Misiones de paz
Hace una semana en esta columna refiriéndonos a las misiones de las Fuerzas Armadas, decíamos lo siguiente:
«El despliegue actual en el Congo, decidido por el Poder Civil, tanto por su tamaño como por la peculiar y delicada situación del lugar, obliga al Ejército (bajo cuya responsabilidad cae el peso principal de la Misión) a ingentes esfuerzos y coloca el tema de nuestra política exterior sobre la mesa de un necesario debate reconociendo que allí en el extranjero donde los civiles encomendaron tareas militares, nuestras Fuerzas Armadas (en especial el Ejército), han desempeñado el compromiso de modo encomiable a costa, incluso, de bajas irreparables».
Las misiones de paz en el exterior encaradas por las Fuerzas Armadas han sido decididas por la Presidencia de la República y los Ministerios de Relaciones Exteriores y de Defensa con apoyo del Parlamento.
De modo que la responsabilidad civil en este asunto resulta ineludible.
Los militares van a donde los mandan y, a veces, los han mandado a lugares donde no se debía como en el caso de la decisión tomada por Jorge Batlle a pedido del presidente de Sudáfrica, de trasladar fuerzas del Batallón Uruguay en el Congo a la convulsionada ciudad de Bunia en el noreste de ese doliente país donde se estaba perpetrando un genocidio.
«Dios es verde y uruguayo», fue el comentario posterior en la prensa nacional e internacional ante el hecho milagroso de que no se produjeran numerosas bajas en esa temeraria «expedición».
Por lo tanto la consideración básica de este problema (misiones de paz) pertenece principalmente al «rubro» de nuestra política internacional y por ende al capítulo de nuestras relaciones exteriores.
La Constitución manda sabiamente que Uruguay colabore, defienda y propugne la solución pacífica de los conflictos. No cabe otra cosa para un país pequeño rodeado por gigantes que además ha tenido a lo largo de su historia dolorosas experiencias. Desde ese ángulo, el tema parece tener importantes aristas estratégicas o, si se quiere, de política de Estado.
Pero si a su vez traemos estas consideraciones al mundo actual, el realmente existente, la cosa adquiere carácter nítido.
Grandes (y a veces no tan grandes) potencias se abrogan el derecho unilateral de intervenir e invadir países y regiones y lanzan al mundo la teoría de las guerras preventivas o anticipadas: «la guerra por las dudas» como se ha dicho en estos días en España refiriéndose a la de Irak.
Las Naciones Unidas y su Consejo de Seguridad han sido ignoradas. El Derecho Internacional groseramente violado. Y los desacatados proclaman seguir por ese camino cada vez que quieran.
Ahora bien: si Uruguay lucha en esos organismos y entidades por el respeto al Derecho y al concepto de seguridad colectiva y defiende de la paz, luego debe ser coherente.
Veamos esta hipótesis que puede transformarse en realidad en pocas semanas:
Luego de los atroces atentados del 11 de marzo en Madrid y conocido el resultado electoral, el gobernante recién electo reiteró lo que fuera central en la postura de su partido: salvo que las Naciones Unidas se pongan al frente, España retirará sus Fuerzas de Irak.
Supongamos que finalmente los aventureros Bush y Blair deciden aceptar que las Naciones Unidas se hagan cargo del caos que crearon junto con Aznar, y que Uruguay defienda esa postura (no imaginamos qué otra postura podría defender Uruguay hoy), y que la Liga Arabe y las principales fuerzas iraquíes acepten esa presencia pacífica y pacificadora de la colectividad mundial, y se nos requieran militares para integrar unidades de cascos azules de la ONU, ¿Qué hacemos? ¿Decimos que no?
Extendamos esta hipótesis a Haití (por seguir hablando de casos «nuevos»).
Dicho de otro modo: no podemos sostener y votar cosas en los organismos internacionales y después negarnos a actuar en consecuencia: además de muy poco serio sería vergonzoso.
Uruguay ha venido participando en misiones de paz del Capítulo VI de la Carta de las Naciones Unidas que en resumen consiste en ayudar a concretar un proceso de paz interno o internacional donde las fuerzas enfrentadas se han puesto de acuerdo en solicitar dicha presencia como garantía de neutralidad y arbitraje. Y encima, salvo en el caso del Sinaí, lo hemos hecho siempre bajo el mandato de la colectividad mundial a través de las Naciones Unidas.
