La crisis y la desnutrición ahora se ocultan bajo mejillas sonrosadas y gurises robustos
Y «estar flaco» era una seria preocupación. No se concebía que un niño «gordito» no fuese un niño sano, pero sí se temía a las anemias y otras enfermedades de los niños considerados «débiles» por su flacura. Claro que eran otros tiempos, era el Uruguay «de las vacas gordas» y además accesibles al bolsillo popular. Eran tiempos en que era común oír decir que los uruguayos «podíamos tener apetito, pero no hambre», que no sabíamos lo que era realmente el hambre en este país. Y tan era así que cuando veíamos aquellos niños de Biafra, extremadamente flacos, con unas panzas desproporcionadas, lo suponíamos algo imposible de pensar en estos territorios. Porque además de esos denodados «esfuerzos» por alimentarnos bien, la carne, la leche, las frutas y las verduras eran habituales en la dieta familiar, incluso de aquellos sectores más pobres de la sociedad. Los salarios cubrían en buena medida las necesidades básicas y de allí incluso se recuerdan aquellos asados hoy de ciencia ficción alrededor del cual se reunían los obreros de la construcción en las obras, o las cuadrillas de vialidad en los obradores.
La mesa familiar era casi un ámbito sagrado y el «poder parar la olla» con dignidad era el orgullo de los más humildes y la lección que los padres trataban de alguna forma de trasmitir a sus hijos.
El INDA alimentaba a la clase media
En los casos en que por razones de estudio o trabajo muchos debían «comer afuera», solían hacerlo en los comedores del Instituto Nacional de Alimentación (INDA), y nos referimos a empleados del comercio y de la banca, funcionarios públicos y municipales y estudiantes universitarios, entre otros, y se les entregaban sendas bandejas en el menú con el infaltable plato de una sustanciosa sopa de carne y verduras, el vaso de leche, el pan, la fruta para el postre o alguna crema y el plato principal que todos los días era un plato con carne, ya sea milanesas, asado, pastel de carne, estofado con papas, albóndigas, excepto los jueves que se servía pasta pero con un tuco con enormes trozos de carne y otro día a la semana en que se alternaba el pollo o el pescado.
Pero, «los comensales» vestían de traje y corbata, muchos de ellos con portafolios ejecutivos y algunos hasta estacionaban el auto en la puerta del comedor. Desde fines de los sesenta a la fecha todo fue cambiando abruptamente. Comenzaron a proliferar los merenderos y comedores barriales que hasta entonces eran pocos y muy específicos, las ollas populares (que antes solamente eran una realidad en ocasión de conflictos gremiales) y la hasta entonces habitual «clientela» del INDA, poco a poco fue limitándose a los más marginados de una sociedad a la que le costaba mucho adaptarse a los nuevos tiempos.
En estos años, la realidad nos demuestra un nuevo aspecto del hambre en la población infantil mal alimentada: los gorditos desnutridos. Y no son como decíamos los panzones africanos de la década del sesenta en el siglo pasado. Se trata de chicos que incluso aparecen a la vista como saludables, pero que sin embargo sufren de los mismos males que aquellos otros gurises con las costillitas pegadas a la piel. Esos niños de piernas gordas, panza con rollitos, cachetes sonrosados, lo que comen es hambre. Es decir, comen, pero la realidad del drama es precisamente lo que no comen.
Como sus otros hermanos flacos casi esqueléticos, las consecuencias para su calidad de vida son casi las mismas. O tal vez más terminantes. Son candidatos seguros a la obesidad, a la diabetes, la hipertensión o a las enfermedades coronarias. Incluso, son portadores de un testimonio que les garantiza por lo menos diez años menos de su vida adulta. Porque el hambre también puede matar en diferido.
Una realidad que excede las fronteras
Sin lugar a dudas el hambre no sabe de fronteras territoriales. Cabalga sobre ellas impunemente. Y la situación que viven miles de niños uruguayos y que día a día aparece en los titulares de los diarios, como los recientes casos en el departamento de Artigas, por ejemplo, también afecta a nuestros dos grandes vecinos: Brasil y Argentina, al extremo que el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni) elevó un terminante informe sobre la situación en este último país expresando que «el perfil de la asistencia alimentaria no es el adecuado para la problemática nutricional que tiene la población. El tipo de menús que ofrecen los comedores comunitarios, en un 80 por ciento extremadamente precarios, no solo no garantizan impactos nutricionales sino que pueden estar contribuyendo a consolidar el retraso de crecimiento y el sobrepeso».
Agrega ese informe, publicado fragmentariamente por el Diario Clarín de Buenos Aires, que esta alimentación de emergencia «no cubre los requerimientos de hierro y calcio y en menor medida de zinc y vitamina A. Es lo que se denomina desnutrición oculta, que no sólo afecta al tamaño corporal, sino que provoca múltiples deficiencias biológicas».
Según un informe de Unicef, «la mitad de los menores de dos años en esta región tienen anemia por deficiencia de hierro. La anemia ferropénica es una máscara de la desnutrición, forma parte de la evidencia de la crisis y es una causa de muerte propia de países subdesarrollados. Distintos informes científicos determinan que la anemia es una enfermedad que por su complejidad perjudica a los niños de diversas formas, afectando notoriamente la actividad cerebral, su capacidad de aprender, su desarrollo motor y la coordinación, provocando además con el tiempo una serie de impactos sicológicos como ser irritabilidad, poca capacidad de concentración e inseguridad.
«Los mosqueteros de las cucharas»
La profunda crisis que afectó y afecta a nuestro país ha puesto en el tapete esta realidad de «los gorditos de la pobreza». Muchos niños comen, quizás no menos que lo que comían antes, pero comen mucho peor que antes. Esa desnutrición oculta preocupa y mucho a los responsables de la salud en nuestro país y a todos aquellos que de una forma u otra tienen en sus manos el tratamiento de este asunto. El noventa por ciento de los alimentos que reciben, ya sea en sus hogares, en comedores comunitarios o en merenderos populares, les exige solamente el uso de una cuchara, ya que hablamos de guisos, arroz, polentas, fideos etc, y muy circunstancialmente el tenedor y el cuchillo, ya que es muy poco también lo que tienen a su alcance para cortar en sus platos. De acuerdo a algunas estimaciones, todos estos serios problemas nutricionales que hoy afectan a un altísimo porcentaje de niños en nuestro país y principalmente la obesidad infantil provocada por una dieta escasa de nutrientes adecuados, será un tema determinante en no menos de 25 o 30 años, cuando esta generación de «mosqueteros de las cucharas» comiencen a sentir sobre su organismo las complicaciones provocadas por esta etapa de profunda crisis social y llegue el tiempo de los problemas cardíacos, de las diálisis y los by-pass.
Y ni hablemos de otra pérdida sustancial en lo que tiene que ver con la integración social, que es la que significa no compartir la mesa con sus padres, hermanos y abuelos en los almuerzos y las cenas, que en cierta forma es una manera indirecta de resquebrajar la unidad e identidad del núcleo familiar. Se suma entonces al problema de la desnutrición encubierta por una gordura insana, el desarraigo familiar y en cierta forma una sentencia de muerte prematura e implacable.
Un informe dado a conocer recientemente en uno de los tantos foros mundiales por la paz, indica que nada de esto pasaría si se invirtiera en la vida solamente la mitad del presupuesto que se dedica en todo el planeta a la muerte. Es decir, la mitad de los presupuestos bélicos puestos al servicio del combate contra la hambruna
y el desamparo social de la niñez en los cinco continentes. *
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