URUGUAY PERDIO SU INDEPENDENCIA ENERGETICA POR FALTA DE POLITICAS DE ESTADO

Gobierno blanqui-colorado cambió la matriz energética del país: ahora sí estamos en crisis

Además de haber bautizado una transversal de la avenida 18 de Julio, el doctor Eduardo Acevedo, fue uno de los uruguayos que más estudió el tema que hoy acapara la atención general: la energía del país. Al igual que otros pensadores a comienzos de la década de 1920, Eduardo Acevedo, rector de la Universidad de la República afirmaba que para una correcta política de desarrollo nacional, era imprescindible la independencia energética. A diferencia de los actuales pensadores nacionales, que buscan a cualquiera que nos venda unos kilovatios, Eduardo Acevedo, apostó a la independencia energética: creó el Instituto de Química Industrial, destinado a fabricar un combustible uruguayo.

En absoluto utópico, a partir de la caña de azúcar de El Espinillar y de Bella Unión, se alcanzó incluso a producir alcohol, aunque éste no llegó a alimentar la maquinaria industrial del país.

A comienzos de la década de 1930, dirigentes políticos uruguayos impulsores del modelo «desarrollista», que venía impulsado desde las capitales del entonces capitalismo, priorizaron la división del trabajo mundial. Washington y Londres nos deparaban otras metas, con lo que la independencia energética, fue abandonada.

Setenta años después, la política energética del país, su matriz energética, se resuelve como a la vista está, aún cuando en las mismas siete décadas, hasta las maestras enseñan que somos energéticamente inermes. El consumo total energético del país es un 59,6% derivado del petróleo; 20,3% de la leña y un 19,4% eléctrico.

La dependencia petrolera, continuará sin dudas, aún cuando la misma Facultad de Ciencias de la Universidad de la República, asegura haber encontrado el hidrocarburo en la plataforma continental uruguaya, sin que las investigaciones hayan recibido inversión alguna (véase recuadro). La leña de forestación, con bajo poder calórico, es de fines más domésticos, circunscribiéndose a economías locales.

Resta así la electricidad, cuyas periódicas crisis los uruguayos hemos sufrido estoicamente, a sabiendas que si no llovía, la Central Batlle comenzaría a echar humo. Tanto o más humo, que las cabezas de la gente a la hora de pagar tarifas de electricidad producida con fuel-oil.

A partir de 1995, con la privatización de la Compañía del Gas y, en 1997, con el Marco Regulatorio del Sector Eléctrico, los gobiernos blanqui-colorados dieron la solución: cambiar la matriz energética. Pasaríamos a depender del gas argentino que «abarataría y aseguraría», afirmaban, la energía del siglo XXI. Claro que de entrada nomás, hubo que poner plata: 313 millones de dólares por concepto de exoneraciones tributarias para el gasoducto. Más el contrato de reserva de energía con UTE y Ancap, cuya crítica más dura, era que debíamos comprar cada día, dos millones de metros cúbicos de un gas que arribaría ininterrumpidamente.

Depender del vecino

La importancia del gas argentino para Uruguay, va más allá que el producto en sí mismo. Aunque Argentina, como nosotros, apuesta a la generación hidroeléctrica (el 40% de su matriz), la mitad de la electricidad del vecino es de origen térmico, en centrales alimentadas con gas natural. La interconexión eléctrica, que nos permite venderles energía hidroeléctrica en tiempos de buen flujo en el río Uruguay, nos habilita a comprarles electricidad cuando la precisamos, la mayoría de la cual tiene origen térmico, a partir del gas.

El cambio de la matriz energética uruguaya al gas, acompañaba incluso la hipótesis de una usina nacional, aún por concretarse.

Las petroleras privadas (dueñas del gas argentino), impulsaron el sueño a partir de cálculos prometedores para Uruguay… pero de respaldo técnico más que cuestionable.

A comienzos de la década de 1990, estudios de la British Gas auguraban que Uruguay podría pasar de consumir 600.000 metros cúbicos diarios, a un millón y poco, para el año 2005. Las proyecciones se basaban en el desarrollo de los grandes consumidores…. de hace 15 años. Empresas como Fábrica Uruguaya de Alpargatas; Compañía Bao; Textil Uruguaya; la Mundial; serían las grandes consumidoras de este gas inacabable, afirmaban los vendedores internacionales, y repetían los políticos uruguayos interesados en el asunto.

A la vista de la actual realidad, cabe preguntarse por qué nadie advirtió lo dicho por el viceministro de Energía del gobierno de Raúl Alfonsín. Gustavo Callejas afirmaba que las multinacionales a las que se había vendido el gas argentino hacían «por su cuenta el estudio de reservas en zonas de explotación». Aseguraba que las compañías aumentaban la dimensión de las reservas para concretar negocios de venta de gas en el Mercosur, y que, según los geólogos del Estado argentino, había gas, a lo sumo, para quince años. Lo dijo en 1989.

El drama del gas finito

Aunque el gas natural para Uruguay está asegurado de momento, en tanto sigamos pagando las actuales tarifas, las multinacionales que compraron el recurso al gobierno de Menem, no parecen tan dispuestas a asegurar el suministro a los generadores eléctricos argentinos, en tanto el gobierno de Kirchner les mantenga congeladas las tarifas. Repsol-YPF, Petrobras, Total, Pluspetrol, Pan American y Chevron San Jorge apuntan a regular los precios en Argentina, y en su defecto, a regular la llave de paso al mínimo.

En ese marco, aún cuando siguiéramos recibiendo gas natural argentino a través del gasoducto, no dispondríamos de su beneficio más urgente, es decir la producción eléctrica argentina, que nos permita paliar nuestra crisis.

Aunque los gobernantes compatriotas insisten en que los argentinos nos seguirán ayudando, a nivel de la Secretaría de Energía argentina, su ministro Daniel Cameron, guarda silencio.

Es que a diferencia de Uruguay, los vecinos tuvieron en 2003 un fortísimo aumento en la demanda industrial de energía (11% con respecto a 2002), en el sector hogareño (8%) y en el consumo de gas para automotores (70%); en lo que va del año el consumo de gas subió un 10%. El déficit productivo, afecta a la producción en varias provincias, y el Gobierno busca un compromiso de las petroleras para aumentar la oferta de gas en los meses por venir. En ese escenario el que Uruguay reciba energía eléctrica, podría ser una generosidad excesiva para con un producto que millones de argentinos reclaman.

Peor aún. Las restricciones energéticas del invierno en Argentina, ya se registran (con bajas en la tensión de 220 voltios a 203), y las empresas harían un «esfuerzo productivo», siempre y cuando se cumpla el compromiso asumido por Kirchner ante el FMI: el aumento de las tarifas reguladas antes del 1º de mayo. La repercusión de ese aumento en el precio de la energía exportada será automático: los compradores somos nosotros. *

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