En plena campaña: propuestas y definiciones

Como quien dice, largó la campaña. Con bastante anticipación, como para confirmar la vocación electorera de los uruguayos. (Alguien decía que la democracia en Uruguay sería perfecta si votáramos todos los días y tuviéramos que comer cada cinco años.)

Y aunque teóricamente la campaña actual tiene como objetivo las internas de junio, a nadie escapa que todos los pingos están en carrera con la mirada puesta en octubre. El Partido Nacional es la única colectividad en que la puja interna tiene sentido porque allí se definirá de veras al candidato a presidente, mientras que para colorados y encuentristas la instancia de junio sólo será una formalidad.

Eslóganes, jingles, carteles, pasacalles, convocan al cuerpo electoral a mítines y actos de proclamación o de lanzamiento de campaña, y exhortan a los ciudadanos a inclinarse por uno u otro de los candidatos ya proclamados de hecho.

La prensa en general y los medios audiovisuales en particular son el campo de batalla donde empezó a desarrollarse una guerra verbal que enfrenta a la izquierda con las huestes conservadoras comandadas por Sanguinetti y Lacalle. Curiosamente, ni Stirling –candidato de hecho del Partido Colorado– ni Larrañaga –muy posiblemente el candidato nacionalista– se han unido al coro de denuestos, dejando en manos de los experimentados ex (?) líderes la tarea de disparar mosquetes y espingardas contra el cacique de la tribu progre.

Además de populista, irresponsable, trasnochado, se acusa a Tabaré de no tener programa. Y a uno le cuesta entender cómo es posible calificar a alguien de populista, por ejemplo, sin conocer sus propuestas de gobierno, ¿no cree usted? Pero en fin, el hecho es que la izquierda no tiene programa, o lo oculta cuidadosamente para evitar «asustar a los burgueses», como decía Mujica. (No, Pepe, así no: así los asustás más.)

En cambio en tiendas adversarias tenemos definiciones claras y programas sensatos. Por ejemplo, sabemos que los colorados son batllistas. Particularmente, neo-batllistas. O, mejor dicho, neo-neo-batllistas. O, tal vez, batllistas revisionistas y anti-estatistas. O, más sencillamente, batllistas anti-batllistas. No estoy jugando con los conceptos; el timonel de pobladas cejas lo dijo en el centenario de la asunción de don Pepe a la Presidencia: el verdadero batllismo significa innovación, renovación y reformismo, y por tanto, los auténticos batllistas deberían tirar por la borda –por obsoleto– todo ese estatismo pernicioso que es la esencia del batllismo, y privatizarlo todo. ¡Así se habla!

El Partido Nacional también exhibe sorprendentes propuestas renovadoras. Por ejemplo, el gaucho sanducero nos dejó boquiabiertos cuando nos descubrió sin rodeos cuál era su ideología y la de su sector, cuál es el sustento doctrinario para su programa de gobierno. «No somos de izquierda ni de centro: ¡somos los blancos!», exclamó exultante don Jorge en el punto culminante de su discurso y en medio de estruendosos aplausos y vivas. Ahora el electorado tiene las cosas claras: Larrañaga y su grupo no son negros, ni colorados, ni pieles rojas, ni mestizos, ni mulatos, ni zambos… ¡Son caucásicos! No sé cómo habrá tomado la cosa Mundo Afro, pero estoy seguro de que el Cuqui habrá respirado aliviado al comprobar que su partido no es «de izquierda ni de centro» porque en esa definición del perfil ideológico hecha por el senador aliancista queda sobreentendido que pueden ser de derecha, ¿o no?

En fin, ante este panorama, con los partidos tradicionales renovados tanto desde el punto de vista ideológico como en lo que refiere a figuras presidenciables, los politólogos han lanzado la voz de alerta advirtiendo que la puja electoral teniendo como rivales a Stirling y a Larrañaga será mucho más ardua para la izquierda que si los candidatos fueran Sanguinetti y Lacalle.

Y muchos frentistas ya están pensando en votar en las internas blancas por el ex presidente, suponiendo que será un blanco (valga la homonimia) más fácil de derrotar que el conductor aliancista, en razón de su desprestigio. Sin embargo, olvidan que en la elección anterior todos tiraron cohetes cuando Jorge Batlle se impuso a Hierro pensando que era papita p’al loro, pero en noviembre –contra todos los pronósticos– los blancos votaron monolíticamente por el presidente actual.

Otra advertencia de los politólogos refiere a la reactivación económica verificada actualmente y que el partido de gobierno puede esgrimir como argumento para arrimar agua a su molino.

Sin cuestionar las cifras oficiales, me pregunto de qué reactivación están hablando. ¿Algún asalariado está en condiciones de percibirla? ¿Cuántos desocupados consiguieron trabajo? ¿Cuántos uruguayos se regocijan por el aumento de su nivel de consumo? Los porcentajes de crecimiento que maneja el gobierno, ¿qué año toman como punto de partida, qué nivel salarial o de desempleo sirve de base para cálculos tan optimistas?

Ganar en octubre (o en noviembre) sólo depende de una propuesta diáfana y de un manejo claro y honrado de la campaña.

Como con acierto dijo Kierkegaard, en plena batalla de Lepanto: «Si no ganamos, me corto una oreja». *

(*) Periodista

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