El conde Zeppelin

En la guerra franco-prusiana participó un oficial de la nobleza alemana y de fina estampa, el conde Ferdinan Von Zeppelin. Entusiasta de los vuelos en globo, comenzó, sobre 1874 los trabajos para la construcción de una nave dirigible, que lo llevó a varios intentos y frustraciones, las que le originaron numerosas burlas y rechazos a su tarea.

Su primera máquina la concretó en una fábrica que existía en Manzell, en las riberas de Constanza, y la denominó LZ 1. Era un aparato rígido, con carcaza de aluminio, que medía 128 metros de largo y 11 de diámetro, y contenía 11 metros cúbicos de hidrógeno. Varios motores con gasolina le daban impulso, al accionar cuatro hélices metálicas de cuatro aspas. El primer ensayo de esta nave lo hizo en julio de 1900, siendo un éxito y alentándolo a la producción, en serie de dirigibles.

Ferdinand Von Zeppelin falleció en 1917, a la edad de 79 años, y su obra fue continuada por el ingeniero Hugo Enecker, quien se planteó como objetivo la construcción de verdaderos gigantes del aire. En la década de los años veinte construyó el «Graf Zeppelin», una nave de gran porte, con la que dio la vuelta al mundo a fines de ese decenio. A principios de los años treinta se estableció una línea regular entre Europa y EEUU y posteriormente otra entre Alemania y la ciudad de Recife, en vuelos que duraban alrededor de cuarenta horas. La atención a bordo era de primera calidad. Comida, bebidas, distracciones varias, y se podía gozar de estupendas vistas panorámicas. El precio, para volar en los «zeppelines», era elevado para la época (alrededor de cuatrocientos dólares). La familia Rockefeller era uno de los clientes habituales. *

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