Morcillez típica de políticos

¿De dónde sale lo que uno dice, escribe o piensa? Sale del acervo personal de palabras, expresiones, giros y conceptos que se ha ido acopiando a lo largo de cada vida. En el momento de hablar parece simultáneo, pero en realidad hay un ínfimo entremedio final en que el locutor escoge las palabras que saldrán de su boca un instante después. El resultado final depende, además, del contexto. Pronuncio «mi amiga», por ejemplo. ¿Qué tiene de malo? Nada. Pero la mujer a quien estoy presentando esperaba que dijera «mi novia» o «mi compañera», precisamente las otras dos opciones que aparté en el camino del cerebro a la lengua. Resultado, un disgusto de la susodicha, que «sabe»  da por sentado, adivina  que mi elección no fue inocente; que dije y descarté lo que quise, deliberadamente, en desmedro suyo.

A veces sucede lo contrario: uno dice cosas que no quiso decir. Las palabras «lo traicionan», ya sea porque no reflejan la verdad de lo que uno piensa, o porque cae en la cuenta que debió callarlas. Sucede por calentura, o por pasión, o por apuro. «Me encanta», dicho al vendedor del auto usado, puede costarle un diez por ciento más al comprador. «Imbécil», soltado al hijo que volcó el café con leche en el desayuno, puede prolongarse en úlcera de culpa toda una semana. Además está la oportunidad, que es medio pariente de la ocasión. Inoportuno puede ser declarársele en el velorio a la viuda, mientras que gritarle «juez puto» a un señor vestido de negro sólo podría entenderse en ocasión de un partido de fútbol.

Existe una relación orgánica entre lo que una persona común piensa, por un lado, y lo que dice y calla por el otro. Se dice que una persona es franca cuando expresa en voz alta fielmente lo que su cabeza encierra, más allá del cómo y el cuándo. En el polo opuesto no está el mentiroso, que juega en otra categoría, sino el hipócrita: aquel cuyas expresiones difieren de su pensamiento auténtico o lo contradicen, más allá de la forma. El hipócrita, por ejemplo, condena verbalmente una tesitura que en su fuero íntimo aprueba, o viceversa. Tanto la hipocresía como su antónimo, la franqueza, hacen a la correspondencia de contenidos entre lo que se piensa y lo que se dice. Aparte, y además, está «la forma» de hablar.

De quien no tiene escrúpulos para elegir las palabras que reflejen su pensamiento  así como le vienen a la cabeza, crudas  se dice que es «atrevido», «frontal», que «no tiene pelos en la lengua», mientras que la habilidad para acomodar  disfrazar, revestir, disimular  las ideas, en el pasaje a la exposición verbal, es conocida como «diplomacia» o «forma política» de decir. Sin embargo, por más urbanidad y elegancia que se pretenda, donde un locutor político diga que fulano es «adicto a la apropiación indebida de bienes ajenos» lo estará acusando de ladrón, como diría el peatón de lengua pelada.

Si Mujica no hablara como habla no sería Mujica. Lo mismo puede decirse de Sanguinetti, cuyos conceptos, expresados con refinada construcción lingual, producen ataques de náusea a muchísima gente, y embeleso a algunos. Igual que Batlle, que si no fuera capaz de soltar que «todos los argentinos son una manga de ladrones» no sería el Jorge Batlle que conocemos (Mujica hubiera dicho «chorros»), inscribiendo la mayor grosería (im)política de los anales modernos.

La modalidad del discurso político tradicional uruguayo es bien conocida. La novedad es Mujica. Gusta a muchos, molesta a otros, ya se sabe cuántos, ya se sabe quiénes. Con todo lo asombroso que pueda resultar su modo de hablar, la mayor «sorpresa» debería apuntarse a lo que tiene para decir, a lo que aprendió, a lo que sabe, a la erudición que terminó acumulando en estos años de «político», que uno lo ve y lo escucha hablando de temas farragosos del tapete nacional o internacional y no lo puede creer. Más allá de «la figura» (abuelo, paisano, guerrero jubilado, informal) y la rusticidad verbal «escandalosa», lo viejo trajo lo sabio, de cualquier vereda que se lo mire.

Mujica, que tanto ha cinchado para conquistar a los rurales, habrá hervido cuando sintió las declaraciones del comedido economista Viera. Se lo querría «comer crudo», «tirarle a matar». Decir «Viera es un chorizo», por ejemplo. Sin embargo, en el tránsito casi instantáneo entre el cerebro y la lengua, acertó a soltar que era «una chorizez típica de los economistas», que no es lo mismo. A lo Spillman, al final le tiró a las piernas. Y después le pidió disculpas.

Los políticos de la vieja moda, en zafarrancho electoral, salieron todos a hacer acopio. Cualquier sangre les viene bien, aunque sea ajena, para la morcilla típica. *

 

(*) Periodista

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