Las Fuerzas Armadas
El Ministerio de Defensa Nacional muestra un estado caótico, ineficaz, ineficiente y abigarrado.
Desarrolla actividades que poco tienen que ver con la defensa: en primer lugar, muestra una «oficina central» que consume un presupuesto mayor, por sí sola, que toda la Fuerza Aérea y «gasta» en «actividades» de dificilísima explicación la friolera de mil novecientos funcionarios civiles y militares (la Fuerza Aérea dispone de tres mil cien).
Es complicado concebir una guerra que requiera tantos amanuenses.
Sanidad Militar (tres mil trescientos cincuenta efectivos) supera en materia de personal a la Fuerza Aérea y es a esta altura una mentira piadosa seguir sosteniendo que ello tiene algo que ver con una Sanidad Militar.
Se trata de una parte muy importante de la Salud Pública con más de 190.000 usuarios de los que sólo 33.000 revistan en actividad, y gasta 17 millones de dólares por año a cuenta de los «gastos militares». No debe desmantelarse. Por el contrario: debe mejorarse.
Pero no debe engrosar el concepto «gastos militares o de defensa» disminuyendo en la misma medida los medios humanos y materiales de los asuntos militares de la defensa y, mucho menos, necesitar un general en actividad a su frente.
La Dirección Nacional de Infraestructura Aeronáutica, incluyendo allí todo lo referido a la aviación civil (¡vaya contrasentido!) forma parte de las responsabilidades de la Fuerza Aérea, engrosa su Presupuesto y sus Proventos y consume importantes energías humanas de todo calibre.
Meteorología es lo mismo.
Ultimamente se agregó a este cúmulo de extravagancias la Ursec con un presupuesto de 19 millones 500 mil dólares.
Sumando esto llegamos a 42 millones de dólares, o sea, a un 22% de lo efectivamente gastado en el año 2003 por el Ministerio de Defensa Nacional (197 millones de dólares), en actividades que poco o nada tienen que ver con la defensa y menos con la cuestión militar propiamente dicha.
Ahí no para el despilfarro más bien civil que militar. Esta dependencia pública no escapa de la mala suerte que han corrido las demás. El clientelismo político y la partidización han hecho estragos a cuenta de los «gastos militares».
La Armada y la Fuerza Aérea necesitan revalorización y fortalecimiento. Uruguay tuvo, debe volver a tener y tiene, un ineludible destino marítimo y fluvial, y en esa empresa tal vez como en ninguna otra hubo una enorme irresponsabilidad histórica y abandono.
Tampoco en ninguna se unen indisolublemente en el presente y rumbo al futuro, los aspectos civiles y militares y las necesidades perentorias de un Uruguay productivo.
El Ejército tomó sobre sí, a costa de ingentes pérdidas de material que no ha sido repuesto, gran parte de la lucha contra la aftosa (por deserción creada de quienes debieron hacerlo) y ahora contra el dengue. También contra el hambre, esta otra peste traída por blancos y colorados.
Sin dejar de señalar que eso es índice del fracaso de varios gobiernos que desmantelaron meticulosamente las dependencias civiles encargadas, no cabe duda que la emergencia de nuevos problemas en la materia obliga a repensar, con esa luz, sus misiones, no tanto para eliminar las tradicionales, sino para agregar otras.
El despliegue actual en el Congo, decidido por el poder civil, tanto por su tamaño como por la peculiar y delicada situación del lugar, obliga al Ejército (bajo cuya responsabilidad cae el peso principal de la misión) a ingentes esfuerzos, y coloca el tema de nuestra política exterior sobre la mesa de un necesario debate, reconociendo que allí en el extranjero, donde los civiles encomendaron tareas militares, nuestras Fuerzas Armadas (en especial el Ejército), han desempeñado el compromiso de modo encomiable a costa, incluso, de bajas irreparables.
A esta altura es ineludible revisar el despliegue territorial de las Fuerzas Armadas en Uruguay, redimensionándolas, sin generar mas desocupación ni crisis sociales, y aumentando las remuneraciones en busca de la profesionalización máxima de sus cuadros.
El despliegue actual del Ejército es un producto colorado de las guerras civiles del siglo XIX y de principios del XX, destinado a reprimir prontamente las revoluciones blancas.
Luego de más de un siglo se muestra obsoleto ante cualquier hipótesis de conflicto imaginable y el avance de los medios técnicos, los sistemas bélicos y el armamento contemporáneo.
El desparramo de unidades pequeñas por todo el territorio exige, además, un enorme empeño de personal en tareas de servicio (entre un tercio y la mitad de los efectivos) que nada tienen que ver con la eficacia militar. Engrosa gastos en el mantenimiento de cuarteles y otros servicios anexos.
Si ya no se concibe hoy en el mundo, ni aun en los más grandes y «mejores» ejércitos, la operación independiente de las tres Fuerzas, es imposible concebir la operatividad militar (venimos hablando de eso) solitaria de una Unidad de Caballería o de Ingenieros.
Estamos aquí ante otra fuente de ineficiencia, ineficacia y despilfarro.
Se debe ir sin vacilaciones hacia lo conjunto para adecuarse a los sistemas de armas contemporáneos y para ahorrar gastos inútiles de todo tipo.
Centralizar las compras privilegiando a los proveedores nacionales e incorporar tecnología nacional en las actividades militares en estrecho contacto con la Universidad y demás centros científicos y de investigación, como se ha hecho ya con éxito y grandes ahorros en algunas escasas experiencias.
La actual organización de las FFAA no permite enfrentar las hipótesis de conflicto de manejo más común y obvio, debido a falta de unidad de comando y planes para la operación conjunta de las Fuerzas y a la incompatibilidad de sus recursos y adiestramiento. Esto genera además una sobredimensión de los centros de mando y control necesarios, del personal para ello, y un gran despilfarro a la hora de adquirir suministros. El sobregasto se produce no sólo por la separación sino por el caos que ella produce. Con el agregado militar específico (grave) de impedir la interoperatividad y complicar inútilmente la logística.
También se produce una redundancia de tareas (por ejemplo de formación o de mantenimiento), engrosando gastos evitables de material, personal e infraestructura.
En suma: se gasta mucho y mal.
Hay exceso de personal y, encima, además de pésimamente remunerado, hay mucho dedicado a tareas inconducentes o inapropiadas.
Como se ve, los orientales todos debemos encarar, como en tantos otros temas, un debate ineludible, franco por participativo, sincero por no esconder debilidades, serio por estudioso y profundo por sus consecuencias.
Por eso, el Frente Amplio debe contribuir con todas sus fuerzas a que el pueblo uruguayo todo, sin exclusiones, asuma y tome decisiones a conciencia también en este severo «capítulo» de su vida.
Para ello es imprescindible ayudar a crear el debate nacional que este tema requiere. Estas ideas son eso: un aporte. Están, como es obvio, para ser discutidas. *
(*) Senador de la República
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