El gaucho Nevex
«No somos de centro ni de izquierda: ¡somos los blancos!», proclamó Jota Larrañaga el domingo pasado, logrando para esa frase la mayor ovación de la asistencia al acto en la Curva. Pesó la frase, como registraron los consecuentes titulares de toda la prensa. Hay indicios de que no fue un mero recurso oratorio quizás improvisado, sin duda eficaz para atizar la emoción de sus simpatizantes; blanco el auditorio, blanco el tribuno, en lance por vencer en la interna blanca. La frase de Larrañaga logró, como quiso, traspasar el ámbito blanco e integrarse a la imagen que el candidato vestirá en la carrera presidencial, llegue hasta donde llegue en ella. Ya es parte de «la marca Larrañaga».
Pocas definiciones de la incipiente campaña electoral ofrecen, hasta ahora, tanta tela para cortar como ésta. Acaso lo menos sustancial refiera a la preocupación puntual de Larrañaga tal como asomó claramente en el discurso por presuntas afinidades suyas con la izquierda, que supuestamente podrían perjudicarle, ya sea en junio como en octubre. Junio viene de duelo con Lacalle por prevalecer entre los «aparatos» y voluntades partidarias. La condición de candidato único obliga a Larrañaga a evitar la hostilidad del ala «derecha» del Partido, cuya representación ostenta Lacalle sin atenuantes. Como era de prever, el centroizquierdismo genuino de Larrañaga termina, así tan pronto, desdibujado en las obligatorias cortesías al único «pelaje» que omitió en su frase: la derecha. Más de esto mismo ocurrirá en octubre, cuando esté donde esté Larrañaga codo a codo irá Lacalle asociado, ya no «enfrentado» y «diferente» como ahora.
Otra lectura interesante de la frase de Larrañaga conduce a interrogarse qué referencias políticas pesan hoy en la decisión del voto de los uruguayos. Es cierto que todavía subsisten vestigios de la definición por colores blanco o colorado , tanto como que el paso del tiempo no cesa de desteñirlos, por obra y gracia conjunta de los años y la actuación de sus líderes más representativos. Nos guste o no, ser «blanco» o «colorado» a secas en este Uruguay es una identificación en vías de extinción. Por ejemplo, ¿en virtud de qué puede afirmarse hoy que fulano es «más blanco» que mengano, o «más colorado»? ¿Existe por ejemplo una política de viviendas característicamente «blanca», diferente de otra indudablemente «colorada»? ¿O una política de empleo, o de salud, o de educación, energética o de turismo? ¿Acaso sí habría colores inconfundibles en políticas sociales, o en postura internacional? ¿Sería prueba de blancura la condena al genocidio practicado sobre la población iraquí? La historia viva pone todos estos temas todos los días en la mesa de los uruguayos, que ya no encuentran forma ni sentido de adjudicarles los viejos colores.
«Ser de izquierda» hoy tampoco es lo que era. Para empezar, en relación al voto. Miles de uruguayos votarán al Frente Amplio en las próximas elecciones sin que reconozcan a un izquierdista al mirarse en el espejo. Al mismo tiempo, guste o no guste a quien venga a cuento, hoy no hace falta comulgar con el modelo cubano para definirse de izquierda. La política uruguaya ha terminado labrando una definición propia del «ser de izquierda» cuyo parentezco con sus patronos teóricos (¿Marx, Lenin, Mao, Fidel?) no dista menos que el de blancos y colorados con los suyos.
«Â¡Somos los blancos!», exclama un Larrañaga quizás llegado tarde a un país que ya decantó el dilema en otros términos, tan vigentes, genuinos y arraigados como sólo la experiencia viva de la gente puede generar.
No será la blancura de Larrañaga lo que atraiga mayorías en su apoyo. En sus casi cincuenta años, tiempo tuvo el «gaucho sanducero» de aprender qué es ser de izquierda en uruguayo, a esta altura de la historia. Si no le alcanzó «vivir» Vietnam, Pacheco, Bordaberry, Videla, Pinochet, Guevara, Irak, Lula, Peirano, Lacalle, Sanguinetti, Allende, Cuba, Bush, Somoza, Cambón y Gavazzo en todos estos años, tendrá otra oportunidad el próximo octubre cuando se abran las urnas. Si es que no está distraído todavía, absorto en contar cuántos votos al Senado lo separan del blanco Lacalle. *
(*) Periodista
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