El aborto inevitable
Cualquiera sea la opinión personal de cada uno, cualquiera su posición religiosa, política, moral o filosófica, así tenga más o menos información o cultura, tales o cuales preferencias, hombre o mujer de cualquier condición social, tarde o temprano tendrá que aprobar o consentir la supresión del embarazo por decisión de la mujer, con impunidad legal y derecho a la atención médica.
Quienes se oponen a dicha conclusión pueden tener razones válidas. Pero todas las razones, argumentos y consideraciones sucumben ante la fuerza mayor de «la condición irremediable».
Puede ser cierto que la vida es sagrada, el máximo valor a proteger por parte del ser humano en cualquier sociedad, y que el feto es una vida que merece amparo desde el momento de la concepción. Pero «la condición irremediable» impedirá que esta razón prevalezca.
No importa la cantidad de abortos que se produzcan en Uruguay o en cualquier parte del mundo, con o sin libertad para abortar. No importa la condición social de la mujer. No importa si el precio del aborto clandestino está al alcance solamente de las clases ricas. No importan las condiciones de insalubridad en que se realizan muchos abortos en los países en que las leyes lo prohíben. «La condición irremediable» no toma en cuenta ninguno de estos datos.
No importa la cantidad de mujeres que mueran o puedan morir en el trance de abortos precarios. De nada valen los argumentos demográficos, ni los informes de las Organizaciones Internacionales de la Salud, ni la opinión de las asociaciones médicas, las posiciones de las oenegés o las recomendaciones de cualquier autoridad calificada. «La condición irremediable» impondrá la liberalización del aborto.
No importa si el sistema es socialista, capitalista o imperialista. No importa si el negocio del aborto mueve tantos millones de dólares. No importa lo que piensen y digan los senadores y diputados del Parlamento uruguayo, por más buenas intenciones y votos legítimos que los asistan. No importan las diferencias sociales, ni las diferencias de género, ni los argumentos presupuestales, demográficos o morales que puedan esgrimirse en contra de autorizar el aborto. No cuenta la opinión de la Iglesia Católica, ni de los líderes políticos. «La condición irremediable» les pasará por encima.
No importa si las sanciones por practicar abortos ilegales llegan hasta la pena de muerte. No importa si los médicos son (también) seres humanos. No importa si hay dinero de sobra para asistir económicamente a las mujeres embarazadas de escasos recursos. No importa si la familia es un bien supremo a tutelar. No importa si el aborto es asesinato o no. No importa cuánto esfuerzo se destine a la educación sexual de los jóvenes y al fomento de la maternidad y la paternidad responsables. No importa si la decisión al respecto la toma el Parlamento o por consulta a todos los ciudadanos. No importa si el tema debería ser resuelto sólo por las mujeres, no importan las diferencias de género, ni la mayor o menor jerarquía de la mujer en la sociedad.
Por más vueltas que le demos, «la condición irremediable» decidirá la autorización legal del aborto.
No tiene importancia si es apropiado discutir el tema en un año electoral. No importa discutir el tema ni en año electoral ni en ningún otro. No importa si el embrión es fruto de una violación, del placer o del amor. No importan las dudas del Ãato, ni el veto de Jorge Batlle. No importa la posición de las feministas, ni de los sindicatos, ni del verdulero de la esquina.
No importa si «hacen falta niños para amanecer», ni si alcanza la comida o si los condones se reparten gratis. No importa la edad de la mujer embarazada. No importa en qué momento del embarazo comienza la vida. No importa si el derecho al aborto expande la libertad o la corrompe. No importa si los humanos somos seres a imagen y semejanza de Dios o una casualidad del Universo. Sea como sea, nada puede impedir que «la condición irremediable» termine habilitando la licencia de abortar.
No importa lo que digan las leyes ni los mandamientos. No importa lo que termine votando el Senado en Uruguay, ni las experiencias de otros países en la materia. No importa si la mujer está «bien» o si está loca, ni importa quién es el padre de la criatura. No importan los sentimientos de cada quien, que le predisponen a favor o en contra del aborto, a favor o en contra de la despenalización. No importan las mayorías. Ni las estadísticas. Ni si la sociedad es machista. Ni si la madre sufre o se trauma al pasar por un aborto.
En fin: ninguna opinión, ninguna situación, ningún conocimiento científico, ningún castigo, ninguna consideración del tipo que fuera podrá jamás obligar a María cualquier mujer a parir al hijo que no quiere. A pesar de cualquier ley o argumento, si María, por la razón que sea (disparatada, lúcida, infundada, propia o inducida, loable o ruin, solvente o frívola, genuina o vana) no quiere que prospere y nazca «eso» que tiene el vientre, nada ni nadie podrá impedirle que «se lo saque». No importa quiénes estemos «de acuerdo» o «en contra» por la razón que sea. Ella lo hará, y tendremos que aceptar que no vaya a la cárcel y que reciba atención médica. Dicho de otra manera, el hecho de que la madre no quiera ese hijo es una «condición irremediable» que inhabilita la oposición de cualquier argumento. Alguien, por alguna razón, podrá intentar persuadir a María. Pero si ella no lo quiere, ya está. ¿Qué se puede discutir? *
(*) Periodista
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