vuh el lío se arma cuando los de allá arriba le concedían el don de la palabra a los de acá abajo. Y si estuviera recordando mal, igual me sirve el ejemplo.
El abuelo Borges, que algo sabía de estas cosas, descreía de los sustantivos. Decía: «…los sustantivos se los inventamos a la realidad. Palpamos un redondel, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo nos alegra la boca y mentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja. (…) Todo sustantivo es abreviatura. En lugar de contar frío, filoso, hiriente, inquebrantable, brillador, puntiagudo, enunciamos puñal; en sustitución de alejamiento del sol y progresión de sombra, decimos atardecer.»
La inmensa mayoría de nosotros no tiene la menor idea de este fenómeno del lenguaje. Salvo algunos poetas y mucho niños, los demás ni siquiera nos damos cuenta del complejo y maravilloso proceso que se cumple cada vez que saludamos al vecino diciendo «Buenos días, Cholo, ¿cómo viene la mano?».
El hombre es un animal que habla y ese es su problema. Gran cantidad de seres humanos creen que por saber que la eme con la a se pronuncia ma, ya eso les da derecho para hablar sobre lo que quieran. Y la mayoría de éstos suelen dedicarse a la política o pretenden incidir en ella.
Algunos blancos, colorados y frentistas, en esta semana que pasó, han apalabrado tanto al pasado, al presente y en especial al futuro que la realidad casi se hace irreconocible.
El hombre es un animal que habla, aunque muchas veces no tenga nada para decir.
Hay quien dice que la música es un eficaz ordenamiento de los silencios. Quien dice música, dice todo lo demás. *
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