Escrito por: JULIO GUILLOT (*)

Once goles en contra y uno a favor; cero punto obtenido en nueve disputados; tres partidos jugados, cero ganados, cero empatados, tres perdidos.
Tal el balance de las tres últimas presentaciones de la escuadra celeste, con la agravante de que dos de los tres partidos fueron jugados en el Centenario, el monumento al fútbol inaugurado hace setenta y cuatro años, cuando se jugó el primer Mundial y el seleccionado uruguayo de entonces logró el tÃtulo.
Mi memoria –bastante buena, por cierto– no registra hechos futbolÃsticos como estos que hoy nos abruman: nunca habÃa habido tres resultados seguidos tan catastróficos para el balompié uruguayo; y, además, contra paÃses como Venezuela, Perú y Colombia, que no se destacan precisamente por ostentar antecedentes gloriosos como sà le ocurre al Uruguay.
Sin embargo, recuerdo que después del milagro de Maracaná del 50 y del destacado papel del combinado en Berna en el 54 (muchos dicen que fue el mejor equipo uruguayo de todos los tiempos, superior incluso al del 50), Uruguay no logró la clasificación para el Mundial de Suecia del 58, entre otras cosas, porque perdió cinco a cero con Paraguay en las eliminatorias.
Vinieron luego actuaciones olvidables en Chile y Londres y un meritorio cuarto puesto en México. A partir de entonces, la mediocridad caracterizó a nuestra selección en las justas mundialistas. Después del papelón en Alemania nos quedamos afuera en Argentina y en España, para volver en México bajo la batuta patética del profesor Borrás; en Italia no nos fue mejor y otra vez la balconeamos en EEUU y en Francia, hasta el pobre desempeño del último Mundial.
De no ser por algunas performances destacables en un par de Copas América, el balance serÃa francamente deplorable.
Me acuerdo de las eliminatorias para el Mundial de España 82, cuando Perú precisamente nos ganó 2 a 1 en el Centenario. VenÃamos ebrios de gloria después del Mundialito organizado por la dictadura y llegamos a creernos que éramos los mejores, imbuidos de ese pernicioso maracanismo que tanto daño nos ha hecho.
Reconozcamos de una buena vez que no somos los mejores, que nuestros jugadores ya no son aquellos “esfórzados atletas” que maravillaban a los europeos y que dejaron mudos y sin asunto a doscientos mil brasileños en julio de 1950; por ahora no volverán a sonar los “clarines que dieron sus dianas en Colombes”. No confundamos más garra con juego sucio ni humildad con falta de confianza; y no esperemos milagros de equipos de supuestas estrellas internacionales rejuntadas de apuro para ponerse a las órdenes de entrenadores ineptos, caprichosos o soberbios.
Todos seguiremos asistiendo a espectáculos deportivos o mirando partidos por televisión, y no dejaremos de hinchar por la celeste y ansiar nuevos logros. Pero démonos un baño de auténtica humildad y ubiquémonos en la realidad para no sufrir nuevas y catastróficas decepciones.
Pensemos –y regocijémonos– en los éxitos obtenidos por el cine nacional; he ahà un legÃtimo motivo de orgullo inimaginable hace algunos años. Recordemos que el cine no cuenta con un organismo rector equivalente a la AUF, ni con el apoyo de multinacionales, ni menos con asistencia estatal; y sin embargo, con humildad pero con ganas, creatividad, inteligencia, sensibilidad e imaginación, las modestas producciones cinematográficas nacionales obtienen premios en festivales internacionales.
Y en definitiva, no hay mérito para bajonearse o sentirse humillado por los resultados futbolÃsticos cuando hay otras cosas bastante más graves que ocurren en el Uruguay de hoy; no son cosas que nos humillen del mismo modo que una goleada de cinco a cero, pero sà nos indignan y nos sublevan. Como el lector sin duda sospecha, me refiero al aumento de la pobreza, al desempleo, a la caÃda del salario, a los niños desnutridos, y tantas calamidades que conforman la triste realidad que vivimos y contra la cual es preciso rebelarse con mayor vigor aun que contra la pésima conducción del fútbol.
Empecemos por denunciar esa realidad una y otra vez –aun a riesgo de resultar reiterativos– para evitar que algún anuncio oficial más o menos mentiroso y pretendidamente optimista la destierre de la frágil memoria de la opinión pública. Y, del mismo modo que responsabilizamos del lastimoso desempaño de la selección a la AUF, a Carrasco, a Fossati o a las estrellas repatriadas, señalemos a los responsables de esta otra catástrofe. Porque más allá de la aftosa, de la devaluación brasileña o del crac argentino (que el oficialismo de forma recurrente presenta como únicas causas de la crisis), están las verdaderas causas de nuestro deterioro, es decir la negligencia de los gobernantes, su incapacidad y –sobre todo– una forma irresponsable y criminal de conducir el paÃs mirando sólo la posibilidad de obtener para sà y para una pequeña rosca beneficios espurios. Lo peor es que son ellos los que se rasgan las vestiduras y se alarman; los mismos que nos condujeron al abismo ahora nos piden el voto haciéndonos creer que serán capaces de sacarnos del pozo.
Por eso, como dice mi amigo Legnani, la mejor conmemoración de los 31 años del golpe será llenar las urnas de votos progresistas el próximo 27.
Es la forma de empezar a cambiar. *
(*) Periodista
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