No se vislumbra cómo Uruguay podría haberse negado sin renunciar a sus principales intereses estratégicos y sin desobedecer el mandato constitucional.
En el caso del Congo y desde hace muy poco, estamos participando en una Misión encuadrada en el Capítulo VII de la Carta de las Naciones Unidas (Imposición de la Paz) contra la opinión del Frente Amplio, el Encuentro Progresista y el Nuevo Espacio y por decisión del Presidente de la República y su ministro de Defensa que no pasó por el Parlamento.
En suma: resulta vergonzoso aceptar como argumento civil o militar al respecto, que nos «conviene» participar porque «pagan bien». Sería también vergonzoso sostener que no nos conviene porque pagan mal. Algo así como pasarle ordinarias facturas a la Patria.
Sostener eso, delante de las cifras que conocemos, es reconocer con cinismo insuperable que a los soldados y a los oficiales, como al resto de los empleados y trabajadores públicos o privados, los venimos hambreando y que entonces, así como emigramos a prepo a cantidad de muchachos y muchachas, emigramos periódicamente a estos otros, alquilándolos para «hacer negocio» arriesgando sus vidas.
Sostener que de ese modo «se profesionalizan» es reconocer con el mismo cinismo y desparpajo que acá no tienen futuro.
El Frente Amplio debe derramar justicia sobre tanto desastre y ratificar la política exterior que mandata la Constitución, la Historia y el sentido común, diciéndole a las Fuerzas Armadas que sí, que los desafíos para la Patria del hoy en día pueden exigir su presencia en lejanos confines.
Los riesgos, bien lo sabemos, no son cosas a negociar con soldados sin faltarles el respeto o, dicho de otro modo, resultan tan esenciales a esa vocación que ella no es más que la medición racional de los peligros para después correrlos.
El otro asunto: el del dinero, los denarios, las veinte monedas a cambio del amor, la sopa incluso, cuando lo que se juega es la vida pertenece a un buen tango de Discépolo. Tal vez a Cambalache, aquel del sable sin remache. Algo que nunca podrán entender los mediocres ni los fariseos.
Hace menos de veinte años vi una espantosa foto en una Revista del Soldado sobre una camilla de campaña llevada por varios soldados del Ejército (Sandinista) de Nicaragua el cuerpo vivo de un mayor del Ejército uruguayo, ingeniero militar por más señas, con los horrendos muñones frescos de sangre, carne y hueso a la vista, a la altura de ambos muslos, de sus piernas recién voladas al intentar desmontar una de las centenares de miles de minas sembradas en aquel pobre pueblo hermano.
Lo peor es que además leí su carta: la cito de memoria pero en ella estoy seguro que decía estar dispuesto a volver en ayuda de ese pueblo pobre, sin recursos para deshacer vastos campos minados, que después de cada conflicto o cada guerra, las potencias que decidieron sembrarlos (aportando los recursos y las trampas) se «tomaron los vientos» y lavaron las manos. Y ahora los campesinos y los niños pobres mueren, muchísimos años después, cuando además los arroyos y los ríos, en sus crecidas, llevan esa horrible muerte entrampada muy lejos. Todos sabemos que esta plaga de los campos minados es mundial.
El mayor de marras era Alférez cuando yo fui su prisionero en cierto cuartel del Arma de Ingenieros.
Me trató mal. Era joven
. Me odiaba. Yo también, y no lo traté mucho más mal porque no pude.
La vida dio sus vueltas y un día puso ante mí su foto con las duras consecuencias de una misión de paz en la querida Nicaragua después de la guerra. Y leí su carta a nadie o a todos.
Hablando entonces de misiones de paz, y porque la caridad bien entendida empieza por casa, y porque hay que tener el menos común de los sentidos que es el sentido común, hay una cosa clara: aquella lejana guerra mía de hace más o menos unos treinta años, terminó hace treinta años.
Ahora tenemos, incluso los más fastidiosos viejos, otras guerras presentes muchísimo más peligrosas que amenazan globalmente el destino de este país.
El enemigo principal de hoy en día, a la postre el mismísimo de ayer, creyéndonos una manga despreciable de estúpidos, intenta resucitar guerras muertas. Para salvarse, eludir responsabilidades, pasar desapercibido, y mandarnos a pelear como a Mambrús macedónicos, la remota Guerra del Peloponeso. *
(*) Senador de la República
Compartí tu opinión con toda la comunidad