¡Cómo se irritan!
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¡Cómo se enojaron! ¡Cuánta indignación! ¡Cuánto odio destilaron! «No se metan con nuestros próceres», parecían clamar en el colmo de su histeria, «que nosotros los tenemos bien guardados, bien archivados y protegidos, sólo visibles sus adustos rostros en los retratos que ornan las paredes de nuestros locales partidarios; que para eso sirven los referentes históricos, para idolatrarlos, y no para andar recordando sus actos, sus dichos y su pensamiento…».
Piensan los políticos tradicionales que estos íconos pertenecen al pasado, a la historia, y no es conveniente confrontarlos con los dirigentes actuales que se dicen sus herederos y pretenden convertirse en supremos sacerdotes, únicos autorizados a interpretar el verbo divino. Porque, claro, si nos ponemos a comparar a don Pepe Batlle, por ejemplo, con su sobrino nieto, o a Lorenzo Carnelli con el líder de algún sector del Nacionalismo, nos daremos cuenta de la distancia abismal que los separa; y uno comprende que eso incomode e incluso irrite a quienes se pretenden los seguidores de aquellos prohombres, y se explica que traten de ocultar cuidadosamente todo aquello que pueda confirmar ese distanciamiento.
Por eso, como buenos encargados del culto, decretan a su antojo qué debe recordarse y qué soslayarse de la trayectoria, la obra y las ideas de los ilustres forjadores del país. Así, los prototipos se han convertido en estereotipos, en cáscaras vacías de contenido, en moldes huecos, en íconos desprovistos de sentido. Así, la significación de don Pepe Batlle se ha visto reducida a la clásica foto del sobretodo, y a gatas si se lo recuerda como impulsor del colegiado. Punto. Todo su pensamiento económico y social, en el que destaca el papel principalísimo de las empresas públicas, ha sido puntillosamente sepultado bajo una gruesa capa de silencio. Entonces, que vengan unos tipos a rescatar del olvido esas facetas tan inconvenientes para los intereses de las clases conservadoras es algo intolerable.
Del mismo modo, Wilson Ferreira queda limitado a un tipo que desembarca en el puerto y saluda haciendo la «v» con ambas manos; y lo que se resalta es su llamamiento al final de su vida a la unidad partidaria. Pero qué curioso, ¿no?, fíjese que nada dicen del Wilson ministro, de la Cide, de su proyecto de reforma agraria que colorados y blancos se negaron a aprobar, de sus memorables interpelaciones a los ministros pachequistas, del programa «Nuestro compromiso con usted», de su militancia antidictatorial en el exterior, de la Convergencia Democrática… De ese Wilson, es mejor no acordarse; «mejor es no meneallo».
Y ya que estamos con los blancos, comprendo que a muchos dirigentes actuales de esa colectividad les produzca un profundo malestar que alguien les recuerde que Lorenzo Carnelli fue abogado defensor de ácratas expropiadores. Como homenaje al fundador del Radicalismo Blanco, allá por los años treinta del siglo pasado, alcanza con el que le tributa el nomenclátor montevideano, ¿verdad? ¿Para qué andar hurgando en la incómoda memoria? Debe de resultar particularmente irritante para ciertos líderes nacionalistas de hoy que nada menos que Miguel Arcángel Rosigno y su banda (sí, los del asalto al Cambio Messina que después se fugaron por la Carbonería El Buen Trato) hayan contado con la defensa profesional del doctor Carnelli, que no ocultaba sus simpatías por el anarquismo.
Y si pensamos en don Luis Batlle Berres, padre del actual presidente, impulsor del neobatllismo estatista y proteccionista de los años cincuenta, fácil es adivinar por qué hoy en plena fiebre «modernizadora», privatizadora y desestatizadora ningún colorado lo recuerda.
Y así podríamos seguir, pero no vale la pena; se trata de omisiones y olvidos explicables. Lo que no resulta admisible es pretender que nosotros tampoco los recordemos. Como si esos personajes históricos fueran patrimonio exclusivo de sus partidos y se hubieran convertido en tabúes. «Nosotros recordamos lo que queremos», parecen decirnos, «y nadie tiene derecho a referirse a ellos pues lo consideramos una falta de respeto».
A mí no me molestaría que en sus spots televisivos blancos y colorados usaran imágenes de Erro, de Arismendi o de Zelmar. Claro que comprendo que no lo hagan: no es porque lo consideren una falta de respeto sino porque la trayectoria y los ideales de estos últimos de muy poco servirían a sus intereses; es altamente improbable que los actuales dirigentes tradicionales puedan hallar en ellos algún motivo de inspiración.
¿Se imagina un aviso de Magurno utilizando la imagen de Quijano? Yo no; pero nunca se sabe. *
(*) Periodista
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