Coraceros en la Cantera Municipal y en La Tablada: condiciones infrahumanas
Los efectivos de la Guardia de Coraceros soportan los rigores del clima a la intemperie. No cuentan con ningún refugio. Comen a pocos metros de una zanja que evacua aguas servidas de baños cercanos. Reciben comida elaborada hace días o carne cruda. Beben agua de un caño roto, al igual que sus caballos.
La vigilancia en la Cantera Municipal es uno de los servicios más resistidos por los coraceros. No tienen un refugio pese a cumplir turnos de 12 horas.
Con el caballo sujetado de las riendas, comen lo que les proporciona la cocina de la guardia: si es carne ya preparada, tendrá dos o tres días de cocida; si está cruda, la deberán cocinar a la intemperie antes que la devoren las moscas y los roedores. Es común que nunca reciban pan. Baños, simplemente no existen. Para ellos mismos y los caballos, acarrean agua de un caño roto.
El ingreso al predio fue prohibido a LA REPUBLICA. De todos modos no fue difícil obtener los testimonios de los propios efectivos, alambrada mediante. No faltó uno que contara que el invierno pasado uno de los caballos murió de frío.
La custodia perimetral del establecimiento La Tablada es otro de los servicios que cumple la Guardia de Coraceros. También es una vigilancia muy resistida, evitada si es posible, dadas las condiciones imperantes en el lugar.
Fueron los propios coraceros quienes debieron construir una garita para guarecerse de los elementos climáticos. Cuentan con una precaria instalación eléctrica que ya provocó algunos accidentes.
La comida que reciben llega tarde, y bastante deteriorada. Es que el móvil que la traslada cumple distintos encargos antes de arribar a «La Tablada».
Sólo quedan a salvo los oficiales que jamás cumplen turnos de guardia en el lugar. La vigilancia está a cargo de trece coraceros, quienes están al mando de un sargento primero.
Distintas efectivos consultados por LA REPUBLICA comentaron que no fueron pocas las ocasiones en las que debieron pedir permiso para ingresar al establecimiento para así poder comer cuando «el rancho» no les llegó. Presos y guadias comen de la misma olla.
Cuando el almuerzo que les prepara la cocina de la fuerza de choque les llega en tiempo y forma, los coraceros deben comer a pocos metros de una canaleta abierta donde se vierten las aguas servidas que desecha el establecimiento penitenciario.
En caso de motín, algo bastante común, no cuentan con elementos para prevenirse de ataques con sangre infectada, prácticas de ataque bastante frecuentes entre los reclusos.
También las mismas fuentes manifestaron a LA REPUBLICA que los coraceros cumplen funciones en un laboratorio donde se experimenta con animales.
Allí los funcionarios deberían convivir con los mismos en condiciones que distarían mucho de ser las ideales.
Aquí los guardias son tres y trabajan «pie a tierra».
El predio a custodiar es inmenso, y la posibilidad de contraer una enfermedad sería por demás real. También en este servicio es frecuente que no llegue la comida. Es de destacar además que según fuentes consultadas los oficiales cobrarían por el trabajo de sus subalternos un 10% de comisión. *
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