El Estado cancela una deuda con "los" Artigas
l cumplirse 239 años del nacimiento de José Artigas, el Estado, a través de la Intendencia de Salto y del Ejército Nacional, viene de culminar obras de refacción en un remoto cementerio de campaña. Las obras podrán parecer menores, pero implican un reconocimiento oficial a una estirpe que los historiadores asumen cada vez con mayor fuerza, pero que en los libros aún permanece fuera de los textos de educación. Es que, oficialmente, aún persiste la concepción que la última descendiente de José Gervasio, murió en 1923. En la realidad, la sangre de Artigas aún corre por las venas de muchos uruguayos con los que compartimos nuestros días.
Del linaje artiguista
Los textos oficiales coinciden: el Jefe de los Orientales y su esposa Rafaella Villagrán tuvieron un hijo varón y dos mujeres. Dos generaciones después esta descendencia se agotó: en mayo de 1923, moría, en una indigencia que aún golpea la razón, María Josefa Artigas, única biznieta de don José Gervasio y doña Rafaela.
Los historiadores modernos reconocen ahora, con certidumbre, que el linaje del Prócer, tuvo otra rama que fructificó multiplicándose: la concebida en el campamento de Purificación. Aún cuando el General, abría combate en las dos márgenes del río Uruguay, una ciudadana paraguaya, Melchora Cuenca, le daría dos hijos. Así lo afirma entre otros el historiador Luis A. Thevenet, en su libro: «De la estirpe artiguista». Para el estudioso salteño, Artigas conoció a la mujer a comienzos de 1815. «Tras haberse retirado del asedio de la plaza de Montevideo, Artigas estuvo durante algunos meses en Santa Fe, al frente de un ejército.
Hizo incursiones por Entre Ríos y en 1815 vino a fundar en el Hervidero el pueblo de La Purificación donde reunió gran cantidad de familias, algunas de las cuales provenían del litoral argentino». En esos días el Prócer conoció a la mujer. «Melchora Cuenca era paraguaya, hija de españoles. Poseía relativa cultura, rostro atrayente y cierta esbeltez que conservó como fiel tributo de la raza guaranítica. Era también bastante jóven en aquella época», afirma el texto.
Entre 1818 y 1819, Artigas sufre duras derrotas militares. Capturan a Lavalleja, a Bernabé Rivera, e incluso a su propio hermano, Manuel Francisco. Ante el avance de las tropas luso-brasileñas, se decide disolver la incipiente villa de Purificación.
Los curas de Purificación, Fray Benito Lamas y Fray José Ignacio Otazú, intentarán acarrear documentos vitales de su misión: las partidas de bautismo, casamiento y muerte, sucedidas durante el escaso tiempo de vida que tuvo la villa. La tarea es imposible en medio de la descampada. Los libros de partidas se pierden, y todo dato filiatorio desaparece.
Allí, se pierden también las partidas de nacimiento y bautismo de quienes serán conocidos en más como Santiago Artigas y María Artigas. Poco después, Artigas emprenderá el viaje sin retorno a Paraguay.
En este punto, algunos historiadores cuestionan la tal paternidad, en tanto Artigas, se retira solo a tierras guaraníes.
Aunque es también cierto que en aquellas épocas un viaje como el efectuado, con niños pequeños, sin certidumbre alguna de ser recibido en el destino al que iba, la cercanía y salvajismo del enemigo, eran todas buenas razones para dejar atrás a los hijos. La documentación existente, muestra poco después a Melchora Cuenca, con sus hijos en Paysandú, donde Fructuoso Rivera, subordinado de Artigas en Las Piedras, les dará cobijo según consta en actas. Con Rivera, Santiago Artigas se iniciará en la carrera de las armas.
Hijo e´tigre
Santiago Artigas reconocido por su bravura en las más difíciles gestas, alcanzará el grado de coronel. En su apogeo se casará con una sanducera, Ana Vallejo. El acta matrimonial es clave para los defensores de su genealogía artiguista.
En esa partida -hoy en el Archivo Nacional- el Teniente Cura Juan Basco de la parroquia San Benito de Paysandú, aceptó casar «a don Santiago Artigas, natural de esta feligresía, hijo legítimo de don José Artigas y de doña Melchora Cuenca».
El documento deja constancia también de dos testigos que afirmaron conocer a los contrayentes y los parentescos por ellos acreditados. De este matrimonio nacerán tres hijos: Manuel (fallecido de días), Fidela y Manuela.
La segunda nieta del Héroe, Fidela, se casará con Donato Dalmao, multiplicando once veces aquella sangre: Florencio, Juana, José, Donato, Zacarías, Santiago, Feliciana, Timoteo, Manuela, Florencia y Avelino. De esta oncena, nacerán 84 tataranietos del Prócer.
La otra nieta del Padre de la Patria, Manuela, se casará con Leandro Leguizamón a quien dará quince hijos. Apellidos como Barragán, Dalmao, Aranguren, González, Moreno, Martìnez, Leites, Zabala, Grasso, Galeano, cruzaron con nuevos aportes la sangre de Artigas, que alcanza ya, en este nuevo milenio, su octava generación.
Camposanto en Artigas
A 120 quilómetros de Salto, en dirección opuesta al río Uruguay, rumbo a la frontera salteño-sanducera está el cementerio de Paso del Parque del Daymán.
El camposanto, delimitado por cuatro muros de piedra de unos veinte metros de largo por uno de alto, está recostado a una colina desde dónde la vista se pierde en el horizonte campero.
Decenas de cruces de hierro innominadas, hablan de entierros sin más datos.
También dos panteones, ruinosos por décadas, guardan, uno, los descendientes consanguíneos, el otro, a quienes se casaron con ellos.
Aunque desde siempre los parientes del Prócer acudían cada año en igual fecha para testimoniar su recuerdo, el cementerio llegó a un estado catastrófico. Tal así que algunos cajones desfondados, dejaban ver hasta un cuerpo momificado, momia, que había ganado incluso su leyenda. Dice que cuando el hijo de Artigas, Santiago, volvió a su casa tras haber sido dado por muerto en la Batalla de Entre Ríos, encontró a «su viuda» con otro hombre, de apellido Leguizamón. La leyenda afirma que, para evitar una tragedia, Santiago se fue a Entre Ríos de donde nunca más volvió.
A su muerte, Leguizamón fue ubicado en el panteón de los descendientes. Algunos años después, su cajón se desfondó dejando ver el cuerpo momificado, que alimentó la leyenda. «Castigo por apurao -decía el paisanaje- se apuró con la mujer del que no había muerto, y ahora la muerte demora en hacerlo polvo a él.»
Lo cierto es que hasta aquél estado había llegado el camposanto de los descendientes del Prócer. Décadas de ambiente terrorífico, más allá de que albergara a quienes fueron legado genético de Don José.
Después de incontables pedidos y esperas, varias familias descendientes del Prócer lograron finalmente que las autoridades accedieran a su requerimiento.
Así fue que desde la Intendencia de Salto, con apoyo de unidades militares departamentales se refaccionó recientemente el camposanto.
Los arreglos, dieron dignidad al cementerio de estos descendientes del Padre de la Patria, los que hicieron llegar hasta nuestros días la genética y estirpe de Don José. *
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