Epopeya
Yo vi jugar a Juan Alberto Schiaffino: lo juro. Después vi también a Pelé y a Maradona. Comprendí que cuando la velocidad de sus pies superaba la del pensamiento propio y ajeno produciendo una jugada genial, ellos NO SABIAN lo que estaban haciendo. Lo intuían, le brotaba espontáneamente, surgía de pronto desde muy adentro hasta muy afuera. Al fin de cuentas esa es la gracia de un buen bailarín y, por supuesto, la de esos genios: las niñas y los niños. Después, con la mala educación, los adultos «normales» vamos perdiendo esa cristalina transparencia.
Creo del mismo modo que cuando Cervantes escribía el Quijote de la Mancha, no era plenamente consciente de lo que estaba haciendo.
Hoy el pueblo uruguayo está escribiendo una página genial de su historia y, como la está protagonizando, no se da cabal cuenta de ello. Eso creo.
Hace unos días, América estaba con el alma en la boca aguardando, un domingo, los resultados del referéndum venezolano.
Ahora lo está pero esperando el resultado que el pueblo uruguayo produzca el 31 de octubre.
Faltan pocos días para que la vocación artiguista, por lo tanto liberadora y continental, de esta Banda Oriental vuelva por sus fueros ayudando poderosamente a modificar el panorama estratégico de la región. No sólo lo interno sino también lo internacional está en juego en estas horas. Todo eso.
La genialidad no es en este caso personal sino colectiva: una epopeya.
A la vida le pido en estas horas, y tal vez sea mucho, que me deje contestarle un día las preguntas a mi nieto. Tengo un nieto como el que tienen tantos abuelos hoy en Uruguay: un nieto-foto que por obra de blancos y de colorados, llega desde Australia, o desde Brooklin; desde Suecia o desde las afueras de Barcelona… Y también soy abuelo-foto. Nietos y abuelos fotos que van y vienen por Internet tratando de conocerse. Menos mal.
«¿Cómo fue que hicieron abuelo, en aquel lejano 31 de octubre del 2004, para ganar?» «¿Cómo fue posible la proeza?»
Decía Sartre (y si no era Sartre no importa) que afirmar por ejemplo: «esta tarde tres amigos tomamos un cafecito en el bar de la esquina» no tiene «relato» alguno. Hemos tomado a lo largo de la vida tantos cafecitos rutinarios que de ellos no guardamos memoria. El aserto trivial por tanto no tiene tensión dramática, no puede dar de sí una novela ni una tragedia, menos una epopeya.
Pero el filósofo, que además era novelista y dramaturgo, agregaba que si esa tarde tomándonos el cafecito rutinario nos llegaba la noticia del estallido de la Tercera Guerra Mundial, entonces jamás olvidaríamos la cucharita dando vueltas.
El bar de la esquina, los tres amigos y el acto de beber café, adquiriendo tensión, pueden dar lugar en ese caso al comienzo o al fin de una novela o de una epopeya: el cafecito tendrá entonces «relato» al decir de Sartre.
Hemos hecho a lo largo de esta vida muchas campañas electorales por elecciones y referendos. Ganadas y perdidas. Perdidas la mayoría. Hemos hecho miles de actos de todo tipo y la mayoría de ellos están sepultos bajo los movedizos médanos del olvido: sabemos que los hicimos pero ni los recordamos. No tuvieron «relato».
Y este maravilloso pueblo ha salido miles de veces con sus banderas al hombro, sus consignas y sus canciones.
Creo que esta vez intuye que habrá «relato». Lo está construyendo.
Y entonces para cada hijo de vecino y cada nieto habrá dentro de unos años un relato que conteste la pregunta.
–Para mí –dirá alguno– la cosa comenzó la tarde en que decidí votar a la izquierda.
–Para mí –dirá otro– fue el día en el que convencí a mi abuelo.
Como se trata de una epopeya habrá centenares de miles de relatos con el mismo fin.
El de mi nieto tal vez diga que para mí todo comenzó el miércoles 1 de setiembre cuando escribí una columna que LA REPUBLICA publicó el jueves y que decía… *
(*) Senador de la República.
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