Dolores de parto

Estimado Vasco:

 

¡Qué pasión la suya! «Me encanta», diría a la moda, pese al fatal efecto secundario que supera al del amor: la ceguera. Y si encima de blanco, el apasionado es vasco, ni te cuento: tapiado y levantisco. Intente abrir los ojos y lea mi nota de nuevo, por favor. ¿Dónde encuentra usted un agravio a Larrañaga? No existe. ¿Acaso la palabra Nevex  cinco letras  del título? ¡Pero don Leopoldo! Ambos sabemos que es sólo un recurso periodístico, un condimento  como la guindilla de Ibarra, que apenas pica, puede agradar a unos y desagradar a otros–, pero de ningún modo un veneno. No hay en todo el texto un ápice de falta de respeto a Larrañaga, los blancos, ni su partido.

 

Aproveche los ojos abiertos para leer la contratapa que escribí hace dos semanas («Cambios de pareja»), dedicada íntegramente a exhortar la alianza de Vázquez y Larrañaga. Con toda la izquierda confesa en el gobierno «a mí no me alcanza  decía . Hace falta Larrañaga». No se trata de una simple expresión de deseos. Lo creo imprescindible. Factor decisivo. El factor cuajo, que, vertido en la leche, separa el suero a un lado y aglutina la masa, para dar un queso de sabor y consistencia adecuados. Nuestro queso casero, criollo.

La nota que «injustificada y gratuitamente» le incitó a usted a desenvainar la espada discurre sobre una realidad evidente: la merma irremisible del «ser blanco» o «ser colorado» como razón del voto de los uruguayos. No hace falta «ser del Frente» para comprobarlo. Ni siquiera para escribir la nota que escribí, léala. Lo único que hace falta es no estar obnubilado por la pasión, tanto más penosa cuanto más noble. Como tampoco hace falta olvidar o desmerecer los méritos pretéritos de las viejas divisas. ¿Qué pasó con ellos, adiskide maitea? Pasó la vida, la realidad, la historia. Las políticas y los políticos. Pasó mucha agua bajo los puentes, turbia, rosácea. De la que usted llama «maldita coalición colorada» y la gente conoce como «blanqui-colorada», así en ese orden, porque se pronuncia mejor al decir lo cierto.

Permítame una confesión personal: pensé en usted mientras escribía la nota, representando al «orgullo blanco» que debía cuidarme de herir, pero sin caer en el agravio inmerecido y frívolo de dorarle el trance. La cruda verdad es que llegó el tiempo. Sonó la campana. Para un ocaso palmario, y para un parto a término. Nunca se está totalmente preparado en ese instante; sorprende, inquieta, emociona. Y duele. Ambos convocados  el exhausto y la criatura  son primos de sangre. De tanto convivir lidiando, compartir nutrientes y visitarse trincheras ¡son tan parecidos! La izquierda uruguaya es como es merced a los partidos tradicionales uruguayos, y viceversa. Amasados juntos con la misma harina.

Con las metáforas de lácteos y de harina, podría inferirse un predominio blanco en los aires de la criatura. Y creo que sí lo hay respecto del talante, aunque herede rasgos «de los dos» en cuanto a las ideas. Tiraba más a coloradón cuando en la izquierda primaba Arismendi y ejercía Seregni. Ahora cambió, con Mujica y Nin Novoa encalando el fondo de Vázquez, maestro del equilibrio. Pese a esta entonación blancuzca de la izquierda  que sería recíproca, extraído Lacalle , es del Partido Colorado que se pronostica el final. Pareciera contradictorio, máxime considerando los porcentajes de las tres últimas elecciones: cae el blanco (38, 31, 22), flota el colorado (31, 32, 32). No es el único elemento, pero si permite dudar de cuál caería primero o más abajo, confirma que quien emerge es el Frente (22, 30, 39), sin contar las encuestas. Puede verlo, don Leopoldo, ¿verdad?. Su ceguera benigna lo habilita. Hay otra que no: la del apasionado por sí mismo.

 

Sanguinetti. Charlábamos cierta noche solos, junto a una piscina. Le pregunté cómo se explicaba que bajo el último gobierno suyo  adalid del anti-izquierdismo, con todo el poder persuasivo del Estado en sus manos– hubiera crecido tan desmesuradamente el Frente Amplio. Si lo consideraba un fracaso personal, o qué errores suyos cebaron a tal punto a su enemigo supremo. «Nada que ver  me respondió . La política es así, como el fútbol: los resultados van y vienen. ¿Yo qué culpa tengo?».

Larrañaga llega limpio. No es su culpa que sonara la campana justo ahora. Así de verde como está todavía, porque no ha sido fácil crecer entre la maleza. Así de canario para levantar cuanto pitucón le hace dedo. Así de regalado con un libreto que ya no está en cartel. Así de pasmado en el baile, del brazo de su madrastra, sabiendo que la casadera ya escogió otro galán. La historia le ofrece un papel eminente: el de padrino de esa boda. Padrino de boda, en idioma inglés (no se enoje: el Lehendakari decretó su enseñanza preceptiva desde los cuatro años en el País Vasco) se dice best man, «el mejor hombre».

¿Cómo se concretaría esta propuesta delirante?  pregunté y respondí:  No sé, los políticos son ellos. Hace falta mucho coraje para dar ese paso inconmensurable. Pero Larrañaga lo tiene, creo. Demostrado en su valentía para enmendar públicamente su voto verde. Hay que ser gente, hay que ser guapo. Lo sé por experiencia propia, porque hice lo mismo que él, en esta misma página. Doblado de dolor. Estuve dos días en cama. No es bobera, créame. Sin embargo Larrañaga, que yo sepa, todavía no retractó su voto a Batlle, que bien podría y con más razón que miles de colorados hoy. Sería una señal muy significativa y oportuna. Quizás sea esa, precisamente, la puntita que permitiría desencadenar la concreción de esta ponencia.

 

El conservatismo uruguayo nos hace agotar todos los cambalaches antes de volcarnos por un cambio de fondo. Probamos Sanguinetti hasta hartarnos. Ya Pasó. Probamos Lacalle. Ya pasó. Hasta nos sacamos la curiosidad de qué haría «el loquito» Batlle de presidente. Ya pasó. Punto. Tiempo. Cambio.

Usted vive en Uruguay, don Leopoldo, y eso no lo hace menos vasco, ni menos portador de los honores de su estirpe. Hoy día existen más vascos de sangre fuera que dentro de Euskal Herria. De la misma manera, hoy hay más sangre blanca en el «espacio izquierda» que dentro del Partido Nacional, sin que esa diáspora reniegue su patrimonio. Larrañaga puede intentar, como apuntó en La Curva, tocarles la fibra para que vuelvan al redil. No es el rebaño el que se va a mover. Larrañaga puede seguirlo, reunirlo y reunirse con él. Es su lugar y es la hora. Representa la figura y emoción blancas más características. Tiene las condiciones y el llamado, pero poco tiempo. A Wilson se le acabó temprano contra su voluntad. Que Larrañaga no llegue tarde depende de él.

 

Posdata: ¿Guardó la espada, don? ¿No eran lanzas lo que usaban los blancos? ¡Cómo cambian los tiempos! *

 

(*) Periodista

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