"EL DESEO", HEREDERA DE "RESISTIRE", VERSUS "LOS ROLDAN", QUE VAN POR MONTECARLO TV CANAL 4

El erotismo y el glamour de Natalia

El punto culminante de la ficción costumbrista se llama Los Roldán. Imposible imaginar más rating y mayor impacto populachero para un producto enormemente eficaz y astuto, el heredero auténtico de Gasoleros y Campeones. Los Roldán es una aplanadora, un segmento en horario central que logra masificar a la audiencia frente a la pantalla chica y que después, inmediatamente después, posee la bienvenida miniserie de Uruguayos campeones de Adrián Caetano.

En ese poblado llamado El deseo, el amor de Uriarte (Goity) por Laisa (Florencia de la Vega)  que no se resuelve ni se disuelve  pasaría como un episodio más en la enrarecida sexualidad de El deseo, donde el primer acoso que sufre Natalia Oreiro apenas empezada la tira es por parte de un gay con arrojo bisexual, muy fuerte. Lo que amenaza ser el gran escándalo en el universo de Los Roldán es refinada transgresión con Nati Oreiro.

Lo que es una estética picaresca, abre puertas al mundo del erotismo, y lo que es desopilante se pasa a tomar bastante más en serio. Y esto parece ser así, porque mientras Los Roldán se ha asentado decididamente como una comedia de costumbres sobre las diferencias, El deseo parece apuntar hacia una telenovela de asunto clásico, pero donde las diferencias  sexuales, sociales, estéticas  han sido naturalizadas y aceptadas como un fenómeno natural de época.

La notable decisión de multiplicar por tres (Daniel Kuzniecka, Claudio Quinteros y el actor uruguayo Mauricio Navarro) a los galanes de Natalia Oreiro apunta en el mismo sentido: aires de transgresión y libertad sexual. El deseo busca denodadamente posicionarse como la telenovela de estos tiempos del vale todo.

¿De qué trata? Esta semana, la tira planteó dos frentes. En Buenos Aires  una ciudad filmada de forma espectacular y con una estética cercana al comic apocalíptico, muy cargada , Carmen (Natalia Oreiro) es una artista de varieté a la que las cosas no le van bien. Más allá de que no es muy verosímil que a alguien con esa cara y ese cuerpo las cosas no le vayan al menos un poco mejor, lo que pronto se entiende es que ella tiene que abandonar la ciudad y llegar al pueblo para que la telenovela arranque al ciento por ciento, algo que ya sucedió.

El otro frente, superpoblado, se llama El deseo, una localidad que no figura en los mapas (aunque tenga ómnibus directo desde Buenos Aires, etcétera) y que manifiesta un desmarque de usos y costumbres. Ahí la gente es distinta a todo. No son terribles como los vecinos de los Roldán, no son comunes y corrientes, ni siquiera buena gente como la familia de Pablo Echarri en los comienzos de Resistiré.

¿Pueblo chico infierno grande? Todo parece apuntar en esa dirección bajo la idea central de que en el núcleo duro de la telenovela hay uno o varios secretos del pasado, y que aquello que fue reprimido retornará con más fuerza. El catalizador, ya se ve, es la irrupción de Carmen y sus relaciones con los tres seductores.

Hay allí unas aguas termales, un spa y un pantano, tres posibles alusiones a lo sano, lo corrupto y lo oscuro, algo previsibles. Mientras tanto, Natalia Oreiro asoma ganadora y a la vez figura iconográfica de la independencia femenina al ritmo de a quién le importa lo que yo haga, altiva y orgullosa en el pueblo donde el deseo va a concretarse más de lo que uno espera.

Por otra parte las actuaciones de Soledad Silveyra en su esperado retorno a la ficción, la formidable e infatigable Susana Campos, la solvencia de Alicia Bruzzo, de Daniel Fanego y Luis Luque, entre otros, fueron apuntalando un producto que se presenta compacto, quizás algo frío pero directo, sin vacilaciones.

Lejos de desentenderse de Resistiré (un cameo de Celeste Cid y un cierre con el tema «I Will Survive» cantado por Andrés Calamaro así lo hicieron notar) da la impresión de que el camino es similar, pero con algunas variaciones seguramente fruto de la experiencia.

Por decirlo así, es como que amputaron de entrada los restos barriales de Resistiré, que a la telenovela de Echarri-Cid le terminaban jugando en contra una vez que habían logrado instalar el núcleo de suspenso e intriga en la recordada casa de al lado. Por eso desde el arranque, El deseo es un pueblo con códigos muy personales y en donde la verosimilitud sui generis fue instalada con mucha autoridad por los guionistas.

El regodeo visual ha sido acotado; ya la bala no tarda un siglo en salir del revólver y llegar a su destino, pero a cambio, la filmación tanto de exteriores como de interiores es realmente muy superior al promedio de lo que suele verse en formato televisivo.

Hay que decirlo: si el espectador no está totalmente atento y absorto en lo que está pasando  como en una película de suspenso  probablemente se pierda en las subtramas. Pero es lógico que esto se vaya ajustando y el espectador también se acostumbre a los códigos que plantea El deseo.

¿Será El deseo una telenovela para los que no ven telenovelas? Puede ser, sí. Si se recuerda, dicha etiqueta fue creada al calor de Resistiré, calificada en su momento como telenovela fashion, muy lejos del culebrón, y si bien esa idea de telenovela-antitelenovela terminó en parte cuestionada por la propia realidad (el híper éxito de los capítulos finales, por ejemplo), en el caso de El deseo es bastante clara la vocación de tira más clásica en sus tópicos (ya se dijo: una telenovela sobre el secreto y lo reprimido) aunque avanzando en la estética bizarra y fashion del siglo XXI.

Un producto que de la atracción que ejerce Natalia Oreiro y la excelente factura, tiene un potencial público en mercados del exterior. A El deseo, esa discusión sobre lo popular versus lo elitista, en televisión ya le queda apretadísima al cuerpo. *

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