Rice no convenció
Las investigaciones que desarrolla una comisión bipartidista en Estados Unidos sobre los sucesos del 11 de setiembre repercutirán en los comicios de noviembre de 2004, sobre todo porque acentúan las dudas sobre la credibilidad de la Casa Blanca.
El esperado testimonio de la asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice aportó poco a las pesquisas sobre los atentados de 2001 y no convenció sobre las fallas del ejecutivo para evitarlos.
Rice, con una gran arrogancia y bajo intermitentes aplausos de sus seguidores, intentó desmentir las declaraciones del ex asesor antiterrorista Richard Clarke quien acusó a Washington de no haber prestado atención a las amenazas de Al Qaeda y centrarse en priorizar un pretendido peligro iraquí.
La táctica de culpar a los demás de los errores de juicio de la actual administración republicana echó más leña al fuego a un problema que sacude las raíces del país.
Algunos analistas consideran que los argumentos para culpar de los hechos a «problemas estructurales» de inteligencia, los errores en la interpretación de un memorando de la CIA y el ‘olvido’ de Rice que no recordó si informó al Presidente sobre la existencia de células durmientes de Al Qaeda en el país, son lamentables.
Desde un inicio el Ejecutivo norteamericano se opuso a la creación de la comisión, luego entorpeció su trabajo hasta el extremo que se vio amenazado de recibir citaciones judiciales.
Posteriormente planteó que los resultados investigativos tendrían que esperar hasta el 2005 y otras trabas que sólo evidenciaron que la administración del presidente George W. Bush tenía algo que ocultar y temía un impacto negativo en sus planes reeleccionistas.
Si se demuestra que el gobierno tiene responsabilidad en no haber evitado los atentados ocurridos en Nueva York y Washington, Bush sufrirá un rudo golpe en sus aspiraciones de dar continuidad a su mandato.
La prioridad que dio la administración a la amenaza terrorista es algo que está por determinarse y no quedó nada clara en la comparecencia de Rice, en público y bajo juramento, ante el grupo investigador.
Hasta ahora, y a pesar de los esfuerzos de Bush, su gobierno no ha logrado demostrar que Al Qaeda fue una prioridad antes que Irak y su programa de defensa antimisiles.
El testimonio de Rice no borró la idea de que el peligro terrorista no estaba entre las prioridades del gobierno.
Dejar de lado un memorándum al que calificó de ‘análisis con referencias históricas’, el cual parece haber sido un aviso de un hipotético peligro de ataques terroristas en el territorio nacional, incluso con aviones usados como misiles, es algo serio.
Asimismo, la falta de coordinación entre los órganos de inteligencia, fundamentalmente el FBI y la CIA, relacionada con la información terrorista, evidencia que Rice falló en su trabajo.
El llamado «nuevo enfoque estratégico» para enfrentar el terrorismo de manera extraterritorial, que defendió Rice, pone en una posición de irresponsabilidad al gobierno que ignoró los peligros internos para centrarse en una guerra en Afganistán y una invasión desastrosa a Irak.
El testimonio da más realce a las alegaciones del ex asesor Clarke y a la ex traductora del FBI, Sibel Edmonds, sobre que Washington conocía de antemano los planes de ataques con aviones.
Los atentados del 11 de setiembre de 2001, por otra parte, fueron el eslabón que necesitaba la Casa Blanca para instrumentar su actual política que externamente amenaza con ‘golpes preventivos’ e internamente siembra el miedo entre los ciudadanos.
Si se confirma que el gobierno ignoró en gran parte la amenaza terrorista y su desenlace con los hechos de setiembre, se pone en duda uno de los pilares fundamentales del intento reeleccionista de los republicanos.
El equipo de campaña de Bush lo presenta como un líder decidido, que sabe sacar al país adelante en tiempos difíciles, lo que en estos momentos recibe el cuestionamiento de diferentes sectores norteamericanos.
Bush apoya su campaña contra su rival demócrata John F. Kerry en el combate al terrorismo y en su capacidad de defender a Estados Unidos de nuevos ataques.
Los próximos testimonios de importancia que pudieran variar el incipiente sentimiento en los electores de culpar a la Casa Blanca, son los de Bush y del vicepresidente Richard Cheney que, cosa insólita, testificarán juntos ante la comisión, a puertas cerradas y sin jurar decir la verdad.
«Al comparecer con Cheney, se afianza la sospecha que el vicepresidente es el poder real en la Casa Blanca y de que el Presidente no puede defenderse por sí solo», asevera el diario digital californiano La Opinión.
Lo que pocos dudan es que los atentados del 11 de setiembre tienen una larga cola que cada vez que se mueve aporta nuevas dudas y dan aire al Partido Demócrata norteamericano en el empeño de forzar el retorno del presidente Bush a su apacible rancho en Crawford, Texas. *
(*) Periodista
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