El respeto por las diferencias
La sexualidad, la muerte, la reproducción son aspectos de la vida humana que nos tocan y nos vuelven a todos vulnerables. Lo que conmueve a cada uno en su sensibilidad y le pone límites a su racionalidad es totalmente particular. Por eso en gran parte del debate sobre la Ley de Defensa de la Salud Reproductiva las argumentaciones han sido de muy diferentes órdenes y se han mezclado argumentos éticos, con los legales, con los ideológicos, con los sanitarios, con los económicos.
Basta ,por ejemplo, leer en el artículo Se trata de la vida del senador Fernández Huidobro la sensibilidad que despertó en él el tono del debate público del proyecto. Fernández Huidobro escribe que se sintió afectado por el «clima de terror» generado por las consignas utilizadas, lo que tal vez ayudó a que no pudiera captar lo central del debate.
Cuando está en juego la sexualidad los humanos suelen mostrarse bastante menos racionales de lo que creen ser. Y menos aun cuando a la sexualidad se le suman la reproducción y la muerte. De ahí esas formas de argumentación con imágenes horrendas que asquean a todos y pretenden decir la última palabra que nunca llega. Imágenes que hieren y afectan aun a los más insensibles.
Corrámonos por un instante de la discusión sobre el proyecto de ley, para mostrar las dificultades que tienen los humanos con la sexualidad y la reproducción como una de las posibles consecuencias de ella.
Lo que relataré son anécdotas contadas por mujeres, en diferentes conversaciones sociales.
Una señora refería que, cuando fue a parir su primer hijo en el hospital, hace 30 años, lloraba y pedía que abrieran la ventana de la sala de partos. Finalmente una enfermera le preguntó por qué pedía eso, y su respuesta fue «para que entre la cigüeña». Su sorpresa, ahora, tenía que ver con cómo ella podía desconocer a tal punto el funcionamiento de su cuerpo y de la reproducción.
Otro día, otra mujer, universitaria, madre de dos hijos, comenta que aún no sabía en qué momento una mujer era fértil y por lo tanto en qué momento podía quedar ella embarazada. Mientras estuvo casada no tuvo problemas porque tomaba píldoras anticonceptivas, pero luego se había separado y no sabía cómo cuidarse de un embarazo en relaciones ocasionales. Ese era su temor.
Una joven de veinte años contaba, con mucha gracia, que ella había asistido a muchas clases de educación sexual y que siempre era la mejor alumna, pasaba al frente y repetía todas las informaciones. Eso sí, nunca entendió nada. Su pregunta era de qué trata la sexualidad y de qué la reproducción. Su angustia frente a la sexualidad le impidió en su niñez entender los cursos de educación sexual. En la adolescencia, esa angustia la inhibió en su sexualidad, y la excusa que utilizaba para sí y su pareja era el temor al embarazo.
El humor, la comicidad que produjeron esas anécdotas no lograban ocultar la angustia. Y que en el ser humano, la sexualidad es mucho más compleja que un instinto natural como el de los animales.
La razón encuentra sus límites en la sexualidad y si bien la educación puede ayudar a una mujer a distinguir sexualidad y reproducción no es el único elemento que interviene para manejarse con ambas.
No es menos enredada la sexualidad para los hombres, pero una diferencia fundamental es que en su cuerpo no se produce el embarazo, ni sus consecuencias, por lo que las situaciones ni los derechos son equiparables.
Los enredos respecto a las sexualidad que muchas veces terminan en embarazos y éstos en interrupciones no habrá ley que los solucione.
Simplemente y no banalmente, se trata de no complicar, ni de agregar sufrimientos y riesgos a la vida de miles de mujeres y de los hombres que las acompañan en la decisión de interrumpir un embarazo. Se trata también de proteger la vida del feto informando de alternativas posibles a la interrupción del embarazo, pero no se obliga a nadie a acciones ilegales si se opta por la interrupción. Tampoco este proyecto sugiere, ni facilita, ni menos obliga a nadie a realizar un aborto si no está cabalmente decidido y habilitado legalmente.
El proyecto de Ley de Defensa de la Salud Reproductiva busca como primer objetivo proteger la calidad de vida y la vida de la mujer embarazada, del feto y de la familia (si la hubiere) no sólo con argumentaciones sino también y fundamentalmente con acciones eficaces como las que propone.
Lo que busca es fomentar la salud reproductiva a través de políticas sociales y educativas, destinando presupuesto del MSP para lograr esos objetivos. Así como la coordinación con otros organismos del Estado y privados (Cap. I, artículos 1, 2 ,3 y 4). En ningún artículo está planteada la generalización del aborto ni busca favorecerlo. Ni menos obliga a nadie a abortar, ni a los profesionales capacitados a realizarlo (Art. 12 sobre las objeciones de conciencia de los profesionales).
Sí basándose en la experiencia de funcionamiento de la ley que penaliza el aborto, por la cantidad de mujeres mutiladas o muertas en estos 66 años en nuestro país (y teniendo en cuenta la experiencia de otros cuya despenalización no aumentó el número de ellos), propone su despenalización (Capítulo 4º, arts. 15, 16 y 17).
Por lo tanto las «razones» religiosas, los principios morales esgrimidos pretenden imponer su versión del mundo a quienes no la comparten. Y los condena, literalmente, a penas de prisión y hasta a arriesgar su vida. Mientras que con la ley propuesta nadie les obliga a adherir en su conducta a otras posturas diferentes a las propias.
Ese tipo de argumentos son una expresión de totalitarismo que en su arrogancia disfrazada de principios e ideales, argumentos refinados si los hay, castiga lo que les resulta intolerable, las diferencias y la heterogeneidad que implica toda democracia. *
(*) Psicóloga.
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