Revolucionarios tradicionales

Como para desmentir al desencantado Joaquín Sabina cuando augura que «ya no habrá revolución», ésta ha recobrado renovados bríos y se ha puesto de moda. Por lo menos en Uruguay, donde todo candidato que tenga aspiraciones serias debe abandonar el discurso conservador, dar la espalda a la derecha y proclamarse revolucionario; de otro modo, su chance se verá comprometida.

Creo que el responsable de este auge del fervor revolucionario no es otro que el Coloradismo que, dicho sea de paso y sin ofender, poco y nada sabe de revoluciones pues jamás protagonizó o impulsó ninguna ya que siempre estuvo en el poder.

Mi amigo Mendieta viene a rectificar esta afirmación y me hace notar que el revolucionario colorado Fructuoso Rivera se alzó en armas contra Oribe, y que no podemos olvidar la Cruzada Libertadora encabezada por Venancio Flores. Una curiosa revolución, esta de Flores, que contó con el apoyo de Mitre y del emperador de Brasil contra el gobierno constitucional de Bernardo Berro y que concluyó –después de la heroica resistencia de Leandro Gómez en Paysandú– con la caída del también legítimo gobierno de Atanasio Aguirre. Linda «revolución» que comprometió al Uruguay en la Triple Alianza y nos hizo cómplices del genocidio paraguayo. Pero en fin, son cosas del pasado.

Tampoco hay que olvidar las «revoluciones» del siglo XX: me refiero a las encabezadas por los presidentes colorados Gabriel Terra en 1933 y Juan Bordaberry cuarenta años después. Pero mejor es no meneallo, como sugería sabiamente Don Quijote a Sancho; sugerencia que ha hecho suya Sanguinetti con su exhortación a no tener ojos en la nuca.

En fin, sea como sea, por tener valiosos antecedentes en materia de revoluciones o por carecer de ellos, según se mire, el hecho es que el Partido Colorado impulsa, guiado por el novel caudillo Guillermo Stirling, la «Revolución del Centro»; que así se llama el opúsculo que contiene las bases programáticas de la fómula colorada. Como originalidad, no podía pedirse nada mejor, ya que la expresión «revolución del centro» constituye una singular paradoja equivalente a una «revolución moderada» o, usando el estilo de las obras de música culta, «rivoluzione ma non troppo».

Veamos un poco qué nos dice el mataburros de la Real Academia acerca del sustantivo revolución: «Acción y efecto de revolver o revolverse. Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. Por extensión, alboroto, inquietud, sedición. Conmoción y alteración de los humores. Fig. cambio rápido y profundo en cualquier cosa. Giro o vuelta que da una pieza sobre su eje».

Es probable que los colorados hayan usado el vocablo revolución en sus acepciones primera o última, es decir que lo que pretendan sea revolver (el té con leche o el avispero, vaya uno a saber) o dar un giro sobre su eje (de 360 grados, como proponía el inolvidable almirante Márquez, con lo cual demostrarían una total coherencia); también puede ser que aludan a la conmoción que les vienen causando los resultados de las encuestas, datos que sin duda les han alterado los humores.

Y del vocablo centro, el diccionario nos dice que, además del concepto geométrico, este vocablo significa «lo más distante o retirado de la superficie exterior de una cosa. Lo que está en medio o más alejado de los límites, orillas, fronteras, extremos, etcétera. Tendencia o agrupación políticas cuya ideología es intermedia entre la derecha y la izquierda».

Yo creo que a los colorados les gustaría proclamarse de izquierda (como lo ha hecho Ramírez, el ministro del Interior de Lacalle) pero el tupé no les da para tanto y entonces se ubican en el centro, posición política que goza de un relativo prestigio y con la que coquetean todos los partidos porque parece que ahí se ocultan los votos decisivos.

Es lo que se conoce como el «camino del medio» aunque en Uruguay no se sabe bien en el medio de quién ya que parecería que aquí no hay derecha: uno de los extremos no existe. Pero aparte de eso, yo, francamente, no entiendo por qué el medio está recubierto de esa aureola de sabiduría cuando cualquiera sabe que de allí proviene el concepto de mediocre. Como conclusión, puede afirmarse que la revolución que preconizan los colorados es la revolución de la mediocridad.

Pero los blancos no podían quedarse atrás. Acicateados por el súbito sarampión revolucionario que aqueja a los colorados, y alarmados por la perspectiva de que el rival tradicional se apropie de una bandera que el nacionalismo siempre reivindicó para sí, los candidatos blancos aprovecharon el centenario de Masoller para llamar a la revolución. Imbuidos de espíritu combativo, llegaron incluso a realizar maniobras militares entre las que sobresale especialmente el simulacro de una carga de caballería.

Sé de buenas fuentes que, como respuesta, Stirling –para no ser menos– ha encomendado a Abdala (ducho en organizar simulacros de fusilamientos de disidentes cubanos) la limpieza y acondicionamiento de los máuseres que usó el ejército gubernista en la histórica batalla.

Como puede advertirse, en materia de revolución, los ultras de izquierda quedaron a la altura de un felpudo comparados con los partidos tradicionales. *

 

(*) Periodista

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