Contrafarsa
Está lejos de serlo, y solamente puede leérselo como un mero artículo periodístico, una reflexión o concatenación de ideas personales que pretenden ser irrefutables y que, en rigor, dejémonos de engañarnos, suenan a obsoletas porque ya las había desplegado hace más de una década en principio Jorge Bonaldi y después otros gestores culturales. Repetir el discurso es generar una retórica momificada que termina atentando contra el propio contenido del texto. Habría que decir, asimismo, que el último texto con estructura de manifiesto que leí fue el del poeta André Breton en los tiempos inaugurales y fascinantes del surrealismo parisino. Perdón, en realidad el último manifiesto tuvo métrica de poema. Se llamó –y se llama– Howl (Aullido) y es toda una proclama formidablemente generacional con pasión desbordada por el inolvidable Allen Ginsberg.
Ulivi, que menos mal que le gustan Incubus y Radiohead, digamos que escribió desde su lugar, esto es, un artículo menor de un músico menor, casi invisible y sin peso alguno dentro de la industria cultural vernácula. Escribió una larga meditación que no posee novedades y que, en su ataque al rock uruguayo, cae en un festival de lugares comunes.
A lo largo de la lectura del artículo –reitero que no puede designárselo como manifiesto, sí lo fue en todo caso el Dogma que lanzó el cineasta Lars Von Trier– uno puede llegar a acordar y a disentir no obstante con Ulivi. Por ejemplo, que la cadena musical MTV ha diseñado un sistema de verdad cultural –y ya lo he escrito hace mucho tiempo– al que necesariamente hay que falsearlo. No estar en la MTV es una forma de no existencia, aun cuando algunos grupos uruguayos lograron posicionar sus clips en la señal latina de la antedicha cadena. Pero a Ulivi le encantaría hacer un clip para dicha cadena, estoy seguro.
Por otro lado, el asunto del rock uruguayo es ciertamente debatible. Si bien es cierto que la corriente citada estaría pasando por un momento de transición creativa –le pasa a todos los géneros musicales desde el jazz al hip-hop. desde el rock al sonido tropical, desde el tango a la música folk, etcétera–, ya hay una larga tradición de cuarenta años que la defiende, la comprueba y la justifica como hecho creativo y como espejo generacional.
Es decir que el rock, desde la propuesta revulsiva de El Kinto al perturbador e inquietante proyecto hip-hop de La Teja Pride o de los bienvenidos proyectos electrónicos, posee una secuencia de aciertos memorables. Como en toda corriente, sí señor, hay propuestas malas, mediocres y mayores pero Los Morochos, quienes no poseen pretensiones y conocen sus limitaciones y a los que todos los intelectuales desprecian, factiblemente poseen más swing que las anodinas canciones de Ulivi. Hasta Jorge Drexler que venía concibiendo discos meramente correctos y work in progress, tuvo que acudir a una formación de estirpe roquera para darle más color y mayor vuelo a discos como Frontera y Sea, al que Ulivi alude en el cierre de su artículo periodístico.
Ulivi pertenece a una especie de lost generation (en el sentido literal, no refiero a los escritores estadounidenses) a la uruguaya, y es un claro, contundente ejemplo de música de encierro y ninguna parte, aun cuando esto suene ofensivo y no pretenda serlo porque se ajusta a la realidad real.
No todos nacemos con el talento suficiente que poseen Bjork, Tori Amos, Masive Attack o Cypress Hill. O los Red Hot Chili Peppers. O los Talking Heads o Jimi Hendrix o Frank Zappa o los Chemical Brothers. O Charly García, Spinetta, los Babasónicos, Turf, Café Tacuba, Maldita Vecindad, Legiao Urbana, Planet Hemp, Plastilina Mosh o Control Machete. El rock se defiende solito de sus ataques de francotiradores de segunda, incluyendo al uruguayo. Se defiende produciendo lisa y llanamente música.
El rock, desde sus comienzos, tomó gestos prestados empezando por los Fatorusso bros., y quién duda de su grandeza a medida que fueron desarrollando su inagotable fuente creadora. Ningún rocker de pura cepa va a pararse frente al público con gestualidades que pertenezcan a otra tradición musical, sería contra natura. Nunca renegaron de sus raíces, jamás lo hicieron, y basta citar a Totem, Psiglo o Días de Blues para comprobarlo. Basta citar a Gary Rótulo y a su lejana banda Libertad Mental y a José Pedro Beledo con Siddartha, en los terribles 70 de la dictadura, para comprobar una vez más que había una actitud en este caso experimental, seguramente de fusión y altamente refinada y disfrutable. Basta citar a Los Estómagos y al Cuarteto de Nos. Y, especialmente, basta citar «La lluvia cae sobre Montevideo», de Los Traidores, como la canción que mejor define la idiosincrasia y el modus vivendi de los uruguayos.
¿Acaso Jaime Roos, cuando se para en el escenario, no posee gestos roqueros? ¿Y? ¿Cuál es, Ulivi? ¿Acaso Fernando Cabrera y Eduardo Darnauchans no poseen gestos que tomaron en préstamos de la cultura rock? ¿Y? ¿Cuál es? Y la lista seguiría interminablemente, al punto tal que agotaría a los lectores.
El rock uruguayo goza de muy buena salud, pese al resentimiento que se delata en el artículo de tono farsesco o bien la contrafarsa de Fernando Ulivi. El rock sigue produciendo bandas y más bandas y seguramente saldrá de su crisis actual en la que, por cierto, hay grupos de alto rango y seguirá habiéndolos pese a los artículos bonaldizados (por Bonaldi) y fosilizados como los de Ulivi.
Por aquí se termina todo el asunto, no hay segunda vuelta. El rock uruguayo está vivito y coleando con sus altas y bajas como ocurre en todas las corrientes musicales. Tené cuidado Ulivi: el imperio contraataca desde el rock. Dejate de contrafarsas, hermano. *
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