No es tan grave: perdió un ojo pero tiene otro

Hace ya unos cuantos años yo trabajaba en un estudio contable. Era una especie de mandadero, «el che pibe» de la oficina donde se llevaban las cuentas de más de 300 empresas. Una de esas empresas se dedicaba a fabricar zapatos de dama y una tarde uno de los operarios sufrió un accidente que lo llevó a perder una de sus vistas.

Una vez hecha la denuncia correspondiente, una inspección del Banco de Seguros del Estado (BSE) se hizo presente en la planta y allí pudo constatar que no se cumplían una serie de normas de seguridad laboral, las que de haberse acatado podrían haber evitado el lamentable accidente.

Me tocó llevar a las oficinas de la fábrica la comunicación de las sanciones que el BSE le impuso a la empresa por la falta en la que estaba incurriendo y en ese momento escuché a uno de los dueños decir con voz fuerte y muy enojado: «Pero, qué tanto problema si al fin de cuentas sólo perdió un ojo y tiene otro».

La frase de este hombre me quedó grabada en la memoria y ahora, ayer, nuevamente afloró en mí cuando escuché las reflexiones del presidente del Iname Fernando Repetto y del presidente de la Suprema Corte de Justicia Leslie Van Rompaey a raíz de las denuncias sobre violaciones a los Derechos Humanos en la Colonia Berro presentadas ante la Justicia por tres Organizaciones no Gubernamentales.

El escrito presentado en marzo de este año describe las condiciones en las que son alojados los menores infractores en el Colonia Berro y el tratamiento que allí reciben.

En el documento se señala la existencia de prácticas de tortura, consumo de drogas y deplorables condiciones sanitarias.

Las respuestas tanto de Repetto como de Van Rompaey, al tiempo que reconocieron la existencia del documento, fueron de lo más evasivas y llenas de eufemismos: «Denuncias concretas sobre torturas efectivamente no existieron. Sí, de los muchos informes de diversas organizaciones, surgiría la existencia de malos tratos, personalizados en algún funcionario, pero no como práctica sistemática», dijo el presidente de la Suprema Corte, Van Rompaey.

Quizás sea por imperio de lo ocurrido en los años de plomo que los uruguayos no nos damos realmente cuenta de lo que significa torturar. Si a una persona la tienen a oscuras en una celda 23 horas por día; si son desnudados sin ningún motivo; si están durmiendo y les sacan los colchones en medio de la noche y a los gritos; si a un adolescente se lo incita a pelear durante cinco minutos con otro; si se fomenta el consumo de drogas; si se los hacina, parecería que nada de esto es tortura. Parecería que tortura es sólo aquello que implica la picana eléctrica, un submarino en agua maloliente o un cable pelado enchufado a 220 voltios en los testículos.

No. Tortura es todo tipo de vejamen que atente contra el individuo, es aquello que intenta hacerlo sentir en las peores condiciones síquicas y no solo físicas, y eso es lo que deben afrontar los adolescentes que caen en la Colonia Berro, según la denuncia de los propios internos y que fueron recogidas por estas ONG.

Pero quizás el colmo del eufemismo fueron los dichos de Van Rompaey quien para justificar que en la Colonia Berro no se tortura recordó una reciente visita a esa dependencia del Instituto Nacional del Menor: «Estuve la semana pasada recorriendo los hogares y las instalaciones de la Colonia Berro y realmente no puede apreciar -ni por asomo- que existiera este tipo de tratamiento. Por el contrario, comprobé que cuando se dispone de recursos y de funcionarios vocacionales, los resultados son plausibles, son muy buenos.»

Parece de Perogrullo, pero está claro que ni durante la visita del presidente de la Suprema Corte ni de cualquier otra autoridad se va a torturar a los menores. Los dichos de Van Rompaey eximen de cualquier otra apreciación sobre el tema.

¿Es que hay que esperar otro documental como «Aparte», el filme de Mario Handler, para darse cuenta de una realidad de la marginación por la que transita una parte de la juventud uruguaya, que debe desarrollarse en condiciones deplorables y poco favorables, que se está matando con el consumo de la pasta base? ¿Será posible que la sociedad uruguaya, su dirigencia, actúe de la misma manera que la norteamericana que necesitó de fotos de las torturas que se le aplicaban a los presos iraquíes para horrorizarse?

Una sociedad en la que sus dirigentes no cuidan a los niños está perdida. Una sociedad en la que no se atacan las causas porfundas de la marginación y la pobreza está perdida.

¿Es hoy más importante dedicarse por horas a tratar de desmentir una denuncia o a minimizarla que reconocer los hechos y convocar a la propia sociedad a revertirlos?

¿Será posible que nuestros dirigentes políticos, judiciales, nuestros gobernantes, no se sensibilicen por estos aberrantes hechos y piensen, quizás, como el empresario del calzado que la cosa no es tan grave porque tan sólo se perdió un ojo y una persona tiene dos? *

(*) Secretario de Redacción  – [email protected]

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