El olor de la mentira
¿Cuánto pudo haber durado en la mente de Aznar la presunción de la autoría de ETA? Sólo unos pocos primeros minutos, en la hipótesis más indulgente. Concédasele, como a cualquier mortal, el derecho a esa confusión, bajo el efecto de una conmoción intensa y repentina. Pasado ese breve lapso se abre una compuerta automática, la del archivo de datos y referencias.
Caen las fichas con variable rapidez y desorden, luchan entre sí por acomodarse, se comparan, prevalecen algunas, otras se descartan, en un proceso regido por la lógica. Del borbollón inicial va brotando cierta noción que termina plasmando una idea: la verdad presunta la propia, personal. Aznar la tuvo, con la celeridad que le impone su rango en la jerarquía mundial: «Irak» concluyó. Hubo una maldición, o una blasfemia, y ya estaba allí su ministro del Interior. «O la ETA, ¿por qué no? propuso Acebes, que tiene bien calado a su jefe.
El futuro del partido, los ocho años de gobierno, más otros cuatro del vicario Rajoy se rifaron en esos instantes, los que demoró Aznar en gestar su segunda idea, pero esta vez usando el cálculo, ya no la lógica; el interés, ya no los datos. «Vale» dijo, ordenó, conciso e irreversible como un detonador. Acebes partió con la mochila activada, al encuentro con las cámaras y los micrófonos. Acto seguido Aznar llamó a su canciller Ana Palacio y a «Edu» Zaplana, su vocero de prensa. En el ínterin, ya toda España y el mundo merced a la información simultánea vigente en la aldea global había hecho el mismo proceso y coincidía ampliamente con Aznar: «Irak». Entonces apareció Acebes en la TV, dijo «ETA», y la mochila estalló en vivo y directo en la cara de la opinión pública local e internacional.
Lo demás es historia conocida, pero en las últimas horas se conocieron algunos hechos que pasaron desapercibidos bajo el siguiente estruendo, el del resultado electoral. Hoy se supo, por ejemplo, del malestar reinante en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas contra España, que impuso al cuerpo una resolución acusando específicamente a ETA por los atentados, a pocas horas del ataque. El Consejo tiene por norma abstenerse de nombrar a grupo alguno en sus condenas de actos terroristas, incluso en la referida al de las Torres Gemelas contra Estados Unidos. Pues bien, en este caso la presión española alcanzó una magnitud avasallante, al punto de que Ana Palacio llamó al canciller alemán para anular las objeciones de la delegación germana sobre la cita a ETA. El embajador argelino Abdallah Baali lo puso claro: «¿Y qué pasa si en dos días se descubre que fue otro grupo?. Sería muy embarazoso» protestó en público. Igual tuvo que votar lo que exigía La Moncloa.
Mientras la Palacio instruía a todos sus embajadores que repitieran por el mundo el mensaje oficial, desde los teléfonos del vocero «Edu» Zaplana se hacían setenta llamadas a corresponsales extranjeros en Madrid con el mismo propósito. De los grandes medios españoles, en cambio, se ocupó personalmente José María Aznar, aleccionando a sus directores de que ETA era la responsable de los atentados cometidos pocas horas antes.
Así lo propagó la agencia oficial EFE, mediante cables que luego la canciller ofrecía como pruebas al cuerpo diplomático. Según denuncia del Comité de Empresa de la agencia, que reclama la renuncia de su director, «EFE conocía, desde la misma mañana de los atentados del jueves en Madrid, la existencia de un teléfono móvil configurado en árabe en la furgoneta hallada en Alcalá de Henares», agregando además que «según órdenes de la dirección, se prohibió la difusión de declaraciones de dirigentes de la oposición».
Por su parte, un grupo de 60 trabajadores de RTVE (Radio Televisión Española) han pedido la dimisión del director de Informativos, Alfredo Urdaci, a quien acusan de «manipulación informativa». Este mismo Urdaci fue acusado por la Cadena Ser el grupo de emisoras de radio más importante de España de «mentir descaradamente», en un comunicado público de la propia dirección de la empresa. «El gobierno de Aznar afirma el texto ha utilizado todos los medios de comunicación públicos y todos los medios privados cercanos ideológicamente al gobierno para tratar de mantener durante tres días como única tesis la autoría de ETA en los brutales atentados del jueves en Madrid, cuando las investigaciones de las fuerzas del seguridad del Estado ya se encaminaban a grupos radicales islámicos. Aznar y el gobierno se han implicado personalmente llamando a los directores de los medios escritos nacionales y a los corresponsales extranjeros. La presión y la manipulación han sido especialmente descaradas en los telediarios que dirige Alfredo Urdaci en TVE». Ya conocido el resultado electoral, circuló la broma de un corresponsal francés sobre el futuro de Urdaci: «A lo mejor le mandan de corresponsal a Marruecos».
Como las Torres Gemelas antes de desplomarse, hubo un momento en que Aznar tuvo que percatarse que la estructura crujía y se vendría abajo. Pudo, entonces, activar la generación de una tercera idea, redentora si quedaba salvación posible , o decorosa, si la caída era inevitable. Decir, por ejemplo, «Me equivoqué», decir «Irak», y hasta convocar a sus compatriotas a asumir valientemente el costo de su cruzada por «un mundo más seguro sin Saddam». Pero no tuvo cómo ni con qué: una mentira anterior las armas de destrucción masiva , sostenida por otra mentira la legitimidad de la investidura de Bush no habían logrado cubrirse bajo el petróleo iraquí prometido a Repsol. Habló una vez y otra, sin decir nada que le diera sentido a la tragedia. Finalmente calló y cayó.
Los escribas pudibundos hablaron entonces de «un manejo torpe de la información» por parte de Aznar, o «apresurado». La gente en la calle y en las urnas, en perfecto español, usó la definición de la Real Academia: mentiroso.
Muy pocos, generalmente uno por vez, ostentan en cada país la condición de jefe de gobierno o presidente. Pero el poder que les nutre y mantiene incluye un séquito a menudo abundante de periodistas y medios de comunicación más o menos serviciales. Y una pléyade aún mayor de incautos que, por comodidad o candidez, no hacen más que repetir las versiones oficiales, sin suspicacia alguna. Incapaces, por ejemplo, del menor escepticismo frente a la tierna y límpida historia de hadas altruistas que desemboca en la designación de un candidato a presidente. Si los españoles no se lo merecen, y así lo establecieron, los uruguayos tampoco. La España que Sanguinetti recomienda o recomendaba imitar, ¿incluye este formidable ejemplo?
(*) Periodista
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