Nosotros y los miedos (Parte 2)

Luego de habernos acercado a las fobias nos aproximaremos ahora a los famosos o actualizados ataques de pánico. Tratemos de aproximarnos a una definición. Según la Clasificación de Desordenes Mentales y Comportamentales, de la Organización Mundial de la Salud, el síntoma principal de estos trastornos es la presencia de una ansiedad que no se produce por una situación ambiental en particular. Su característica esencial es la presencia de crisis recurrentes de ansiedad grave o pánico, no limitadas a ninguna situación o conjunto de situaciones particulares. Son por lo tanto imprevisibles.

Los síntomas varían de un caso a otro, pero es frecuente la aparición repentina de palpitaciones, dolor en el pecho, sensación de asfixia , mareo o vértigo. Casi constantemente hay un temor a morirse o a volverse loco. Cada crisis suele durar unos minutos, pero también puede persistir por más tiempo. El individuo tiende a salir o a escapar de donde se encuentra.

Si esto tiene lugar en una situación concreta, en un ómnibus, tren, multitud, en el futuro la persona evitara estas situaciones. Del mismo modo frecuentes ataques de pánico llevan a tener miedo de estar sola o concurrir a sitios públicos. Y lo que es peor, un ataque de pánico produce un miedo persistente a tener otro ataque. Vallejo Najera, gran siquiatra español, describe muy bien qué se siente «es tan grande la sensación de peligro de vida durante la crisis, riesgo que no existe, que el paciente piensa que va a tener un ataque al corazón».

La persona luego acude a varios médicos que le confirman que no tiene nada. A pesar de la repetición de las crisis y la experiencia previa que no tenía nada grave, en cada nuevo episodio aparece el miedo incontrolable, y la convicción de que corre riesgo su vida. No es raro que se desencadene uno de estos episodios durante el sueño, despertándose el individuo con todos los síntomas en toda su intensidad. Esta crisis es vivida como una señal de muerte inminente.

Los pacientes relatan que la intensidad del sufrimiento es equivalente a la de alguien que sabe que lo van a matar, por lo que la crisis se acompaña de síntomas corporales vegetativos propios del pánico: palpitaciones, sudoración, respiración acelerada, palidez, manos y pies fríos, opresión en el pecho. Cuando estas crisis no son nocturnas sino diurnas y ya se han repetido varias veces, la persona teme por su integridad mental, porque siente que ha perdido absolutamente el control de sí mismo y tiene miedo de «volverse loco». Es abrumador, solo el que lo experimenta puede saber el nivel de angustia que experimenta la persona.

El tratamiento debe obedecer a una terapéutica efectiva, sino la persona seguirá sufriendo. Provisionalmente los ansiolíticos pueden proporcionarle una gran ayuda, pero esto deben acompañarse de una sicoterapia. Hoy se emplean mucho por su eficacia, la técnica de descondicionamiento según el esquema de la terapia comportamental o conductista.

Todos aquellos que trabajamos en el área de la salud, tenemos que tener presente y muy claro las características de esta dolencia, no tratarlo como a un enfermo imaginario, o un enfermo mental, que molesta en los sistemas de emergencia, en las mutualistas o en los consultorios.

Es un ser humano, un verdadero paciente, que cuando le ocurre una crisis su sufrimiento es muy real. Es muy importante el apoyo del grupo familiar, de los amigos, del terapeuta, y necesita toda la contención que se le pueda dar para poder superar esta situación.

En la mitología griega, Daimon y Fobo eran divinidades que representaban el pavor y el miedo. Eran hijos de Ares, el dios de la guerra, y de Afrodita, la diosa del amor. Acompañaban a su padre en las batallas, uno a cada lado. Los griegos los consideraban aliados eficaces, o adversarios temibles con los que había que congraciarse antes de emprender cualquier pelea.

El miedo, como ente psicológico existe, se tiene y se contagia. Para sobrevivir a él, se debe vencer al temor. Cada uno de nosotros tiene un arquetipo del propio terror, proveniente de los temores ancestrales, y debe vencerlo allí, descongelarlo, luchar contra él y salir victorioso como la meta de todo crecimiento.

En el plano físico, el miedo se nos presenta como una necesidad de supervivencia, miedo a ser destruido, a desaparecer, y el hombre tiene su sistema de supervivencia, y busca perdurar y sobrevivir.

Una actitud muy clara al respecto la tienen las artes marciales, que han enseñado siempre que el principal oponente es uno mismo y sus miedos. Debe vencerse ese enemigo, pero no destruirlo, porque el miedo es una enorme fuerza de la que se puede sacar provecho.

Hay que domarla como a un animal, como a un caballo que debe montarse, o un buey que debe uncirse al yugo. Para finalizar, hago mías las palabras de Salvador Cruñas, necesitamos recrear de nuevo el valor, tanto individual como colectivo.

Si el miedo es a veces conveniente, el valor es mucho mejor. Urge retornar a un espíritu de valor, de aventura, de iniciativa. *

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